Cuidacoches y lava autos en ciudades de pobres corazones

“En casa hay que llegar con plata, con plata, o sino hesa vera pata la mitã kuera”. Historias de vida de los personajes que desde hace unos años se hicieron parte del paisaje social urbano. Jaeggli quiso sacarlos de circulación, como muchos, ellos buscan sobrevivir. 

En su mayoría, cuidacoches y lavacoches son desplazados históricos del campo. Foto: Mónica Omayra.

La gran inundación de 1982 y 1983, esa que llegó hasta Colón, dejó a la madre y los hermanos de Pelé a la completa intemperie. Venidos de Puerto Pinasco, vivían en un rancho en lo que luego se denominaría Pelopincho. En ese tiempo, Edgar (Pelé) Risaldi, 50 años,  ya le daba batalla a la vida ayudando a la madre en la alimentación de los hermanos menores con la venta de la Lotería Paraguaya. A los kambá de su generación era muy común apodarlos Pelé. Además de ser kambá, para ganarse el apodo había que ser bueno con la pelota, en cualquier puesto, y Edgar Risaldi, nuestro Pelé, lo era, me dice su socio. En tiempos en que la televisión no dominaba todavía el mundo de la representación visual ni la imaginación de la gente, se sabía que Pelé  hacía maravillas con la pelota como nuestro gran Arsenio Erico y que era lo más parecido a nuestros kambá.

Nuestro Pelé, hijo de madre soltera, gambeteaba la vida vendiendo Lotería Nacional, el gran juego de azar de esa época. Algunos negocios ya no cerraban a la siesta, las financieras inundaban el microcentro, la terminal de ómnibus se trasladaría luego de los alrededores de la Plaza Uruguaya y de Constitución a Fernando de la Mora y Rca. Argentina  y los autos (metidos de contrabando en su buena mayoría), se apoderarían del paseo urbano. En fin, en los 80, Asunción, capital de un mundo rural, despertaba de una larga siesta neocolonial, con su Hotel Guaraní como símbolo de la nueva modernización.

Con la gran inundación, a la familia de Pelé se la reubicó en un terreno de Posta Ybyraró, kilómetro 23 de la Ruta 1. Él se quedó un tiempo más peregrinando por la rivera del río Paraguay hasta que llegó el primer hijo. Ahí, con su pareja, decidieron ranchearse en Mano Abierta, una villa organizada para los desplazados de la ciudad. La venta de la Lotería paraguaya le había granjeado “muchos patrones”, varios de ellos médicos. Fue así cómo se le ocurrió apostar por lo que sería su oficio de vida, con el que crecieron sus hijos y sus sobrinos: cuidacoches y lavacoches, en la cuadra del por entonces recientemente edificado sanatorio Santa Clara, entonces  en Cnel. Bogado (Mcal. López) entre Tacuary y EE.UU. Ahora es un gigante negocio dedicado al seguro privado, en Rodríguez de Francia y Parapití.

Edgar (Pelé) Risaldi: “Oky ha ndokyiro aju mante vaera o sino hendyta orendive”. Foto: Mónica Omayra.

Algo le oprime el pecho a Pelé. Algo de lo que no habla y de lo que su hermano y los cuatro trabajadores de la cuadra no hablan con él. Es una daga en su íntimo orgullo de padre que se levanta todos los días a las cinco de la mañana para llegar a Asunción a las 7 sorteando el tráfico infernal  y ganarse 50 a 60 mil guaraníes por día, por doce horas de trabajo. “Oky ha ndokyiro aju mante vaera o sino hendyta orendive”, me cuenta en la esquinita de Parapití y Primera (Simón Bolívar), su lugar de vigilia y descanso, pasándome el tereré. “Te lavamos hoy, patrón”, salta, de repente, al ver a un cliente. “Otro día, Pelé”, le dice el patrón, calvo, en un saco impecable. “Pea visitador médico, cliente porã hina”, esgrime. Entre visitadores médicos, “doctores” y algunos que otros clientes del Sanatorio, Pelé suma alrededor de 60 mil guaraníes por día, “libre”, es decir, descontando la comida. Los viernes o sábados, con una vaquita de 10 mil cada uno, suelen darse el gusto de ubicar una costillita a la parrilla o –hendyrô hina- chorizos con riñoncitos. Pelé y sus compañeros han tejido una red de ayuda que podría afectarse seriamente si, tal como se ha anunciado, la casa de donde traen el agua para lavar los autos se alquila a otra gente y si la casa del escultor Carlos Almeida,  donde dejan la parrilla y sus herramientas de trabajo, finalmente se trasfiere al Sanatorio, que ya ha comprado varios terrenos de los alrededores para convertirlos en estacionamientos de autos. Es que las cosas cambiaron muchísimo, dictamina Carlos Almeida, al recordar que en los 70 y parte de los 80, en esas calles, en un tiempo en que los autos no eran todavía los dueños imponentes del paisaje urbano, las criaturas y adolescentes jugaban a la pelota. “De estas calles salieron grandes jugadores no solo de Cerro Porteño (el club más cercano del barrio)”, recuerda Carlos, un hombre austero, de lectura serena en el zaguán de su casa, que da entrada al taller donde fabricó sus hormiguitas de hojalata.

Hay algo que a Pelé oprime soberanamente. Algo que lo mete sin aviso en un duelo inesperado, mudo. Su único hijo varón no puede salir de los enredos de “la mala junta”, “de ese chespi maldito”, de los atajos tatuados en el cuerpo, único reducto de su libertad en esos laberintos de Tacumbú. La última vez que lo vi, con una amplia sonrisa que desabrigaba la deteriorada dentadura, me había pedido un cigarrillo. “Eje kuidake kape”, le dije al pasarle un Philiph Morris. “Ajekuida leka, ani ejepy’apy cherehe”, me respondió alegre, y con un trapo de lavar en el hombro.

En el mundo de los cuidadores y lavadores de coches hay “de todo”, me cuenta Francisca Ortíz, que con su hijito de meses se apuesta en los alrededores de la Plaza de la Libertad, por las mañanas. En el centro, por las mañanas, estos trabajadores deben esforzarse mucho más por arrebatar algo de dinero. Es que el estacionamiento se paga por hora, entonces, a la gente “ya le cuesta darte un poco más por cuidar el auto”. “Peleamos por moneditas”, interviene Daniel Sánchez, durante la reunión mantenida con varios trabajadores de calle en el club Antequera y Castro. Daniel, procaz, inquieto, con ojo vivaz detrás de un anteojo duro, con fuerte aumento, nos muestra el carnet de la Asociación de Cuidacoches, nos muestra las crónicas periodísticas, nos dice que ellos solo quieren trabajar tranquilos, que tocan puertas y puertas de la Intendencia, del Ministerio del Interior, del Ministerio de Justicia y Trabajo, pero que nada, que una sola vez fueron recibidos en esas instancias, que cómo puede ser que se desatiendan los reclamos de más de 3000 personas asociadas, “que llevamos todos los días la comida a nuestro hogar, mba’ere la mboriahure ndo je penai”, remata Francisca.

¿De cuáles reivindicaciones estamos hablando? 

“Ore ko ndaha’ei mondaha». Foto: Mónica Omayra.

“De subsidios, de seguro social, de respeto”, responde con fuerza el presidente de la asociación Vicente Gómez, que cría a ocho hijos con el trabajo de cuidar y lavar coches en los alrededores de Emergencias Médicas.  “Ore ko ndaha’ei mondaha, enteroveva romba’apose otro lado, pero, ¿quién te puede dar trabajo a nuestra edad?, por ejemplo”, reflexiona Vicente (56 años), que antaño era albañil y que hace 16 años trabaja en el oficio.

Hace 10 años, un grupo de cuidachoches y lavacoches empezó a reunirse para dialogar en torno de sus problemas y reivindicaciones comunes, aunque fue una propuesta del senador Alfredo Jaeggli de sacarlos de circulación la que disparó la mayor cohesión hasta juntarse un total de 3.200 trabajadores asociados. El planteo de Jaeggli se hacía eco catártico de una angustia general que, entre otras cosas, ve el pago por “servicios que no necesitamos”, con temor incluido de “que te rompan el vidrio si decís que no”, a decir de Susana Pereira Núñez. Como una especie de impuesto social que “no tenemos porqué, nosotros, otra vez, pagar”. Como la gente no es mercadería de ponerla y sacarla nomás del paisaje, de la vista del “buen ciudadano”, Jaeggli tuvo que retractarse al salir en contra la propia gente de su Fundación Libertad.

No todos trabajan todos los días. Al igual que los revendedores de entradas para espectáculos, existe un grupo grande de cuidacoches que solo trabaja en los eventos (partidos de fútbol, conciertos, grandes festivales) y, por lo tanto, el nivel de exigencia es menos sedentario. “Hay que sudar muchísimo para ganar un 100.000 por lo menos, hay que sudar mucho”, manifiesta Ignacio Zamora, grande, ampuloso, de ojo esquivo.  “Ndaipori re’urei vaerã”, resuelve, corriendo detrás de un auto a punto de estacionarse alrededor de la cancha de Libertad, durante el último partido que este equipo le ganara 1 a 0 a Olimpia. En los eventos, los precios no son “taaan a voluntad”, aunque, admite Ignacio, “depende de la cara del cliente y del auto”. “Oiko gente heta iplatava ñane retâme … qué les puede hacer un 5 o un 10 mil’í, todos necesitamos comer”, repite.

Las mujeres 

Integrantes de la Asociación de Cuidacoches. “Ahora las mujeres son el 30% del gremio”. Foto: Mónica Omayra.

“En casa hay que llegar con plata, con plata, o sino hesa vera pata la mitã kuera”, refuerza una mujer de pelo dorado que me mira con desconfianza y que pide a mi compañera Mónica Omayra que no le saque fotos.

Al encuentro en el Antequera y Castro se han sumado varias mujeres, con hijos algunas, madres en general. Son muchas las madres que se suman todos los días al trabajo de cuidar y lavar coches. “Ahora las mujeres son el 30% del gremio”, nos informa Vicente. De aquellos primeros años de los 80, en que el “patroncito” era conocido, conversaba sin tanto miedo con los lustrabotas, las yuyeras, las verduleras, a este tiempo, el mundo urbano ha cambiado radicalmente. Una estimación a ojo de los dirigentes de la Asociación habla de más de 6.000 personas solo en Asunción entre ciudadores y lavadores de coche. En la ciudad se suda para vivir, todos los días. “Hendy upepe hina”, comenta Rosa, una de las tantas víctimas sobrevivientes de la masacre de Curuguaty. Ella, que vivió unos años en Bañado Sur, intentó un pedazo de tierra con su pareja en Marina Kue. “Ro ñoty haĝua mandi’o, jety, kumanda ha rogueru haĝua che familia kuerape ante de que la chespi mba’e ojukapa chupe kuera”.

Pelé y su hermano, junto con el autor de este reportaje, en su esquina de siempre, Parapití y Primera, Asunción. Foto: Mónica Omayra.

 

La Asociación de Cuidacoches tiene más de 3000 integrantes. Foto: Mónica Omayra.

 

«Enteroveva romba’apose otro lado, pero, ¿quién te puede dar trabajo a nuestra edad?», Vicente Gómez, presidente de la Asociación de Cuidacoches. Foto: Mónica Omayra.

La colección de recortes de Daniel Sánchez. Foto: Mónica Omayra.

Daniel Sánchez, uno de los activos militantes de la Asociación. Foto: Mónica Omayra.

Foto: Mónica Omayra.

Foto: Mónica Omayra.

Foto: Mónica Omayra.

Foto: Mónica Omayra.

Foto: Mónica Omayra.

Foto: Mónica Omayra.

Foto: Mónica Omayra.

Foto: Mónica Omayra.

“Hay que sudar muchísimo para ganar», dice Ignacio Zamora. “Ndaipori re’urei vaerã”. Foto: Mónica Omayra.

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