De la vida sencilla campesina, se montó el mundo al hombro

Quiso tener hijos pero la vida le pasó una negra factura. Vivió cuidando de sus padres y sus hermanos hasta que un evento extraordinario cambió su ubicación en el mundo. Por el Día Internacional de la Mujer, una escueta semblanza de Martina Paredes, hermana de Luis y Fermín Paredes, acribillados el 15 de junio de 2012 durante la masacre de Curuguaty.  Adelantamos una reflexión: “Ja je unî  toda la gente, campesinos, profesores, gente de ciudad y de campo. Ñamoî vaerâ ñande clase yvate, como representante, ña-cambia haguâ ñande retâ”.

Aquella mañana del 15 de junio, ella recibió una llamada de su hermano Fermín. Este le decía que estaba herido del muslo y que pedía socorro para que lo sacaran de la zanja en la que había caído. Según el relato dela mayoría de los sobrevivientes de la tragedia, Fermín Paredes fue el segundo ocupante de Marina Cue en recibir una bala del fusil ametrallador Galil que usaba el frente policial. El primero en caer fue Avelino Espínola, que aquella vez se jugaba por un pedazo de tierra para no ser “nunca más peón ni capataz de estancia”.

Martina Paredes. Foto: Amanda Huerta

Martina Paredes al lado de las fotos de sus hermanos y otros asesinados durante la masacre de Curuguaty. Foto: Amanda Huerta

Martina Paredes ingresó al otro día a buscar a su hermano en el territorio ensangrentado. Ella lo encontró con balas gruesas en la boca y una ristra de balas en el cuerpo, abandonado. Como otros seis campesinos, Fermín, luego de recibir la primera bala en el muslo, sería rematado más tarde con balas en el pecho y en la boca.

Esa imagen de Martina desconsolada recorrería buena parte del mundo. Desde ese día su ritual de despertarse, tomar mate, preparar el desayuno, ordenar la casa, conseguir los insumos del almuerzo… se ha dado vueltas. No es que ya no lo haga. Las mujeres tienen esa tremenda virtud de ponerse al hombro el mundo sin despegarse “de sus deberes”.

En el momento de esta entrevista, Martina se encontraba en Brítez Cue, una comunidad a 30 kilómetros de su pueblo, YvyYau, organizando la venida a Asunción de los familiares de los campesinos asesinados, encarcelados, procesados.  Este lunes  acamparán alrededor del Palacio de Justicia exigiendo la libertad de los presos; de los cuales cinco están, más de 20 días, en huelga de hambre.

Martina apenas llegó este viernes a su casa, se cambió la ropa, comió lo que pudo y ya se puso otra vez a partir. Había llegado a la casa de una gira por Asunción, Itaugua, Caacupé. En Asunción, el jueves encabezó  con Mariano Castro y Darío Espínola una mesa de reflexión sobre el caso de Curuguaty en el Comité de Iglesias. Luego se reunió con los integrantes de la Articulación Curuguaty. Durmió algo. A la mañana, de ayer, fue a visitar a Roberto Riveros, en el hospital de Itaugua, padre de uno de los acribillados durante la masacre. De ahí fue hasta la Basílica de Caacupé a rezar un padre nuestro.

Hasta el 15 de junio de 2012 la vida de Martina Paredes era parecida a la de “cualquier ama de casa”. Cocinaba, lavaba ropas, cuidaba de las aves de corral y asistía a sus hermanos con víveres y otros cuidados durante la ocupación de Marina Cue.

Jamás se imaginó tan siquiera salir del país. El año pasado fue a Ginebra, Suiza, a presentar el caso. “Mbaeichaiko ropytáta de brazos cruzados. Roikua porâ haekuéra inocenteha. Roke ha ropu’â la caso rehe. Pea la ore vida, todo el día, cada semana roho Paraguay-pe”,comenta.

Hay silencios en el guaraní que se escuchan. Y duelen sin alarde. Un silencio difícil de describir. Luego de ese silencio que duele sin alarde, Martina dispara: “Tuichaiteréimbae la oikóva ore rehe».

La madre

Martina Paredes y Mariano Castro durante una de las manifestaciones en el Palacio de Justicia.

Martina Paredes y Mariano Castro durante una de las manifestaciones en el Palacio de Justicia.

A sus 34 años, Martina pudo haber tenido ya dos gemelos de nueve años.  A los 23 se enteró de que la vida le había jugado una carta marcada. Lo supo cuando perdió a sus dos chicos y el médico le dijo que ella no podía concebir criaturas.

“Ijetuhu’i  hina ko asunto kóa. Che suerte ramo ha che guaigui aikoteve vaerâ la ocuidavaera cherehe.  Itriste’i  la che rekove”,  relata, a punto de quebrarse.

Eso de hacerse cargo de los mayores es una cuestión muy común en el campo. Algo que en la ciudad se relativiza por una serie de razones que no vienen al caso explorar.

Como mujer che “nañeñanduporâi. Jaguereko vaerâ familia. He pensado en adoptar, pero después dela masacre… si adopto debo quedarme más”.

Martina Paredes es parte de una familia numerosa. Con Fermín y Luis, muertos el 15 de junio del 2012, eran 12 hermanos.

Sus padres son de Colonia Cerrito, Curuguaty, pero ella, en Canindeyu, tiene mucha más memoria de Yvypyta. Es que de criatura se internó en una escuela de monjas, en Asunción, donde terminó su escuela primaria, a los  13 años. “Escuela Santa Luisa de Marillac, Sajonia, Dr. Montero y Dr. Paiva”, nos cuenta, con precisión inconfundible.

Desde la masacre, Martina se ha puesto el mundo al hombro. En el cuerpo a cuerpo con el sistema  descubre a cabalidad una cantidad de cosas que en su cabeza, antiguamente, no formaban parte de sus prioridades. De aquella sencilla vida campesina a hoy, el mundo se le aparece una montaña de papeles, duelos carcelarios, inocencia desterrada.

Cómo procesar tamaña tragedia.

Leamos en qué andan sus clamores: “Che py’apy la cuestión de la tierra, de la educación, del avance de los extranjeros. Ñande agarrapa.  Ahekuera ou ñande país-pe ha oñemomba’e la ñande yvyrehe, oprohibise makatu Ciudad del Este-pe ñañe’êguarani me”.

Toma un poco de aire y recrea el pensamiento: “Che janda cree véimako asunto kóa partidos políticos kuéra  rembiapónte ha. Umi  empresario ojapo  la  ojaposeva  ñandepais-pe.

-¿Moorupi  ikatuñase ko situacióngui, Martina?

Ja je unî toda la gente, campesinos, profesores, gente de ciudad y de campo. Ñamui vaerâ ñande clase yvate, como representante, ñacambia  haguâ  ñane retâ.

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