El asesinato de Alfonso Cano asegura la continuidad de la Guerra en Colombia

“Los que mueren por la vida no pueden llamarse muertos”

No recuerdo cuándo se hizo habitual hablar de la realidad colombiana como si esta pudiese igualarse a la de cualquier país “democrático” o cuándo se pactó mantener silencio.

Si quienes lanzan opiniones, como si conocieran los conflictos colombianos, pudieran acercarse un poco a la realidad por lo menos a través de los datos, verían que esta hermana nación no puede llegar a la paz sin las armas, mientras se mantenga un Estado terrorista como el que hoy maneja Juan Manuel Santos.

La historia de Colombia está llena de violencia como de árboles las montañas que protegen a las FARC. Liberales y conservadores mantienen un régimen terrorista a sangre y fuego. En ese marco surgen las resistencias armadas.

Alfonso Cano

Las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) nacen después de la ofensiva del ejército colombiano, en 1964, que buscaba reafirmar la autoridad del Frente Nacional. Esta avanzó sobre la República de Marquetalia, una de las comunidades autónomas creadas a finales de la época de violencia que siguió al Bogotazo, un periodo de protestas, desordenes y represión que siguieron al asesinato de Jorge Eliezer Gaitán, en 1948. Muchos marcan ese lapso como el inicio del conflicto armado actual.

La Guerra en Colombia no nació del pico de un pavo, como si nada. Sus antecedentes son claros y están vinculadas directamente a la represión, a la violación sistemáticas de derechos humanos, y al aplastamiento de las reivindicaciones de los movimientos populares. Ese es el marco de la guerra

¿Acaso el mundo olvidó a la Unión Patriótica y su exterminio?

En 1985 una buena parte de la militancia social creyó que se podía tomar un camino pacífico en Colombia. Varias organizaciones, incluidas las FARC, ingresaron a la Unión Patriótica (UP). El resultado fue brutal. Fueron asesinados 2 candidatos a presidente, 8 congresistas, 13 diputados, 70 concejales, 11 alcaldes y miles de militantes. El documental “El Baile Rojo” ofrece una clara imagen de la masacre.

Los pedidos que hacen los movimientos sociales en Colombia, que tienen que ver con el respeto a los derechos ciudadanos, libertad de organización, democracia, justicia social, son los que levantan hasta hoy la guerrilla más antigua de Nuestra América. Alfonso Cano los sintetizaba de manera clara: “Nuestros objetivos son la convivencia democrática con justicia social y ejercicio pleno de la soberanía nacional, como resultado de un proceso de participación ciudadana masivo que encause a Colombia hacia el socialismo”.

Tal como lo afirma la Coordinadora Simón Bolivar: “El asesinato de Alfonso Cano es una bofetada a la paz”. Cano fue el heredero intelectual de Jacobo Arenas y sucesor de Manuel Marulanda. Su muerte representa la caída del mayor líder de la guerrilla, pero para nada el final de la lucha del pueblo colombiano por su liberación.

En enero de 2008 el presidente de Venezuela, Hugo Chávez, de manera brillante, había propuesto reconocer a las FARC como fuerza beligerante, pues reconoció que este era el único camino para una paz negociada. En ese entonces Chávez no acostumbraba atrapar ni entregar revolucionarios, como hizo con Joaquín Pérez Becerra, editor de la Agencia de Noticias Nueva Colombia (ANNCOL) y Julián Conrado.

Para las llamadas naciones civilizadas es más fácil mirar para otro lado y acusar a las FARC de terrorismo, como si esta guerrilla, con alrededor de 20.000 combatientes, fuese simplemente una banda de forajidos; es más sencillo desconocer la Guerra Civil Colombiana.

Le moleste o no a los loros del imperio, a los defensores del statu quo, a los revolucionarios de mostrador, se puede decir con seguridad que la muerte de Alfonso Cano atenta contra cualquier proceso de paz en Colombia, alienta el guerrerismo y asegura la continuidad de la Guerra Civil.

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