De llanuras y victorias pírricas

«Los entusiasmos serán efímeros y los descontentos duraderos». 


Es cierto. Últimamente no tenemos muchos motivos para celebrar. Pero a pesar de las parafernalias del retorno al mismo rumbo, esta estridencia no debe impedirnos ver algunos signos que abren perspectivas para el trabajo futuro.

El Partido Liberal Radical Auténtico (PLRA) cedió a la angurria de una caterva de dirigentes, muy semejante a una horda de cerdos hambrientos, que se dejó tentar por el cebo puesto astutamente por los colorados. Y como lo describió magníficamente Guido Rodríguez Alcalá en su artículo «La pitón azul», el PLRA quedó atrapado con la barriga hinchada y las manos chorreantes de grasa y latrocinio en la jaula que le pusieron. Podían infiltrarse entre los barrotes para llegar a una presidencia que no supieron ganar en las urnas, pero una vez que hincaron los dientes en el botín, ya no podían volver a salir.

La debilidad y la no renovación de este partido ya habían hecho posible la emergencia de un obispo como el líder político que encarnaba la esperanza de cambio de todo un país. El PLRA no tenía figuras creíbles para ofrecer la candidatura presidencial a un miembro de sus filas, a pesar de contar con la maquinaria electoral. Esta fue una gran confesión de debilidad. Con la traición del golpe parlamentario y con estos 14 meses de descaro, vulgaridad y corrupción, lo poco que quedaba de una historia digna de resistencia a la tiranía y lucha contra el stronismo, se desvaneció. Hoy ya no tiene ideas y convicciones que movilicen personas. Solo les queda el prebendarismo y la humillación de seguir siendo los segundones de su aliado-enemigo.

Los colorados, en cambio, festejan la victoria. Pero esta victoria disimula mal, el mismo desgaste y la misma crisis que los liberales. El outsider que les tocó no fue un obispo, sino un empresario tabacalero, con una gran sombra de corrupción pero con una luminosa billetera. Éste se compró una convención para cambiar los estatutos que le impedían candidatarse por el partido centaurino. Logró sus objetivos, primero humilló y luego cooptó y compró a sus dirigentes, para finalmente, ganar con facilidad las internas.
Su camino a la presidencia de la República estaba despejado, podía correr solo en su andarivel, porque con el golpe había desbaratado la alianza que ponía en peligro la hegemonía colorada. Así, mientras una parte de los liberales mostraba su impudicia, con nepotismo, negociados y atacando las arcas del Estado capitaneados por Franco y familia, su candidato replicaba el mismo desparpajo firmando pactos financiados con más desfalcos al dinero público.

El otro pedazo de la alianza que derrotó a los colorados en 2008, el sector progresista y de izquierda, fiel a taras casi ancestrales, se dividía para dejar reinar aún con más fuerza a los colorados. Pero pese a todo, es en este sector en el que surgieron las novedades políticas, en donde hubo renovaciones y los verdaderos ensayos de cambio de rumbo, ciertamente balbuceantes y timoratos, pero sinceros. Y aún con sus falencias, sería un error histórico abandonar, dejar morir o prostituir este proyecto. Pero este será unitario, popular y plural…o no será.

A pesar de este escenario sombrío de “retorno de los muertos vivientes”, en la ceremonia de asunción de Cartes hubo signos a interpretar: esa plaza a mitad vacía, esas banderitas repartidas a una asistencia en gran parte arreada, esa polkita kaigue que no entusiasmaba a nadie, esas huelgas sindicales y movilizaciones en el campo y la ciudad contra las arcas vacías (vaciadas) y este hartazgo ante tanta corrupción e impunidad, son signos que anuncian que los entusiasmos serán efímeros y los descontentos duraderos. Que se quede tranquilo Horacio Cartes. Tiene lío asegurado.

Algunos colorados, quizás los más lúcidos, estarán pensando que la cosa funcionó esta vez, pero es probable que sea la última y que viendo el tendal de muertos que yacen en el campo de batalla, estén haciendo suya la frase de Pirro, el célebre general y Rey de Epiro:

«Otra victoria como esta y tendremos que regresar sin nadie a casa».

 

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