De la adolescencia a la “guerrilla”

Liz estaba en ese período de permanente afirmación de sí misma. Tomarse fotos y levantarlas a su muro del Facebook o enviárselas a sus amigos por WhatsApp eran una rutina a la que se dedicaba con mucha pasión. Así la vemos en su casa, en jardines, en puentes de madera, mirándose a través de la cámara de su celular, proyectándose a través de esas plataformas visuales a “todo el mundo”, un afán tan extendido en nuestros tiempos. De las que consideraba más atractivas, rápidamente las ubicaba como foto de perfil de Facebook.

Liz, en su cumple, a los 18.

Liz, en su cumple, a los 18.

Todo en su reciente juventud aparecía en ella una novedad, una novedad en cuyo centro, sin más miramientos alrededor, estaba ella. Ella con shorcito, ella con minifalda, ella con escotes, ella en vestido quinceañero, blanco champán al lado de un cuadro de fotos proyectadas de ella en azul pálido o tal vez celeste oscuro.

Ella, morena, ojos pequeños, pelo lacio con rulos en las terminaciones, andaba por ese tiempo en que su vida pasaba como en una película.

Había terminado ya el colegio. Y era de tener muchas amigas. “Amigas de corazón”, nos cuenta “una su amiga”, de Pedro Juan Caballero.

En su penúltima foto subida a su perfil del Facebook, el 19 de diciembre del 2014, se la ve con su vestido de dieciocho, un celeste brillante, de fondo unos retazos de tela con un celeste más oscuro.

Ya tenía 18. Ya había terminado el colegio. Para la cena del 24 de diciembre se alisó el pelo y se embutió en una camisilla azul Francia. De nuevo se saca una foto de ella tomándose una foto con su celular.

Liz, en el puente de madera, probablemente en el parque Ponta Pora, de Pedro Juan Caballero.

Liz, en el puente de madera, probablemente en el parque Ponta Pora, de Pedro Juan Caballero.

Ya el 26, con el mismo vestido, se ubica la gorra de camuflaje. Y como hizo con todas las cosas, se saca una foto y cuelga de su portada en el Facebook. Sin más.

Pero ya no estaba en Pedro Juan Caballero, sino en Tacuara, Horqueta, Concepción.

Ya no habría más fotos de ella en plataformas digitales. Un comando militarizado terminaría con estas aventuras de adolescencia y primera juventud.

El pasado martes Liz Rocío Moraes recibiría cuatro balas: dos en el antebrazo derecho y dos en el tórax.

Estaba, según el informe de la Fuerza de Tarea Conjunta (FTC), con uno de los jefes de la Agrupación Campesina Armada (ACA), Albino Jara Larrea. Este recibió dos balazos, más uno de refilón durante el enfrentamiento con la FTC, confirmaba  el director de Medicina Legal del Ministerio Público, Pablo Lemir a ULTIMAHORA.COM.

Mabel Moraes, la madre, quedó sin la única hija. En el desconsuelo, no puede imaginar una “historia semejante”. Ahora les quedan las fotos de recuerdo.

Liz, "la guerrillera".

Liz, «la guerrillera».

 

 

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