De reciclador a artista callejero

Breve diálogo con un ilusionista que anima los semáforos de Asunción.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La suave llovizna que cae sobre Asunción intensifica ese no sé qué de los atardeceres de domingo. Me detengo con la moto en un semáforo de la avenida Félix Bogado y me distraigo con el truco del tubo y el vaso de agua. ¿Cómo carajo hace?, me pregunto. Paso un trapo para escurrir las gotas que nublan el visor del casco. Da verde y sigo el camino. Al primer retorno giro para volver sobre la marcha. Me detengo frente a la catedral y paro el motor.

Con cierta sorpresa me responde que sí cuando le consulto si puedo hacerle unas preguntas. Me cuenta que se llama Fernando Cabrera y tiene 23 años. Terminó el colegio y por falta de plata no pudo “estudiar un oficio”, según dice. Relata que vive en el barrio Primero de Marzo y que estuvo trabajando como reciclador de plásticos hasta que conoció a su senséi, como llama con reverencia a quien lo instruyó en las artes de los malabares y el ilusionismo.

Por un momento estuve reciclando plásticos y después le empecé a ver a la gente de la calle que hacía malabares. Me llamó la atención y me acerqué a ellos y le pregunté cómo se hacía. Me comentaron sobre un lugar que queda en el Centro, que se llama la Casa de los Payasos y que te pueden enseñar de todo”, refiere sobre sus inicios.

Fernando guarda mucha gratitud hacia quienes le enseñaron lo que sabe sin cobrarle nada solo con el fin de ayudarlo a encontrarse una forma de ganarse la vida y “no estar de balde”, además de que también “puedo ayudarle a mis hermanos más chicos”, cuenta con satisfacción.

Hace tres años que estoy trabajando con los malabares y temas mágicos, o sea ilusionismo es lo que yo hago porque no es magia”, aclara.

Y yo pienso que soy un artista”, responde ante la pregunta sobre cómo se definiría con relación al trabajo que hace. “Además de los malabares y trucos de ilusionismo, hago zancos, monociclos”, añade.

Algunos no me dan nada. Algunos me suelen dar 2.000 y otros que son más calidá hasta 5.000. Pero así nomás luego es. Para todos los artistas cada momento se tiene que vivir”, reflexiona sobre la respuesta de la gente cuando él se acerca a sus ventanillas después de ofrecerle un momento de distracción antes de reanudar la marcha.

Después del diálogo me hago a un costado para filmarlo y quitarle algunas fotos mientras repite el truco. Además de los minutos que le saqué, apenas termina la demostración el semáforo da verde y los automovilistas hacen sonar sus bocinas en señal poco amable de que despejemos el camino. Saltamos rápidamente a la acera y mientras los vehículos pasan escupen sus escapes en nuestras caras sin tirar una sola moneda. “Creo que fue mi culpa”, me excuso. Fernando solo sonríe restándole importancia al asunto.

Volví a pasar varias veces por esa misma esquina, pero no lo volví a ver. Si usted se lo cruza en algún semáforo de Asunción mientras realiza sus trucos, quizá podría hacer algo más que dar impacientes bocinazos y escupirle el humo del escape en la cara. 

 

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