Día Mundial de la Filosofía. Atrevámonos a corazonar

Frente a la aceleración de los modos existenciales que el capitalismo propone, la ronda del tereré puede ser pensada como sitio de resistencia y de construcción de otras maneras de entender el tiempo y el espacio.

 

Terere jere. Fuente: skyscrapercity.com

La UNESCO en el año 2005 declaró oficialmente el 15 de noviembre como el Día Mundial de la Filosofía con el fin de incentivar el estudio y la investigación en esta disciplina en vista de un mayor entendimiento y análisis crítico de los problemas del mundo contemporáneo.  “Ese día – menciona el documento declaratorio de la UNESCO – que trascendería las divisiones entre disciplinas, permitiría organizar diálogos abiertos y pluralistas a escala mundial  sobre la relación de las sociedades con el saber y con el conocimiento.” Desde esta perspectiva pretendemos problematizar algunos imaginarios que circulan sobre la filosofía y que se han instalado en la manera de entenderla, y que han provocado una colonialidad en el saber, para luego plantear algunas vías de descolonización.

Filosofía, poder y colonialidad

Michel Foucault el 2 de diciembre de 1970 asumía la dirección del Collège de France mediante una lección inaugural conocida como “El orden del discurso”. No se trataba de un discurso sobre el nuevo cargo que asumía, sino un discurso sobre el discurso, es decir sobre las posibilidades, tensiones, limitaciones de aquello que conversamos cotidianamente y que viene mediado por las instituciones que transitamos, por ejemplo en la escuela se establecen criterios de verdad y falsedad del conocimiento, en la familia las normas de lo permitido y lo prohibido, en el hospital las formas de atender y curar pacientes, desde los poderes del Estado los contenidos de la ley , etc.

Este entramado de discursos atraviesan al sujeto y condicionan lo que sabe, lo que hace, piensa y aspira. De ahí que Foucault en esta lección inaugural lanza una hipótesis que condujo su producción académica: “en toda sociedad, la producción del discurso está a la vez controlada, seleccionada, redistribuida por un cierto numero de procedimientos que tienen por función conjurar los poderes y peligros, dominar el acontecimiento aleatorio y esquivar su pesada y temible materialidad”. En otras palabras, en el discurso están presentes mecanismos de poder. Lo que hablamos, cómo hablamos, dónde hablamos, para quién hablamos, encierran unos dispositivos de poder que precisan ser revisados para no reproducir exclusiones y desigualdades.

De manera contunde Foucault lo que quiere advertir es que lejos de escapar a la neutralidad, inocencia o espontaneidad de los discursos que organizan nuestra realidad social, existe un discurso que habla antes de ser pronunciado por nosotros y que sigilosamente teje unos vacíos que el poder hegemónico no quiere mencionar o reconocer.

Así como en la historia de Harry Potter encontramos al siniestro personaje de Voldemort cuyo nombre no puede ser pronunciado y la gente se refiere a él como “aquel-que-no-puede-ser-nombrado”, en la realidad social encontramos algunas prácticas que caen en este terreno de lo que hegemónicamente es prohibido hablar. Voldemort no se refiere únicamente a un personaje que encarna el mal y la destrucción y que por eso no puede ser pronunciado; la causa de su prohibición está en que éste refleja la red compleja de poder-dominación presente en esa sociedad y donde la gente que ocupa los cargos de poder está involucrada. Voldemort no puede ser pronunciado no porque su invocación lo pueda devolver a la vida, sino porque se quiere cubrir el crimen social, expresado en las estructuras de poder, que permiten que semejantes personajes emerjan; del mismo modo discursos como “izquierda”, “socialismo”, “golpe de Estado”, “reforma agraria” (por pensar algunos discursos que actualmente se cruzan en la sociedad paraguaya) son devaluados, silenciados u objeto de recriminación por quiénes ocupan el lugar del poder hegemónico y son reemplazados por palabras más “suaves” y por tanto menos problemáticas como “solidaridad”, “emprendimiento”, “legalidad” que por una parte no generan tensiones y por otra no revelan las existentes.

La filosofía, en cuanto disciplina, no escapa a esta dinámica de poder y a continuación quisiera señalar algunas de estas formas.

Y todo comenzó en Grecia….

Para quienes nos hemos encontrado alguna vez con el estudio o la enseñanza de la filosofía o acercado a textos de historia de la misma, un lugar común desde el cual se empieza a narrar la misma es desde el mundo helénico y el pase del mito a la razón, o de la doxa (opinión) a la episteme (ciencia).

El recorrido filosófico sigue una ruta ya trazada de memoria: todo arranca con los presocráticos, los primeros paisajes se aprecian con Sócrates, Platón y Aristóteles, después de unos cuantos tumbos se da un salto a la Edad Media para transitar los pasajes sinuosos de Agustín y Tomás de Aquino; y luego llega la luz, la Ilustración, con Francia, Alemania e Inglaterra a la cabeza, para terminar en el tramo contemporáneo donde acaba todo, el sujeto, la ciencia, la sociedad, el lenguaje, la historia… todo llega a su fin.

Lo que está fuera de este recorrido no existe o es visto como un apéndice al “gran relato de la filosofía”. El pensamiento latinoamericano, asiático o africano es retratado en tensión con lo racional, es decir, como aquello que se resiste a superar ciertas representaciones ilusorias sobre la realidad, o como un eco del relato occidental.

En el fondo lo que se pretende es legitimar la cultura occidental como la heredera del pensamiento filosófico y de ahí que conceptos como “alta cultura”, “primer mundo”, “países desarrollados” o incluso “progreso”, sean utilizados como estrategias para construir un centro hegemónico al precio de periferias empobrecidas y del ocultamiento de las contradicciones presentes en este gran relato de Occidente.

La filosofía precisa hacer rupturas que le permita contar la historia de manera diferente y posiblemente partiendo del hecho de que no existe una historia, sino múltiples historias, diferentes racionalidades y maneras de enfrentar las problemáticas sociales y existenciales. Haciendo visibles estas variaciones históricas sería más factible encontrar los momentos en que estas se cruzan y entran en conflicto entre sí.

Por otra parte, este recurso a la historia occidental condiciona las mismas posibilidades  de crítica que tiene el discurso filosófico, ya que la apelación a la racionalidad occidental, y a sus autores más representativos, se considera por sí mismo como un “ejercicio filosófico”, es decir, en ocasiones lo que se debate no son posibilidades reales de transformación social o la complejidad de la existencia humana, sino conceptos que giran sobre sí mismos y que por el hecho de ser nombrados son válidos, universales y absolutos. Y de este modo se limitan las posibilidades de acercarse a otros textos y otras maneras de interpretar la realidad.

No se trata de elegir, por ejemplo, entre lo europeo y lo latinoamericano, sino posibilitar diálogos, traducciones y una multiplicidad de formas de construir el conocimiento. Enrique Dussel lo expresa del siguiente modo: “Es necesario destruir una máquina para construir una nueva y la filosofía latinoamericana, por mucho tiempo todavía tiene que ser destrucción del muro para que por la brecha pueda pasar un proceso histórico”. El muro al que Dussel se refiere no es otro que el eurocentrismo. No Europa, o los pensadores occidentales, sino aquel pensamiento que cree que únicamente desde lo occidental, y desde la ciencia, se puede construir un saber legítimo, e invisibilizando de este modo a otros actores, saberes, conocimientos, sabidurías, modos de existencia que no sean los dominantes.

Hay una colonialidad en el saber que mueve a mirar el mundo desde un solo punto de vista, que es el occidental, como si este fuera la manera absoluta de conocer. Y muchas veces está racionalidad se vuelve desencarnada y fría, incapaz de crear comunión con el otro.

Descolonizar el saber

Es un tiempo de derribar muros, retomando la imagen que Dussel propone, y de construir puentes. Superar el eurocentrismo con que la filosofía se ha construido es un ejercicio de liberación y de justicia cognitiva. Las categorías y conceptos propuestos desde occidente seguirán siendo válidos en la medida que nos ayuden a entender y problematizar nuestra realidad. Pero también debemos estar atentos y abiertos a otras narrativas y saberes para complejizar aún más el mundo. Proponemos a continuación una imagen y un concepto para avanzar en la tarea descolonizadora del saber.

La ronda del tereré

Compartir el maté o el tereré va mucho más allá de un acto de hidratación; es un modo de convivencia, de socialización,  de circulación de la palabra y el saber. El tereré no se lo toma de manera individual, está hecho para ser compartido. Al prepararlo se piensa en el otro que potencialmente formará parte de la ronda.

Es una manera de dar la bienvenida, de despedirse, conversar de temas serios y cotidianos; sus sorbos una manera de generar pausas necesarias en la conversación.

En el tereré se expresa también una tradición familiar y cultural. Los yuyos que lo acompañan es un modo de reconocer esos conocimientos-otros que saben que la Tierra es Madre, allí está nuestro origen. Entrar en diálogo con las yerbas es hablar con la Tierra. La práctica de armar el tereré no se compara con una práctica de laboratorio que incluyen medidas y proporciones; armar el tereré es una sabiduría que viene de hace mucho tiempo, de un pasado que remonta al ser humano a sus orígenes. En tiempos donde se miden las cosas por su utilidad económica y financiera, tomar una pausa para sentir cada uno de los yuyos y el que mejor conviene según la época y estado de salud ayuda a romper esa lógica mercantilista.

La ronda del tereré es una forma de democratizar la palabra, de hacerla circular, de invitar a hablar al otro. Es una práctica de escucha y comunión colectiva, frente a los procesos de fragmentación social. En la ronda del tereré se construyen saberes, circula la sabiduría popular, se recrean los mitos, se debaten la política o la economía. Se comparten las angustias o satisfacciones existenciales. En pocas palabras, frente a la aceleración de los modos existenciales que el capitalismo propone, la ronda del tereré puede ser pensada como sitio de resistencia y de construcción de otras maneras de entender el tiempo y el espacio.

La democracia, desde la tradición occidental, ha estado asociada con imágenes como la del ágora griega o del foro romano, ¿pero acaso estas expresiones de comunitariedad, como el compartir de la palabra a través de unos mates o un tereré no es una manera de construir colectivamente un “nosotros” y un sentido de pertenencia a lo social tan importante para los procesos de formación del espacio público y para la insurgencia descolonial?

Corazonar

Una de las consecuencias más temibles de la colonialidad es considerar a la razón como la única fuente de conocimiento y de estilo de vida, quedando por fuera de los ámbitos de la verdad, y de los ámbitos académicos, dimensiones ligadas a la sensibilidad, las cuales han sido catalogadas como pre-racionales y únicamente válida para un tipo de sujeto: mujeres, jóvenes, artistas, locos, poetas.

El antropólogo Patricio Guerrero propone el “corazonar” como un modo de romper las epistemologías hegemónicas y empezar a considerar la dimensión política insurgente que tiene lo afectivo. Dice Guerrero: “Corazonar es una expresión de pensamiento fronterizo, de una geopolítica del conocimiento y la existencia, que siente y piensa desde el dolor de la herida colonial; puede evidenciar esfuerzos de senti-pensamientos otros, presentes en América Latina, que hacen evidente la existencia de formas otras de construir conocimiento distintas a la razón”

El corazonar es abordar la vida desde otras claves. Ya sea desde los relatos míticos que circulan de boca en boca, desde la sabiduría popular, la voz de los ancianos, los sueños de los niños, las expresiones y aspiraciones de los jóvenes. El corazonar no es una manera de controlar la vida y volverla mercancía, es una manera de habitar en el mundo y de abrirse al otro. La sabiduría del corazón es un camino para recuperar aquello que ha sido negado por el poder colonial. No hablamos de sentimentalismos de telenovela o amarillismos de cierta prensa, nos referimos a aquello que suscita el “gusto” por la vida, las experiencias existenciales que re-ligan y posibilitan la apertura del corazón del hombre.

El corazonar propone hacer una mirada afectiva de la ciencia. No anularla. Entablar procesos de diálogo entre lo que la ciencia propone y lo que desde las raíces del pueblo se viene tejiendo. Dichos, poemas, melodías, canciones, etc., son formas de habitar en esta razón cordial, en este corazonar y así construir horizontes de sentido más amplios sobre el mundo y la existencia humana.

Corazonar es una búsqueda de la felicidad tan pertinente en estos tiempos donde la misma ha sido manipulada por los intereses del mercado.

El subcomandante Marcos en los relatos del Viejo Antonio expresa de este modo la sabiduría: “no consiste en conocer el mundo, sino en intuir los caminos que habrá de andar para ser mejor. La sabiduría consiste en el arte de descubrir por detrás del dolor, la esperanza”.

Acercarse a la historia y pensamiento de las culturas originarias de América Latina, como por ejemplo el mundo guaraní, es adentrarse a un mundo donde podemos aprender a corazonar y vivir desde la apertura al otro y a ese gran otro que nos cobija que es el cosmos.

No podemos desarrollar en este momento más elementos, tan solo para terminar debemos recordar algo que BartomeuMelià ha sostenido a partir de su conocimiento de la cultura guaraní: “la clave para el futuro está en la recuperación de ese pasado”. Con el tiempo se han creado nuevas heridas coloniales, debemos ser inteligentes para crear nuevas resistencias descolonizadoras.

Este año el tema que convoca al día mundial de la filosofía es “las generaciones futuras”. Repetimos. Algunas claves del futuro las podemos encontrar en la memoria indígena y su proyecto de “buen vivir”.

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