El arte no tiene deuda con el pueblo, ni el pueblo con el arte

Claudia Miranda «amarillito»

Quisimos conocer mejor a «Amarillito»; no al pie del escenario de alguna marcha. Si no, verla cantar dándonos la espalda. Mejor aún, lejos de escena, sin su guitarra, porque es fuera del escenario donde ella vive. El comienzo de su carrera, sus conflictos más íntimos, su tremendo compromiso con la vida, sus desafíos y problemas. Claudia es un ejemplo de pelea y construcción de un arte comprometido. Al igual que contados artistas, forma parte de la más crítica canción social paraguaya; movimiento casi oculto, pero firme en su importante labor.

Hola mamá. Estoy en Curitiba. Pero estoy bien.

–¿Qué? –gritó Ña Estela y empezó a retar histéricamente a su hija. Por ahí andaba la vice-abuela, quien aprovechó el momento y tomó el tubo:

–Felicidades, mi hija. Quién pico iba a creer. ¿Y te vas a ir pico a ver el mar?

–Sí, abuela, la otra semana me quiero ir.

–Felicidades, mi hija, felicidades –continuó diciendo la vice-abuela, recibiendo el reproche de Ña Estela, a quien contestó:

–No. Dejale. Yo tengo ochenta años y no conozco el mar. Felicidades, mi hija.

 

En ese entonces la creadora de «El gobierno mata por la vía legal…» y la intérprete del huayno peruano «amarillito, flor de retama…» tenía sólo 16 años y ya había cumplido su sueño adolescente de viajar en uno de esos camiones gigantescos que son fabricados para atravesar fronteras. Se fue con una guitarra y recorrió a dedo 1.000 kilómetros. En Brasil vivió varios meses comiendo y consumiendo drogas, gracias a las changas que hacía en los trenes, los colectivos, los bares y las playas.

 

Cuando era una niña soñaba con ser camionera, pues siempre le llamó la atención que sólo existieran varones en ese oficio. También llegó a pensar en ser malabarista de circo o gimnasta. El primer acercamiento a las canciones la remite a la época en que su mamá, Estela, la hacía memorizar y cantar a los tíos músicas románticas que ella odiaba. «Me daba cuenta de que afinaba», dice Amarillito, como es más conocida. Ahora apura el mate, desdobla un papel y me dice bromeando: «Éste es mi ridículum». En él se despliega toda su trayectoria musical y teatral. Uno de los últimos papeles que interpretó fue «Petrona Regalada», la hermana loca de José Gaspar Rodríguez de Francia en la obra Yo el supremo.

 

Después del golpe de Estado de 1989 fue con su padrastro (el papá nunca la reconoció), su mamá y sus tres hermanos a vivir a Encarnación. Esto significó un golpe para ella porque se vio forzada a separarse de sus amigos del barrio San Blas de Loma Pytå, con quienes cometía todo tipo de travesuras varoniles. Me asegura que esos tiempos son los mejores recuerdos de su niñez, pues en el Sur del país sufrió la ausencia de amigos.

 

Cierto día Ña Estela prestó una guitarra de una tía y la colocó sobre un modular, bien alto. «El plan probablemente era que mi hermano Fernando estudie guitarra, no yo», dice la entrevistada, «porque en casa eran muy machistas. » Sin embargo, ella era quien más la bajaba para sacudir sus cuerdas. Estela a veces llegaba a casa y la reprendía por haberla rasgueado. Después de un tiempo la enviaron a practicar sus primeros acordes en la Casa de la Cultura de esa ciudad. «Mamá fue quien me metió en este kilombo», dice hoy, mientras tomamos mate en la casa de Roque De Pablo, en el barrio Herrera, donde se recluyó el primer fin de semana de mayo, para recuperarse de una infección en la garganta.

 

A los trece

La vida de Claudia está llena de búsquedas. Algunas de ellas tuvieron un precio muy alto. Cuando tenía trece años su familia volvió a Loma Pytå. Entonces la inscribieron en el colegio, donde probó su primer porro, empezando de a poco a enredarse con las drogas. «Había varios compañeros y compañeras que fumaban. Yo curtía con una nena de 11 años», cuenta. En ese año también traspuso el portón de su casa para ir a hacer su propia vida, «no porque quería descubrir la vida ni nada de eso, sino porque nuestro padrastro era muy violento con mi mamá, mi hermano y conmigo.»

 

Durante un tiempo abandonó todas sus actividades para dedicarse exclusivamente a las drogas. A los 16 años llegó al punto de acordar encargarse del cuidado de los hijos de su amiga distribuidora, que le daba albergue en esos días, a cambio de drogas.

 

Vivió en la calle. Dormía en la casa de amigos y en la plaza. También vivía temporalmente en casas de familias. Después consiguió instalarse en una sala de ensayos del grupo de metal «Roulets», del que formaba parte quien se convertiría más adelante en el papá de su hija. «En un año yo vivía en tres casas de familia diferentes. En todos los lugares me peleaba con alguien o alguien me quería dar masa (forzarme sexualmente), porque yo era una nena linda y era muitu loca. Entonces siempre me querían dar masa en varios lugares y yo terminaba huyendo… hasta que aprendí a defenderme. Y ahí empezaron a tenerme miedo.»

 

En esa temporada, además de niñera, también fue vendedora de detergentes y desodorantes de ambiente en varias ciudades. La mayor parte de sus ingresos la gastaba en drogas. «Me gustaba la fana (cola de zapatero). Por eso hasta los más hechobola de los drogadictos me reprochaban.» También consumió marihuana, pastillas y cocaína. En esos años integró la barra brava de Olimpia. «Musicalmente fue un tiempo perdido», explica. «Perdí todo.» Incluso un profesor de guitarra clásica le enseñaba gratis. Él siempre le decía que iba a ser la segunda Berta Rojas.

 

Y llegaron Yenny, la música y el teatro

–¿Cómo te dice tu mamá? –le pregunto a Yenny, la hija de Claudia que tiene 10 años, cuando se acerca a curiosear. No contesta, pero mira a su madre y pone una cara de «pobre de vos mamá si le decís».

–¿Querés que le diga? –amenaza su mamá.

–No.

–«Gorila», dice Amarillito, ante la reclamación inquisidora de su niña. En referencia a la canción de la serie argentina «Patito Feo» la niña canta «Somos las divinas…» que Claudia cambia por «Somos las gorilas».

 

Yenny estaba en sus brazos cuando se dijo que debía hacer un corte en su vida y abandonar las drogas. «Mirá un poco. Esto es de verdad había sido», pensó Claudia frente a su bebé. De eso pasaron 10 años. Desde entonces, según la interlocutora, nunca más tuvo una recaída. Ahora ni siquiera puede oler cuando otros fuman en su entorno, aunque trata de ser tolerante.

 

Otro elemento que la rescató de esa faceta de su vida fue el arte. Al decidir salir de las drogas cambió todas sus amistades y trabó nuevas, especialmente con artistas y músicos viajantes. Entre ellos está el peruano Filbert Guamantingo que toca en «Los perros de madera». Él le enseñó la música «Flor de retama» de Ricardo Dolorier, que habla sobre la masacre estudiantil y campesina de la ciudad andina de Huanta. Claudia la empezó a tocar, dándola a conocer en nuestro país, hasta el punto de que la mayoría de las personas la conoce como «Amarillito», como dice el coro de la canción y el título del disco. «Esto es lo que yo buscaba», dijo cuando descubrió que se podía al menos sobrevivir con la música y la actuación.

 

Música popular, estriberas y proyectos

A sus 29 años Claudia continua estudiando coro y posiblemente se dedicará también estudiar dirección de coro, con el profesor José Luis Miranda, el maestro de Luis Szarán y otros. Además, es parte de al menos cuatro proyectos de teatro y música.

 

La principal fuente de Claudia es la vida, la experiencia, la miseria en que vivió y que a veces aún le toca vivir, porque ella decidió apostar a la música y la actuación con la misma fe con que salió de su casa a los trece. Talvez las fuentes más ricas de sus creaciones sean las largas conversaciones con los músicos populares latinoamericanos y los niños trabajadores de la organización Calle Escuela, con quienes compartió mucho tiempo.

 

Aunque ahora tiene más oportunidades laborales en sus dos facetas artísticas, existen temporadas enteras en que no hay nada. Ella calcula que esto sucede durante cinco meses al año aproximadamente. Entonces sube a cantar en los ómnibus. «Todos los tiempos son para el colectivo», dice, y agrega que en ese escenario sólo son agradables las primeras dos subidas, pues a partir de la tercera se debe luchar contra la garganta reventada y el motor para ganar 30 a 40 mil guaraníes por día.

 

Amarillito ahora acaba de inaugurar el grupo «Piama resaÿ» («Lágrimas de tierra» en arawak y guaraní) con su dúo Luis Zorrilla. Ambos interpretarán repertorios populares de todo el continente y composiciones propias.

 

Le pregunto qué espíritu, qué valores, tienen sus composiciones. Me dice que casi siempre hablan sobre la injusticia. «Tuve un padrastro hijo de puta que me maltrató toda mi niñez (…) Al salir de mi casa tan joven ya era revolucionaria, en el sentido de que dije: esto no es para mí y me fui. Odio y detesto la injusticia, porque desde muy chica pasé por eso.» Su música la considera popular, «porque yo me considero del pueblo, yo no soy hija de rico, ni nada. Si no hubiera aprendido a tocar la guitarra ahora sería una empleada doméstica o una trabajadora de supermercado.»

 

Por último le pregunto si la música y el teatro paraguayos deben algo a este pueblo o al revés. «Yo creo que el arte no tiene ninguna deuda con el pueblo, ni el pueblo con el arte. El gobierno es el que tiene la deuda con ambos. Los artistas nos vemos obligados a reventarnos la garganta en el colectivo y el pueblo es aún más huérfano. La gran mayoría de los paraguayos jamás vio una obra de teatro en su vida. Y muchos van a morir sin saber cómo es una obra de teatro.» Otros, sin saber cómo es el mar.

 

 

 

 

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