El aparente accidente en tiempos de impunidad

Con la muerte de Lino Oviedo en Paraguay se cierra un capítulo del stronismo y su primer tiempo posterior en un momento político de plena vigencia del golpe franquista a Lugo. Lino’o: figura icónica en el entramado de la política paraguaya, su inesperado fallecimiento reaviva varias de las tensiones de la historia política reciente, cuyos efectos perduran en el juego político actual.

Noche y madrugada entre el 2 y 3 de febrero de 1989: Oviedo participó en el “golpe democrático” que Rodríguez le hizo a Stroessner, artífice de un régimen político con una temporalidad vertiginosa dentro del Cono Sur. Y 24 años después, en esos mismos días y más o menos en esas horas, Lino’o –-como se lo conoce popularmente– vuela en un helicóptero, y se produce un accidente aparente. Si bien se apela a cuestiones climáticas, una muerte de este tipo, en el contexto paraguayo, parece tener de todo, salvo características casuales. Es un hecho de alta concentración simbólica que nos invita a formular unas hipótesis de orden político. En 1996, luego de una amenaza de escaramuza ante el presidente Wasmosy, fundó la Unión Nacional de Colorados Eticos (Unace), espacio político contenido dentro del Partido Colorado, que en 2003 dejó de ser una de sus líneas internas para convertirse en partido.

Aun siendo un partido diferente, Unace porta la misma impronta del coloradismo que hoy disputa para ganar (con alto grado de probabilidad) las elecciones de abril de la mano de Horacio Cartes, personaje oscuro en la política paraguaya, señalado por supuestos vínculos con el narcotráfico. Una hipótesis sobre el futuro de la política paraguaya es que el caudal electoral de Unace podría confluir sin graves chisporroteos ideológicos –pero sí con estridencias por “relaciones nuevas, requerimientos y demandas que no existían” (Luis Boh)– en ese coloradismo que pretende recuperar su hegemonía. Y es por lo menos sintomático que Oviedo se borre (sea borrado) del escenario político en una fecha tan cargada de simbolismo, precisamente cuando algún posible acuerdo electoral entre Efraín Alegre (líder del golpista Partido Liberal e histórico opositor del coloradismo) y el progresista Mario Ferreiro (de Avanza País) podría hacer tambalear el triunfo cartista/cartelista. Complementos: otros hechos hacen sistema con este entramado conjetural. Oviedo y su partido fueron parte de la potente oposición a Lugo. Exigieron su renuncia y respaldaron el juicio político con vistas a que Franco asumiera la presidencia. Hoy el gobierno golpista, paradójicamente y no tanto, suspendió las actividades oficiales y decretó tres días de duelo nacional para “uno de los héroes de la gesta libertaria de 1989”, mientras desde las carpas de su partido se rumora sobre posibles acuerdos entre el candidato liberal y el oviedismo huérfano de su caudillo. Unace: un electrón político libre, en definitiva.

Oviedo: “héroe” formado en las filas del stronato. Marcó la persistencia del poder militar en la política paraguaya hasta que en 1996, tras la ruptura con Wasmosy y su amenaza de golpe, frustrada por la presión internacional y las manifestaciones ciudadanas en apoyo a la democracia, dejó la vida militar y pasó a la política activa como civil. No obstante, siguió portando como caudillo político que era la simbología cultural militarista y populista sobre la cual se había articulado el stronato. Por el revés, el accionar político de Oviedo quedó marcado por su vinculación con gravísimos hechos de violencia que sacudieron al Paraguay durante la primera década de la transición post-dictatorial. El asesinato del vicepresidente Argaña y la matanza de manifestantes en las plazas frente al Congreso en marzo de 1999 representan un hito para la dura puja entre el retorno del poder más asociado al período dictatorial y la posibilidad de construir un país donde las disputas políticas se resuelvan institucional y pacíficamente. A más de una década de aquellos sucesos, el reciente golpe de Estado sigue mostrando cuán difícil es esta construcción. Y otro elemento a no solapar es que Oviedo fue un personaje político desarrollado a partir de la impunidad. La Justicia paraguaya terminó por exonerarlo de los cargos que lo vinculaban con marzo del ’99. Nunca fue investigado el origen de su fortuna y la aparentemente inagotable fuente de financiamiento de su actividad política. La sombra de su involucramiento de ilícitos diversos, así como su papel en la violación de derechos humanos –el caso de ocupación de tierras de una comunidad Pai Tavytera en 1986– jamás fue despejada porque la Justicia fue puesta al servicio del poder y el dinero.

La disputa solapada (de momento) por los votos oviedistas muestra la impunidad como una marca casi indeleble en la política paraguaya. Oviedo y Unace fueron restituidos sin culpas a la vida política gracias al olvido interesado de los sectores políticos que necesitaron de votos parlamentarios y puntuales alianzas durante la última década y que ahora, apenas desaparecido el líder, intentarán absorber su caudal electoral. Los muertos del marzo paraguayo, los intentos de golpe de Estado, las amenazas de “ríos de sangre” y la sangre que corrió… todo quedó cubierto bajo la desmemoria interesada de la impunidad. Y esto es coherente con el tiempo político inaugurado con Curuguaty y el golpe franquista, que marcha hacia un desenlace electoral que precisa desdibujar responsabilidades para pergeñar nuevas alianzas de poder.

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