De latifundios y cercos oligárquicos

El mundo rural en nuestro país existe. No es el agro. Hay gente. Es gente, carne, hueso, drama, tragedia y comedia. En el mundo rural de la región oriental, el 20% vive en la extrema pobreza. Es decir, come poco y mal y la mayoría no tiene acceso a los servicios primarios: salud y educación. No hablemos de energía eléctrica, caminos y herramientas modernas de producción.


Tenemos un Estado, el que se instaló hace mucho tiempo y que la dictadura stronista se encargó de consolidar, que dejó de lado -y a muchos mutiló a balazos y apresamientos- a las familias campesinas: sus formas de producción, de vida y de organización. Repartió tierras entre cuates y socios, que a su vez se hicieron de estancias, de los créditos del Fondo Ganadero, del Banco de Fomento…

De toda esa rifa con las tierras públicas, el Estado paraguayo, durante el 60 y 70, entregó extensas tierras a empresarios brasileños para la producción de la soja, maíz y trigo.

Esta cesión territorial es la principal base de subordinación del estado paraguayo al capitalismo brasileño, que se «compensaría» con la construcción de un puente sobre el Paraná y la construcción de una represa hidroeléctrica.

Con la matriz granera plantan en nuestro país sus tentáculos cuatro grandes trasnacionales: Bunge, Cargil, Monsanto y ADM, corporaciones que hacen de la producción granera y su procesamiento en otros países (en nuestro país casi nada se procesa) su más grande capital.

En la producción ganadera se usan dos hectáreas y media por cada ganado y unos pocos trabajadores que viven en ellas como en los tiempos feudales.

En la producción de grano a gran escala se usan ahora alrededor de 2.5 millones de hectáreas, con un agravante: se echa todo y se esteriliza la tierra para otra producción.

Acá estamos.

El Estado, en su concepción económica favorable a los agro exportadores, solo concibe a las familias campesinas como puesteros de estancias o productores de materia prima de consumo local.

En ninguna parte de este modelo se interviene procesando la materia, cuadro que imposibilita la creación de varios polos urbanos de carácter estable.

Ante el avance del modelo agro exportador, los antiguos pueblitos atraen miles de familias desahuciadas que venden golosinas, jugo, chipas, cervezas, mercerías, baratijas chinas y toda la batería de la economía del contrabando.

Esta es la situación real, objetiva. Acá estamos. No es menor el dato.

Hay gente que resiste en el campo a cómo dé lugar. El veneno que usan para que el grano trasgénico crezca, el raundup, es poderoso, genera malformaciones en las criaturas, contamina los arroyos.

El campo, en estos territorios, está desierto. El sol aplasta. El aire es opresivo. En ese cuadro, las familias campesinas tienen dos alternativas: salir por desahucio o resistir con la vida.

La vieja idea de que en la casa se puede hacer lo que se quiera (aparte de arcaica) es inaplicable cuando se trata de tierra, arroyos, ecosistemas y vidas humanas.

El paradigma del progreso con el que se subordina la naturaleza y el sujeto social nos trajo hasta acá: un mundo cada vez más irrespirable, por injusto, desigual y depredador.

Los latifundistas paraguayos intentan mantener sin discusión su hegemonía en la organización del Estado y la sociedad paraguayos. Tienen control de la gran prensa, partidos parlamentarios y demás aparatos del poder. No quieren discusión sobre su base de sustentación: el latifundio.

En esa visión egoísta del mundo, intentan estampar el miedo a la población utilizando cucos arraigados en nuestra cultura política por el régimen de Afredo de Stroessner, en el marco de la Guerra Fría: «chaque la guerrillero»; «chaque la comunista», «chaque la terrorista».

En la lucha por la vida, en el campo ya se mataron a cien dirigentes del 89 a esta parte.

Hasta ahora no se ha imputado a un solo empresario por los desastres medioambientales y humanitarios causados. En un caso aislado, enmudecido, la familia de Silvino Talavera batalla porque la justicia se haga cargo de los que fumigaron a su hijo, en Pirapey, y a toda su familia, en una salvaje persecución para que se retiren de su lugar de vida.

La gente que dice querer el cambio pero que sin embargo se espanta por la «violencia» en la resistencia campesina, debe entender que el cambio no es perceptual ni de forma. No existe justicia ni redención posibles defendiendo este orden perverso que nos acogota. El espanto, como la paranoia tran propia de estos tiempos violentos, que los latifundistas quieren provocar tiene un claro interés de mantener el status quo y el oscurantismo. Cada reclamo real de cambio será embretado con cucos de antaño.

Acá estamos, con nuestras vidas de sombra y polvo. Si la razón no se hace cargo de la historia lo hará la reacción bruta del orden latifundista. Y la razón, como alma de la más pura verdad, está de nuestro lado. «Ellos, aunque te inviten a su mesa jamás estarán de tu lado», cerraría Fito Páez.

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