De planchas y mordidas entre tanos y charrúas

De cómo jugar a no dejar claros y posibilidad de desbordes. De cómo fagocitarse. De cómo Uruguay le gana en la especulación al cerrojo italiano.

El jugador italiano muestra al mundo la mordida de Suárez.

El jugador italiano  Giorgio Chiellini muestra al mundo la mordida de Suárez.

Italia debía empatar y Uruguay ganar para pasar a octavos. Ambos equipos son de los que se miden, trancan, disputan, “muerden”, como bien lo dejara en claro Luis Suárez. En esa disposición esencial de ambos equipos, el primer tiempo jugaron a no dejar claros ni de perder la pelota en el medio. Uruguay, en el primer tiempo, le entregó el manejo de la pelota a Italia. Italia tejía sin desbordar, sin arriesgar. Una alternativa de gol. Solo una. Para Uruguay.

El segundo tiempo, Uruguay apretó más arriba sin desordenarse. Hasta que el jugador italiano, Claudio Marchisio, frente mismo al árbitro, entró con una plancha a la rodilla.

Sale Marchisio. Italia queda con 10 hombres.

No estaba en los planes, pero de los italianos y uruguayos esas jugadas son de esperarse. Suárez, un poco después, mordería el hombro a Giorgio Chiellini. El defensa mostró al mundo el mordisco, pero Suárez, con un “viejo truco indio”, oñembotavyete yvy pe. Asy paite voínte ko pe anguiru charrúa pe la hete.

Uruguay, en algún momento -era claro-, apretaría . Con un jugador más, lo hizo sin perder la calma, abriendo, abriendo, abriendo.

Hasta que en un centro, Cavani se adelanta y lleva a su defensor, que lo tuvo atenazado en todos los centros.  Detrás, salta Diego Godín en el montón. La pelota le rebota en la espalda y al arco.

“Gol, carajo”, gritó Guzmán Inzaurralde desde algún punto de Mariano Roque Alonso, con su bufandita celeste. “Gol, carajo”, secundó Soledad Viera, en el centro mismo de una Asunción que a esa hora se agolpaba en los copetines para el almuerzo. Soledad y Guzmán, dos uruguayos tan comprometidos con su país y con el nuestro que hacen que uno, siempre -o casi siempre-, recuerde los goles charrúas en su nombre. Dos uruguayos que demuestran que el presidente Pepe Mujica no es un ser extraordinario, si no que representa a muchos seres humanos en un país donde es poco frecuente encontrarse con la ostentación y la prepotencia.

Luego del gol, Andrea Pirlo, aun con esa cara de Marco Antonio Solís, recordó que era muy bueno con la pelota. Que no solo la distribuía bien sino que jugaba en pared, triangulaba. Pero, claro, con 10, con Uruguay muy bien cerrada, era muy poco lo que, aun con suerte, podía hacer.

Italia deja el mundial porque, entre otras cosas, no tiene mucho que mostrar al mundo más que Buffon, Pirlo… y unas tipas preciosas –imagino que tipos también- en las graderías.

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