De democracias capitalistas que generan derechos e igualdad, y otros cuentos

Análisis.

Foto: Meves.

Cuando comencé a estudiar “Paraguay”, sin saber nada de ese país —porque las ciencias sociales de la región se encargaron de que los pocos que tenemos habilitado el acceso a la educación universitaria aprendamos más de la reunificación alemana que de la Guerra contra la Triple Alianza— lo primero que usé de justificación para aquel trabajo de licenciatura fue “tuvo la dictadura más larga de la región y el mismo partido que la encabezó, lideró luego la transición” (sin problematizar demasiado el concepto de dictadura ni el de transición ni el de partido).

No pasó mucho tiempo sin que lograra dos cosas: primero, encontrar muchas más causas por las que estudiar “Paraguay” se volviera central (para nuestra lucha, en primera instancia, y quizás para las ciencias sociales argentinas, después); y segundo, convertir “lo que sucedía en Paraguay” en una causa de “militancia académica” (o el nombre que queramos ponerle a eso que sentimos algunxs personas cuando por una vicisitud laboral terminamos poniendo todo lo político de nuestras acciones en denunciar, cambiar, acompañar, colaborar, conocer, aprender, enseñar).

Si en un acto antojadizo se me solicitara que diga los dos mayores aprendizajes que me generó este trabajo de años, tendría que decir que:

  1. La resistencia al capitalismo democrático (concepto al que me apegué tras problematizar ‘democracia’ y ‘dictadura’) que prima en ese país (como en los demás de la región) es un ejercicio cotidiano y capilar que, incluso con sus vidas, ejercen incansablemente actores sociales, especialmente los campesinos, quienes a pesar de haber sido acusados de “no tener cultura democrática formal” (como decretaron muchos autores, inspirados en una Europa ajena y lejana a nuestra rutina diaria, al tratar de explicar ‘¿por qué la democracia paraguaya no funciona?’) han aprendido a fuerza de desplazamientos, reformas agrarias frustradas y desilusiones innumerables con la democracia y sus promesas, que lo único que los mantiene vivos es la lucha (y a veces, la fe en algún gobierno que prometió el cambio que rápidamente olvidó).
  2. La dictadura stronista logró no sólo persistir 35 años de tiempo, marcar generaciones enteras y su escolarización, familias completas que tuvieron que exiliarse, desaparecidos, torturados, sino, lo que considero más importante, logró la implementación de un entramado de sentidos en la sociedad que garantizó que incluso hoy, 25 años después de la caída de la dictadura, cientos de personas stronistas sigan en la estructura estatal, mecanismos autoritarios y corruptos se mantengan intactos, aparatos de sicariato y asesinato selectivo de líderes sociales estén vigentes, ningún derecho (de esos que se llamaron “humanos” que deberían asegurar la vida, la economía, el acceso a la educación, salud, alimentación, cultura, etc. etc.) esté completamente garantizado, la economía siga siendo una actividad de un grupo de familias que deciden los designios del país, el poder económico y el político se encuentren asociados y se legisle/gobierne en función de los beneficios de los eternos y grandes ganadores.

En la actualidad (mientras vivimos lo que consensuamos llamar democracia), al igual que en la dictadura, la letra de la ley (muerta e inerte) se viola cotidianamente desde las altas esferas y su análisis nos vuelve “veedores suizos” de un Paraguay que nada tiene que ver con aquellas normas que sanciona para “agradarle a un mundo y a una región” que está a la espera de rimbombantes afirmaciones de igualdad y derechos humanos, para luego no esperar nada de la aplicación real de dichas afirmaciones. Mercosur, Unasur, La Haya y uniones internacionales esperan que Paraguay acate sus disposiciones, más no sanciona su no respuesta. Un ejemplo de esto fue la suspensión momentánea de la membresía de Paraguay por parte del Mercosur por la vulnerabilidad de la cláusula democrática con el juicio a Ligo en 2012, a pesar de no emitir opinión sobre la Masacre de Curuguaty,

Stroessner, sus fantasmas, sus amigos, sus allegados, sus lamebotas y, lo más importante, sus huellas ideológicas arraigadas en lo más profundo de las instituciones y la sociedad, siguen presentes, toman decisiones e interfieren en procesos. Y no es este un descubrimiento sorprendente, desde 1989 se han reconocido situaciones e instancias en las cuales estos mecanismos se desenvolvieron con mayor o menor impunidad.

La Democracia, al igual que la ‘Constitución como interés general’, los Derechos Humanos, la Igualdad y la Representatividad, fueron (y son) en el Paraguay de la post dictadura, conceptos formalmente admisibles y acatables (se sancionaron en leyes, se ratificaron en tratados, se legislaron en normas, se acordaron en decretos, se consensuaron en plataformas, se afirmaron internacionalmente) pero de contenido inexistente o mutable (o negable, en el peor de los casos).

Claro que la democracia actual es “un poco mejor” que la dictadura pasada, pero eso no la volvió el “sistema de gobierno” superior y justo que discursivamente nos invitaron a creer que sería.

A pesar de sonar muy trillada y de ser una frase hasta el cansancio repetida, “la dictadura stronista no terminó en 1989” cuando, hace 25 años, el General dejó de detentar el mando de una tiranía despótica y se exilió sin someterse a la justicia pero con loas, reconocimientos y homenajes de muchos de sus copartidarios. El mayor triunfo del tirano (aunque no de él solo, sino de todo la red de contactos y de personajes poderosos y conservadores que lo rodearon) se puede observar en dos frentes, por una parte, en el plano institucional, por otra (y mucho más grave) en la sociedad. Sociedad que creyó que la democracia –formal, o procedimental o capitalista o burguesa- era el mejor de los destinos a los que se podía transitar y dejó de reclamar lo que sería más que justo, quedando atrapada en la falsa disyuntiva de “si reclamo, entonces soy funcional a los dictadores”, eliminando de su imaginario la disputa Socialismo vs. Capitalismo de la década del 70 y reduciendo el análisis a  Democracia formal vs. Dictadura.

La democracia paraguaya se convirtió en un régimen de dominación que perpetuó a los mismos poderosos de siempre, sólo que con otras reglas de selección de autoridades (reglas, por cierto, establecidas también por los poderosos de siempre, muchos de ellos del círculo stronista). Claro, semejantes juegos simbólicos y semánticos pueden ser hechos con conceptos polivalentes que expresan tantas, pero tantas cosas, que casi todo el mundo puede usarlos para fines de lo más contradictorios.

Quizás lo que nos queda es reapropiarnos de ese concepto, reinventarlo y repensarlo en una clave de igualdad, con la necesidad de romper la trampa que el capitalismo democrático nos ha tendido, y comprender que pedir profundización en las políticas de cambio, eliminación de la desigualdad y la explotación económica no atenta contra la democracia, sino contra la dictadura del capitalismo.

 

 

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