Discriminados son los de siempre

Opinión. «Pretenden que con repetición nos traguemos el cuento de que este es un país donde la discriminación no existe».

Facebook: Boy George.

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Por @osvaldozayas

Pocas veces vi tanta negación colectiva. Pretenden que con repetición nos traguemos el cuento de que este es un país donde la discriminación no existe, que nunca hubo un “viril jinete” como  Juan Manuel Bóveda (senador) para quien una mujer es “una mascota”, y que jamás  existió el odio manifiesto de Carlos Núñez y que la historia de los “108 y un quemado” es un mito.

“Yo tengo amigos gays y/o putos pero…” es la frase utilizada para iniciar un discurso repetido en los últimos días. Un escrito de Bernardo Nery Fariña es la bandera de una solapada homofobia, que buscar quitarle visibilidad de un tema que debe ser debatido ampliamente: la discriminación.

Acusan a la comunidad homosexual de hacer “propaganda”. Hablan de sus “reivindicaciones escandalosas” y sus coloridas manifestaciones. Dicen que alardean de su condición, que hacen propaganda, que solo quieren visibilidad, que buscan su felicidad a través del placer. La conclusión de quienes “tienen amigos gays pero…” es la siguiente: está todo bien pero los homosexuales nos molestan.

En el marco de un Estado Social de Derecho, las disposiciones jurídicas no pueden estar atadas a prejuicios religiosos o de sectores reaccionarios. Deben caminar hacia una igualdad de derechos que garantice el desarrollo pleno de los ciudadanos y ciudadanas. Cuando empezamos a debatir en este sentido nos topamos con lo central: que no se trata “de ser el cóncavo o el convexo en el sexo” para ser felices, como dice Fariña en su pacata prosa, sino de igualdad de derechos.

Nadie en su sano juicio se hubiese manifestado en contra de la discriminación racial y pedido al mismo tiempo al doctor Luther King que sus protestas sean menos escandalosas ¿Quién apoyado a Rosa Parks para luego invitarle a que se siente en el fondo del bus donde debían viajar los negros en Estados Unidos? Así que no vengan con baratijas sofistas a tratar de enredar un tema tan claro.

El debate que derivó en las bestialidades de nuestro Congreso nació de la “Convención Interamericana contra toda forma de discriminación e intolerancia”. Para explicarlo en términos muy simples, con su ratificación el Estado Paraguayo daría el siguiente mensaje: Estamos en contra de toda forma de discriminación. Nada más.

La Convención no habla de Matrimonio Igualitario, ni de la Despenalización del Aborto, ni de la Adopción de Niños por parte de parejas homosexuales. Simplemente dice NO a la discriminación. Sin embargo, los retardatarios gritaron: ¡SÍ, DISCRIMINAMOS!; y muy particular y especialmente a la Comunidad Homosexual. El mensaje llegó clarito desde la Marcha de las Antorchas, desde los curules de la Cámara de Senadores, desde los púlpitos y los cultos, desde los muros en las Redes Sociales.

Por supuesto que hubo excepciones. Conocemos al Pa’i Oliva, al Pa’i Caravias, a los cristianos que se reconocen en un Jesús que acostumbraba andar con leprosos y prostitutas. Mas son excepciones que confirman la regla en iglesias rebosantes de inseguridad, prejuicio y discriminación.

La tarea deconstructiva es permanente. Nadie nació fuera de esta sociedad patriarcal-machista llena de prejuicios. La crítica, la autocrítica y la rectificación son necesarias. Sobre todo para vernos todos los días al espejo y luchar por una sociedad inclusiva que reconozca el derecho de todos y todas, por igual.

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