Dictiópteros

Cuento. «Si me encierran en una pieza con una cucaracha voladora, mejor me suicido» (frase tuiteada).

Antes me confundía escuchar a los psicólogos hablar de reacciones psicosomáticas y cosas parecidas, pero ahora lo entiendo. Cuando se me cruza una cucaracha se activa en simultáneo, desde mis entrañas, un sobresalto tal que desata el grito incontenible, irracional, no muy bien recibido por terceros ni comprendido por mis allegados. Casi siempre que acontece este desenfreno debo explicar, agitada, consternada y avergonzada, que yo no planeo esa reacción, tan solo acaece, como una tragedia.

Muchas veces, buscando solidaridad hacia mi causa, expuse que padezco de una fobia agresiva hacia estos insectos, pero hace poco afiné la explicación y entendí que no es tal cosa. No podría tenerles miedo, no es sensato… bueno, las fobias no se caracterizan precisamente por su sensatez; y, como pienso y puedo concluir en que son casi inocuos, entonces advierto que es más bien una repugnancia incontrolable. Y el hecho de asumirlos – a esos bichos- en armonía con sus dos facetas más resaltantes: inofensivos –repulsivos, los torna aún más detestables.

Verlos de lejos no incita al grito, a la impotencia; en la distancia la respuesta es aún leve. Se manifiesta el escalofrío tipo “chucho” y, a continuación, me sacude un último espasmo acompañado de la expresión cumbre del asco: un alarido. El fenómeno irrefrenable se libera cuando se cruzan en mi camino o es inminente que lo hagan. El contacto cercano desencadena reacciones velocísimas en que parece que no hay más que grito y sobresalto, pero es una y otra cosa encima de otra a nivel físico y psíquico. Fraccionar cada respuesta por parte sólo sería posible activando alguna función que tornara toda la escena en lentísima cámara lenta. Parálisis, palpitación, escalofrío, ceño fruncido, grito desahuciado y mis piernas dando saltitos agitados pretendiendo esquivarse de aquel correteo desesperado que pierde los estribos también en el intento por evadirme y que, contradictoriamente, en ese afán, se aproximan aún más a mí.

Hoy se cumplen 2 meses, 20 días y 5 horas – para ser exacta- de haber terminado una relación de un año y medio a causa de las cucarachas. Mi decisión se sustentó en el recuerdo de las razones que acabaron con una relación anterior; también las cucarachas. Esta llamativa y ridícula coincidencia me dio qué pensar y ahora me llamo a retiro, a ver si logro dilucidar qué acontece, qué mensaje críptico me están queriendo transmitir.

Pienso en el primero del caso. El parsimonioso Juan, el que no necesitaba más que una hamaca paraguaya y un libro para ser feliz. Me atrajo a él esa hermandad bien arraigada en su ser entre la voracidad por el conocimiento y la absoluta falta de cualquier mácula de presunción o vanidad, él tan sólo leía o se nutría de cualquier fuente de conocimiento por el simple placer que le confería el momento con un libro o una película. Aquella vez terminábamos de ver una peli en su departamento. Fue ideal, hacía frío y envueltos en un profuso edredón presenciamos el final magistral de aquella historia sobre la Guerra Civil Española. Cuando fui al baño no logré cruzar la puerta, grité hasta que mi campanilla vibrante le sopapeó la cara. ¡Qué piko te paasa! Una cucaracha, ya te expliqué cómo me afectan, le dije casi llorosa. Puso cara de fastidio y dijo sencillo, matala –no me dijo histérica, pero sé que lo pensó–; dio media vuelta y se arrojó de nuevo al sofá. ¡Noooo! ¿Cómo es posible que me plantee una solución así? A mí, justo a mí. Si me revuelco del asco con solo imaginar sus frenéticas antenitas, su inaceptable práctica de merodeadoras, sus redondeados hocicos hurgando la mierda de los hogares, ¡cómo podría yo tolerar la explosión de sus acuosas tripas bajo la presión de las suelas de mis zapatos, con mis pies metidos dentro! No, definitivamente no me quiere, no me comprende, no me respeta. Esa noche le dije adiós a Juan.

Emilio –el de hace 2 meses, 20 días y 5 horas– era un tierno espécimen, de esos que se derriten de amor y sólo quieren casarse, tener hijos y ser eternamente fiel a su mujer. Confieso que en ocasiones me empalagaba, pero lo habitual era sentirme complacida y conmovida con su manera de ser.  Mas ese día él se creyó que venía con espada y todo a salvarme. Pero no me salvó, me traumatizó. Primero el grito convulsivo de costumbre. Luego él, quien otrora había escuchado mi perorata al respecto, ante mi mirada incrédula trituró ese asqueroso cuerpo con el impacto de su pesado pie. Explotó y a continuación, moviendo su pie para una y otra dirección –izquierda y derecha– buscando la muerte segura, crujió… Me miró ansioso, esperando que le agradeciera, le besara o algo parecido, pero no. Luego de eso supe que ese hombre no era para mí, es pura alharaca su amor. El problema es que oyen mis razones pero no logran salirse de ellos para entender y ponerse en mi lugar.

No sólo en lo sentimental me afecta esta presencia, de adolescente llegué a comprender –también gracias a ellas– que no soy cara a los afectos de Marianella, mi hermana mayor. Casi por regla general, las hermanas compiten y pelean entre sí, pero ella me odiaba. Compartíamos el cuarto y el baño, lugar donde era usual que apareciera alguna que otra cada tanto. Marianella las aplastaba con morbo y placer que aumentaban a niveles siderales si yo presenciaba el hecho; su acto final de saña consistía en no deshacerse del cadáver, lo dejaba ahí, en medio del paso hacia el inodoro o la ducha, pegoteado al piso hasta que el paso del tiempo lo tornaba en seco cascarón.

No sé qué extraña fuerza me acosa, pero su presencia en mi vida -de las cucarachas – es casi cotidiana. Hace unos días Eli, mi amiga de toda la vida, me dijo algo atendible. Hablábamos de literatura y le comenté de un poema hacia el cual –por oscuras razones– me sentí contradictoriamente atraída. Le expliqué que me gustó la poética, la precisión de las palabras y las expresiones con que se refería a las cucarachas. Hablaba, si mal no recuerdo, de la oscuridad que buscan para “practicar sin riesgo alguno su merodeo incesante y sin sentido, a ciegas por las anchas baldosas de mi alcoba”. Le recité otros memorables versos completos: cuando me cruzo por el pasillo con sus pequeños cuerpos que se evaden con torpeza y con miedo hacia las grietas sombrías donde moran, les deseo buenas noches a destiempo—pero de corazón, sinceramente—, reconociendo en mí su incertidumbre, su inoportunidad, su fotofobia, y otras muchas tendencias y actitudes que —lamento decirlo—hablan poco a favor de esos ortópteros.

Luego le comenté que me quedé pensando en ese último léxico desconocido para mí: ortópteros. Entendí que era la expresión que usaba la entomología para referirse a las cucarachas pero quise saber más y me puse a investigar. Descubrí que  Ángel González, el poeta en cuestión –que en paz descanse– se equivocó, pues las cucarachas no son ortópteros, pertenecen a la familia de los dictiópteros, le dije a Eli casi vanagloriándome del asunto. Ella asintió, estuvo de acuerdo conmigo acerca la belleza de aquellas palabras. Pero, dejando de lado la poesía y entrando más al campo de la psicología –o la esotérica, si se quiere– me dijo a continuación que todo es culpa mía, que de tanto mencionarlas y alimentar el desprecio hacia ellas, es casi como invocarlas y, por consiguiente, hacerlas presente en mi vida.

Tal vez. Qué reverenda porquería, pensé. Pero, más allá de esa posible verdad, no podía restarles el crédito que se merecían dándome pistas tan valiosas y contundentes a la hora de alejar de mi vida ciertos esperpentos masculinos.

¿Es posible que representen un mal necesario, vital y -oh contradicción una vez más aludida en este relato- bueno en mi vida? Pensé en esto los días siguientes.

Por eso, es inevitable que resalte este aparente absurdo. Mi aversión hacia las cucarachas fue, sin dudas, la que contribuyó en gran medida a dar el sí rotundo a Ismael. Es casi una paradoja, pero como la noción de justicia es un asunto que a menudo me desvela, no puedo quitarles el mérito por más despreciables que me resulten.

Todas esas situaciones las viví con él. Nunca necesité decirle nada, él entendió todo por su cuenta, sin juzgarme, sin burlarse, sin hacer de menos mi miedo. Jamás mató una cucaracha en mi presencia, si una se acercaba, para que yo no avanzara extendía su brazo como una inviolable barrera y me pedía que esperara en la otra habitación hasta deshacerse por completo de ella. Si escuchaba mi grito, venía raudo a hacerse cargo del asunto.

Pero pasaron los años, no muchos y -debo decirlo- una vez más mi aversión hacia las cucarachas fue, sin dudas, definitiva para el adiós rotundo a Ismael. Sin buscarlo presencié, vi el momento crucial. Nunca lo imaginé. Lo encontré agarrando una cucaracha de las antenitas para luego posar delicadamente su cuerpo en un lugar alejado de la casa. Fue el peor. Todo este tiempo un engaño. Vaya yo a volver a tomar aquella mano o dejarme tocar por esos dedos.

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