Del horizonte abierto y la lucha por la tierra a Tacumbú

La fiscalía pide 40 años de prisión para Rubén Villalba. A menos de una semana de la sentencia por el caso Curuguaty, compartimos con nuestros lectores una crónica de Julio Benegas Vidallet, extraída de la tercera edición del libro La masacre de Curuguaty.

Este sábado es húmedo y vaporoso. Un calor que, sin ser intenso, es pesado. “Amenazo”, le dicen en el campo a este aire aventado. Es asaje[1]. A estas horas, en Pindo o en Ybypytã[2], la gente se recoge, luego del almuerzo, en alguna siesta silenciosa. En Yegros y 21, Asunción, sin embargo, la tierra ha quedado encajonada por el asfalto y el empedrado, aunque las plantas, de un verde intenso, se sublevan por todas partes. Una larga hilera de kioscos y almacenes se observa hasta las narices de la cárcel de Tacumbú.

-Mbae’éiko ojapóta nderehe mil’i o dos mil’i, che kape-[3], suena como murmullo general entre los póra de la ciudad, urgidos por la miseria y el crack. En la memoria suena: “Si esta cárcel sigue así, todo preso es político”.

-Che aikuaa Rubén Villalba-pe, che kape. Che rogueraháta hendápe-[4], arriesga un joven, no más de veinte años, en kepis, short holgado, zapatillas de goma y una remera hecha girones. “Che aikuaa”[5], suelta otro, “che, che rogueraháta hendápe, che, che”[6], saltan entre todos.

A unos metros, Rubén sale de una piecita, en short, remera y un calzado deportivo, abortándose, por suerte, el laberinto de celdas y pabellones. En la habitación, un rosario de cruces y bolitas marrones cuelga de la pared. En la mesita de madera, pulcramente revestida, resalta un libro de Richard Alan White: “La primera Revolución Popular de América (Paraguay, 1810-1840)”. En frente de la cama, un baño estrecho, limpio. Un penetrante olor a guiso, sin procedencia reconocible, incita el apetito. Los rayos de sol que filtra la pieza, aun amortiguadas por nubarrones, dejan sin chance a la pobre luz de un tubo fluorescente pequeño, en molde tirabuzón.

Rubén ofrece un tereré. Sentado en un colchón de espumas, de funda blanca, se frota las manos suavemente, mirando un punto vago. De su vista desaparecieron el Mbarakaju, la policromía crepuscular y la claridad lunar proyectada en el bosque, el tape po’i[7] o el pastizal.

El 12 de febrero de 2015, Rubén fue sentenciado a 7 años por el caso Pindo. El tribunal integrado por Ramón Trinidad Zelaya, Samuel Silvero y Arminda Alfonso firmó la pena por los cargos de coacción, coacción grave y privación de libertad. Resucitaron el caso cuando Rubén y sus demás compañeros lograron, tras 58 días de huelga de hambre, el arresto domiciliario por el caso Curuguaty. Antes de pisar completamente Curuguaty, lo devolvieron a la cárcel. El proceso, como todo el proceso judicial por la masacre, se sostuvo en la sentencia previa a los que disputan la tierra para la agricultura familiar. El tribunal de sentencia desecharía a todos los testigos de la defensa. “Opuka ha oñembohory orerehe. Oñembohory háicha ñande pueblore. Upéicha. Upéicha”[8], asume Rubén, grave, compungido.

Nada de lo que dijeran o sostuvieran los abogados defensores, sus testigos ni las contradicciones de los testimonios de la fiscalía ni la improcedencia de meter “pruebas y testigos” fuera de los plazos procesales previstos en el Código servirían.

Ya solo en Tacumbú –sin sus compañeros de la ocupación–, a Rubén Villalba se lo siente resignado a un largo presidio. Hasta ya piensa asegurar su piecita, alquilada por G. 200.000 mensuales, por mucho tiempo. “Are apytáta che ko’ápe.  Ha’ekuéra oguerekóma orden ñane ñapytî haguã. La terrateniente oguereko estrategia. Ha ñande, como pueblo, como clase desposeída, ndajaguerekói”[9], esgrime repentinamente, como en soliloquio, sin afán de convencer. Su mirada se extravía tal vez en los enredos de su poderosa memoria. Invade el ambiente un vagón de tristeza sin alarde; una tristeza de lágrimas resecas.

Familiares de víctimas levantan una alta cruz en memoria de sus muertos.

Familiares de víctimas levantan una alta cruz en memoria de sus muertos.

Desde la masacre de Curuguaty y el golpe parlamentario de junio de 2012, en Paraguay avanzó un plan de acumulación sin contemplaciones, sin contención, sin miramientos. La producción de granos transgénicos cubre 3.250.000 hectáreas en la Región Oriental. En el primer año posgolpe, hubo una deforestación de 14.000 hectáreas. De las once millones de hectáreas de bosques de los años 50, quedaron menos de un millón, la mitad de ellas en las reservas. El ingreso de la semilla transgénica en 1999, habilitada legalmente en el 2000, aceleró el desmonte y la concentración de la tierra en muy pocas manos.

 

El Chaco, donde se trasladó gran parte de la ganadería, sufrió en el 2013 la deforestación más grande del planeta. En tanto, la Monsanto ensaya una nueva variedad de semillas transgénicas en esos territorios.

Antes de secarse el ojo enardecido, Rubén se levanta de sopetón. Invita el almuerzo: un guiso de arroz con huesos de puchero. El aire de tristeza se relaja. Alrededor se escucha un purahéi jahe’o[10] y el sol calienta con pronóstico de tormenta.

 

Ya en la mesa, con el hueso en la boca, Rubén se  pregunta: “Si Marina Kue fue un golpe brutal en el corazón de la lucha campesina, por qué no se reocupa. Mba’ére, mba’ére”[11]. Los gobiernos posteriores al golpe de junio de 2012 asumieron verbalmente que las tierras de Marina Kue son públicas. Pero sin “coraje y sin formación política este es nuestro futuro: la cárcel”, sentencia Rubén. Luego de esta drástica determinación, sus ojos se iluminan. Reaparece en él, aunque más disimulado, el aire épico que lo arropara durante la ocupación de Marina Kue y su posterior refugio, en las faldas del Mbarakaju, en un horno de fabricar carbón. “Hetáma oñembohory hikuái ñande rehe. Ndaikatuvéima péicha jaikove”[12], descifra. Después de esta reflexión, reiterada en sus arengas durante la ocupación de Marina Kue, Rubén se convoca a silencio. A cada rato pasea los dedos por el costado derecho de la cabeza. Le cuesta concentrarse mucho tiempo en una idea y hace mucho esfuerzo para enfocar la vista en algo cercano. No puede leer y escribir como quisiera. Necesita aire, luz, espacio. Necesita perder la mirada en el horizonte.

Está solo, se lo siente solo. La mayoría de la gente, en la prisión, está “drogada”, asume. En los pabellones, cuesta mucho más sobrevivir. Por eso se aferra a la piecita que unas hermanas cristianas le consiguieron por G. 200.000 mensuales.

 

Hay días en que escucha un ruido interno. Ese mismo ruido por el cual dejó su última huelga de hambre, a 12 días de haberla retomado, una vez devuelto a la cárcel. En ese trance, sintió que el ruido se apoderaría de él. Que lo aturdirían para siempre ese ruido y un escalofrío sostenido en el brazo y el torso del hemisferio derecho.

Rubén nunca tuvo atención especializada por el tajo que le produjera en la cabeza la bala del fusil ametrallador durante la masacre. Tampoco los cuidados posteriores por tantos días de huelga hambre y la frustración brutal de su libertad conseguida.

La gente es poco importante para los gobiernos apurados en endeudar al país con los bancos de Nueva York y privatizar todo cuanto pueden. Rubén no tuvo atención especializada de salud, tampoco lo tuvieron sus compañeros en la prisión ni los miles de presos hacinados en Tacumbú, al igual que la gente pobre de este país.

En el gobierno de Horacio Cartes están apurados en vender empresas públicas o privatizar servicios públicos, explotar todo en la naturaleza, ganar y acumular como niño frente a golosinas. En fin, una nueva oleada liberal, con sesgo narcofascista, se apoderó del país. Y ya se sabe que para esta oleada civilizatoria la gente es, en el mejor de los casos, cliente o consumidora.

De ese silencio prolongado y sereno se recrea la mirada con una clara sonrisa en el rostro de Rubén: “Che ra’y ocumplítama tres años”[13], dice. Durante la ocupación, en los brazos de Raquel Villalba, tenía seis meses. Mamaba sin reparo. Los hijos pueden ser la imagen precisa del paso de los tiempos y  la razón de esta prosa urgente.

“Marina Cue, pueblo mba’e”[14], retumba en la memoria de las marchas, los festivales y la huelga general del 26 de marzo de 2014. Ese año, una extraordinaria resistencia de bases –principalmente de la Federación Nacional Campesina (FNC)– contra las fumigaciones ilegales e indiscriminadas de sojales recreaba un escenario de contestación. Otro tanto, aunque con menos convicción, ocurría en zonas metropolitanas por la suba del pasaje de colectivo urbano de G. 2.000 a 2.400. En los primeros días de febrero de este año, la larga marcha de Paraguay Pyahurã (brazo político de FNC), sumaba esperanzas en la confrontación contra el saqueo de nuestras tierras y nuestras fuerzas. La historia siempre es, aun en el peor momento de un pueblo, un punto móvil. Para moverla, reafirma Rubén, se necesita coraje. Coraje, coraje, coraje.

El guiso, con comino, sabe bien. Después del tereré, mejor. Es hora de la partida. Arriba, unos nubarrones invaden desde el poniente la mirada. “Poniente no miente”, se afirma. Qué decir, qué caminos andar. Un apretón de manos mejor: un abrazo echaría por tierra la efímera seguridad varonil, aparentemente necesaria para atravesar los pasillos de la cárcel.

-Nandi vera, che kape, nandi vera. Hendy avei chendive[15].

Atrás queda, una vez más, una vena abierta de nuestra historia. La lluvia, aun en el hollín y el estrés urbanos, puede ser bonanza. Y, en ocasiones, el charco de la esperanza.

 

Asunción, sábado 21 de febrero de 2015

 

 

[1] Siesta.

[2] Tierra roja.

[3] Que me des mil o dos mil guaraníes, no te va a perjudicar.

[4] Yo conozco a Rubén Villalba. Yo te llevaré junto a él.

[5] Yo sé.

[6] Yo, yo te llevaré junto a él, yo, yo.

[7] Camino estrecho.

[8] Se ríen y se burlan de nosotros. Tal como se burlan de nuestro pueblo. Así es. Así es.

[9] Mucho tiempo me quedaré aquí. Ellos ya tienen la orden para atarnos a esta cárcel. Los terratenientes tienen una estrategia. Y nosotros, como pueblo, como clase desposeída, no la tenemos.

[10] Canción de llanto.

[11] Por qué, por qué.

[12] Mucho ya se han burlado ellos de nosotros. No podemos seguir viviendo así.

[13] Mi hijo cumplirá tres años.

[14] Marina Kue es del pueblo.

[15] No tengo nada, amigo, no tengo nada. Las cosas también están mal para mí.

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