De la concertación a la alianza

Análisis sobre los acuerdos y los movimientos que se mantienen entre los distintos partidos políticos de cara a las elecciones de 2013.

Fernando Lugo en General Resquín en el año 2008.

Por José Antonio Vera.

Confusión e incertidumbre reinan entre las distintas familias políticas del país en la carrera por la designación de candidatos a la Presidencia y, sin duda, la palabra concertación es la que más aparece en las declaraciones de buena voluntad de unos y otros dirigentes, en una epidemia de limitación teórica y lingüística que, entre otras cosas, confirma escasa relación con  los diccionarios, esas biblias etimológicas tan útiles como falibles.

Hay coincidencia entre todos en buscar una concertación que abra el camino hacia la definición de los candidatos para las nacionales de abril de 2013 que, además de elegir al nuevo jefe de gobierno (en virtud de la Constitución de 1992 no llega a jefe de Estado), es también cita obligada para, mediando tranzas previas, componer el Legislativo y el futuro gabinete ministerial.

El problema es que los tres más grandes conglomerados partidarios del país andan enredados buscando algo que ya existe y en el que están involucrados todos, sin excepción, en las disputas internas de colorados, liberales y las casi veinte expresiones del Frente Guasu (FG), cabalgando día y noche en un ejercicio que, en sí, es búsqueda de una concertación aunque ella aún no alcance su epílogo.

Lo grave del caso es hablar de alianza o concertación, como si fueran iguales, pues ésta no es mucho más que un acuerdo previo, o una consulta por equis motivo entre dos o más personas o fuerzas, y es también organizar algo de común acuerdo. Concertación puede darse entre familiares, amigos o vecinos para estar alertas o hacer una fiesta, y concertación debería existir siempre entre un buen gobernante y el pueblo.

Es contienda y disputa, “ir los monteros con los sabuesos al monte, divididos por diversas partes para ver la caza que hay”, reza La Real Academia Española que, por más dudas que genere, es imposible negar su utilidad al añadir que concertación, además, significa componer, ordenar, arreglar las partes de una o varias cosas. También es asearse, añade.

Muy diferente, en cambio, es hablar de alianza, pues ésta significa la acción de aliarse dos naciones, gobiernos o personas, una unión que tiene un mismo fin, porque se basa en un proyecto de vida, de existencia, elaborado conjuntamente.

Tanto en filas del Partido Liberal Radical Auténtico (PLRA), como en las del FG, está de moda estos días hablar y discutir sobre la necesidad y las posibilidades de llegar a una concertación con su adversario inmediato, en su inconfesa impotencia común por superar la pobreza doctrinaria, las divisiones generadas por el caciquismo, el egoísmo, el oportunismo y la angurria de algunos, entre otros manjares.

Los colorados, en cambio, identificados en su objetivo de siempre, que es el de ocupar los mejores cargos en los tres poderes del Estado, continuando sin arrepentirse de haberlo convertido durante siete décadas en un simple botín de enriquecimiento familiar, no hablan para nada de concertación, sino de pacto, como en cualquier negocio, en lo que sí son imbatibles, como en el oficio de ocupar los cargos más influyentes.

En el panorama actual, es imposible dejar de ver el desquicio que sufre la Asociación Nacional Republicana (ANR), inmersa en un desaguisado complicado, para el que sí le falta gimnasia, como es construir la unidad interna sobre la competencia de intereses personales y de grupos, sin que aflore y se le anteponga algún esbozo de planteo programático que atienda los requerimientos de la problemática social, ante la cual los afecta el autismo.

El patriotismo, que puede encontrarse en algunas viejas figuras del coloradismo, está ausente y lo único visible en sus atomizadas filas es que, desde la desaparición de Luis María Argaña en 1999, el partido, que ha vivido siempre bajo el verticalismo, ha sido incapaz de encontrar un conductor y vanamente ha intentado suplir esa acefalía con el dinero.

La dupla Nicanor Galaverna, sin duda sus dos homogenizadores (en la definición de Lenin, que recogió Gramsci, I sorry) más capaces de los últimos años,  generó ciertos beneficios políticos que permitieron al partido mantenerse en el gobierno hasta agosto de 2008, cuando ya era inevitable la implosión, consecuencia de la degradación conceptual en la actividad partidaria, consumida por  el  predominio de lo empresarial sobre lo político.

Rara vez, en su historia de siglo y cuarto, la dirigencia colorada ha estado supeditada a la voluntad popular, y el balance deja ver que tampoco le ha interesado gran cosa, y fue creciendo como una estructura de poder absoluto, sin sensibilidad cultural, aupada en el autoritarismo, sin atender jamás la subjetividad de la gente, que ha mantenido inconsulta y sepultada con limosnas y empleos públicos, conformando una masa sumisa y votante incondicional.

La fortuna personal permitió un día surgir como dirigente colorado paracaidista a Domínguez Dibb, y en uno de los períodos más sombríos de la ANR, esclarecidos guías echaron mano a otro banco de plaza, sin preguntarse mucho sus orígenes, llamado Horacio Cartes, quien les hizo ganar el Municipio de Asunción y otras ciudades, pero que a poco andar entró en lógica colisión con sus mentores, pues la única razón que los ha reunido es la especulación acerca de las ganancias que les reportará recuperar el gobierno.

Ninguno de ellos ha hablado de programas, apenas recurren a enunciados generales en sus cacofónicos discursos, incluyendo a Galaverna en una indisimulable decadencia oratoria, y en ese ejercicio lo único que les queda como algo presentable es el ahora discreto Nicanor, dado que ninguno de los tres precandidatos supera dos puntos en diez.

Y enfrente, ¿qué  hay? Poca cosa también, aunque de nuevo el PLRA puede salvarse, como ocurrió hace cuatro años, cuando estaba al borde del abismo y apareció, en función de tabla para un náufrago, la Alianza Patriótica para el Cambio (APC). Su ventaja hoy es que Fernando Lugo no puede competir y, entonces, les deja libre tres cuartas partes de la cancha.

Por moral, aunque es cosa rara en política, y en honor de sus buenas intenciones, quizás las más generosas y progresistas en el mapa de la política nacional, así como por sus indicadores programáticos, aunque todavía sin elaboración clara, y en homenaje y respeto al sacrificio de generaciones de luchadores por convertir la patria paraguaya en una nación con justicia social y decencia, el FG tiene el deber de concertación interna y alianza inmediata, para continuar con vida y plantar indicios de poder convertirse en la vanguardia política que el país reclama a gritos.

Para ello, la indispensable praxis transformadora deberá estar cimentada en la clarividencia y ética de su dirigencia, con plena conciencia de que la relación de fuerzas entre los sectores democráticos y progresistas con la derecha, siempre depende de la movilización del pueblo y nunca de las urnas.

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