Curuguaty: ñemongueta chu’imi vy’â y jave

Cómo exorcizar el dolor, la indignación y la rabia de las muertes de Curuguaty con la ayuda de los amigos poetas Emiliano, Teodoro S. (Te’o) y Carlos Federico.

"Teodoro (S. Mongelós) conocía la pobreza, conocía el dolor de una patria lejana. Poeta de los pobres, dijo de ellos que ni siquiera enterrados podían descansar…" Imagen: portalguarani.com.

Por Gustavo Zaracho.

Buscando exorcizar el dolor, la indignación y la rabia de las muertes de Curuguaty, con los sentimientos a flor de piel y amplificados por la distancia del país, busqué refugio con unos amigos poetas, así fui al encuentro de Emiliano, Teodoro S. (Te’o) y Carlos Federico.

Preparé una jarra de tereré ro’ysâ porâ para invitarles y pasar un momento con ellos. Sabía que en la presencia de estos amigos entrañables, la infamia, la traición y la tiranía estarían desterradas y que sus versos me llevarían a esa profundidad bella del ser paraguayo, hecha de sencillez, solidaridad, humor…, amor. Sabía que en presencia de tales hermanos, no podía sino salir fortalecido, con esperanza, con la indignación necesaria para no ceder al odio, pero con la chispa que da fuerza para partir al combate de las injusticias.

El primero en llegar fue el Dr. Carlos Federico Abente, con los primeros arpegios de don José Asunción y su Ñemity. Las balas asesinas, el rostro infame de Blas N. Riquelme y de todos los canallas que asolan nuestra patria, quedaron desterrados de un fogonazo y más allá pude vislumbrar unos campos verdes, la tierra roja, el rostro adusto y sonriente de un campesino, regando su tierra, cosechando el campo, cantando alegre, digno y libre.

La dulzura y la sonoridad del guaraní en simetría perfecta con la melodía, transformaban las imágenes del oprobio en belleza. Vino a mi mente una querida amiga que me contó una anécdota: estando ella en la cárcel de Emboscada a fines de los 70, con un grupo de prisioneros políticos habían formado un coro en plena prisión, y la canción que los acompañaba y elevaba era Ñemity.

Desde lo más profundo de las mazmorras estronistas, Ñemity derretía los barrotes, redimía a los prisioneros y llenaba de vergüenza a los carceleros.

Con los últimos acordes de su Ñemity, don Carlos me dijo en guaraní, con ese suave y casi imperceptible acento argentino: Ñahenoi katu Te’o pe.

Segundos después, Teodoro S. entraba en el salón, ha che jagarrá petêi korâsô jopy. El suave gorjeo de la piririta me hundió en las profundidades del techaga’u, para luego, en cuestión de minutos, elevarme sobre sus alas y llevarme a ese territorio que no se deja aprisionar por ninguna frontera, ese territorio inalienable, que habitamos y que nos habita a los paraguayos y que a pesar de las distancias, siempre nos devuelve a ese hueco cálido que se resume en el ÑANDE, a ese yvy maraê’y ancestral e intemporal que se materializa con una palabra en guaraní, con un jeroky kyrê’y, con el olor del maíz fresco, con el sabor amargo de la yerba mate. Esas pequeñas cosas esenciales, que al igual que el canto de un ave, nos devuelven la divinidad de lo simple.

Teodoro conocía la pobreza, conocía el dolor de una patria lejana. Poeta de los pobres, dijo de ellos que ni siquiera enterrados podían descansar… Y entonces recordé las frases insultantes de los diarios y la prensa del latifundio, que seguían escupiendo sobre las tumbas de los campesinos asesinados de Curuguaty. ¡Ha mboriahu, ñandejara tukumbo rupa!

Como una rabia ciega me invadía, le pedí a Teodoro que cantemos otra de sus canciones, algo que nos devuelva esa alegría fraterna del paraguayo. Me dijo que para eso nadie mejor que un amigo suyo. Pero que prepare una buena petaca de “guarí” para invitarlo y que luego la farra había de comenzar. Así fuimos en busca de Emiliano. Lo encontramos instalado con su guitarra bajo las rejas de una de las tantas Belencitas a las que regalaba con sus versos. Como la simpática y sedosa mitakuña se resistía a salir a la ventana, resignado y un poco malhumorado vino a nuestro encuentro. Entre todos fuimos caminando por un tape po’i, hasta llegar al Almacén San Onofre, donde Emiliano tenía costumbre de parar antes de las serenatas.

La noche caía y una luna redonda y brillante iluminaba un cielo estrellado.  Emiliano andaba con mal de amores y bastante inspirado, así que con los primeros tragos del taguató resay, sumados al hechizo que la luna ejercía sobre él, comenzó su serenata, para la alegría y el deleite de los presentes. Don Federico Abente entusiasmado aplaudía, mientras Teodoro ya había comenzado a echar algunos piropos a una linda morena, que parecía responder al encanto del bien acicalado bigotito de Te’o.

Emiliano paró de cantar y comenzó a contar historias de la guerra, la sed, la muerte omnipresente y la fraternidad de las trincheras. La fraternidad, esa virtud más nacional que el mbokaja poty, que ni el estronismo pudo desterrar. Esa misma fraternidad que hoy arropa al Paraguay, que se horroriza de las muertes de Curuguaty y que no se deja engañar por los graznidos de los buitres pestilentes que quieren más sangre y poder.

Moví la cabeza para espantar de mi mente esos rostros ensangrentados de la Estancia Morombí y le dije a Emiliano: Ña hendu py che kêpe guaré mba’e. Emiliano rió con una franca carcajada y lanzó un profundo sapukai, que me llenó de alegría el corazón.

Desperté con la risa de Emiliano en mis oídos. La vuelta al mundo real, a esta tierra extranjera, tuvo su cuota de tristeza, pero el recuerdo de mis poetas amigos y sus canciones me habían contagiado de nuevo de ese fulgor que en los momentos de crisis siempre redimió al pueblo paraguayo, ese fulgor que latía durante la recordación de nuestro nacimiento como República. No podemos dejar que ese extinga, no podemos retroceder al pasado. Debemos seguir avanzando hacia el alba.

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