Cuervos

 11 de setiembre, mapuches y una histórica persecución.  

Foto: metiendoruido.

La Cordillera de los Andes, imponente y mudo testigo de la historia, une y separa el territorio suramericano. Guarda en sus entrañas tesoros escondidos que los hombres codician con afán, hurgando en sus entrañas, sin importar el precio en vidas y el daño a la naturaleza.

Eso sucede con la explotación minera, generalmente en poder de empresas extranjeras contra la voluntad de la población concernida, muchas veces  expresada en plebiscitos, burlados por la complicidad de autoridades provinciales y nacionales.

El hecho no es ajeno a la apropiación fraudulenta y prebendaria de la tierra, por grandes consorcios transnacionales, que desalojan y aíslan comunidades enteras, sumiéndolas en la nada, huérfanas, humilladas, sin hoy ni mañana.

Sufren ese tipo de atropello los pobladores del extremo sur americano, en especial los mapuches, ocupantes inmemoriales de la región central chilena, desde los bajos de Santiago hasta el Chiloé y, en tiempo más reciente, parte de la Patagonia Argentina.

Fernán Silva Valdez, poeta uruguayo, decía de los charrúas: “venían no se sabe de dónde, usaban vincha como el benteveo y penacho como el cardenal; si no sabían de Patria, sabían de querencias”. No hay palabras más ajustadas para definir el origen mapuche.

Quise escribir una historia, pero ya estaba escrita, con sangre, de los hijos del Arauco.

Llegaron los españoles, con la cruz y con la espada, de hierro su corazón lo mismo que sus corazas, montados en sus corceles, sembrando miedo y muerte.

El invasor de ultramar, se apoderó no sólo de su tierra, sino también de sus hijos, terruño de piel morena.

La libertad hecha canto bate su tambor de guerra.

Lautaro, 1557, y otros caciques cayeron, baluarte de estirpe india, en defensa de su pueblo.

No sólo el suelo chileno se tiñó de rojo sangre, sino la pampa argentina, bajo el gobierno de Julio Roca que, haciendo honor a su nombre, cargó en el pecho una piedra y los mapuches iban cayendo, como trigal  maduro, para reproducirse en su tierra.

Quince mil dicen que fueron, los mapuches asesinados por las tropas, en la forma más feroz.

En eso se dieron la mano con los “gallardos” uniformados chilenos. De un lado la operación La Conquista del Desierto, 1879; del otro, a sangre y fuego, La Pacificación del Arauco. Siempre que se habla de paz, se emblema en paloma blanca y en la rama del olvido, nunca en el filo de un sable, ni en la bala del fusil.

Arauco tiene una pena, reza una triste canción.

“Soy mapuche” dicen ellos, “son chilenos”, los demás.

Parece cosa de nada si se mira así nomás. Ni mapuches ni chilenos, que a parte entera no son. En Chile no son mapuches ¡¡son chilenos, sí señor!!. En Argentina mapuches ¡¡chilenos, que sí señor!!. De nuevo coinciden ambos ¡¡son chilenos, sí señor!!. En los dos casos le niegan su derecho a su nación y a la tierra.

“¡¡Y yo ya estaba!!”, se leía en un viejísimo afiche en las tierras de Chiloé, en él una figura humana acuclillada, cubierta con un chayal, parecía aislada del mundo, fundida con la tierra. Tierra y hombre, hombre y tierra, tienen un mismo destino.

Antes de la llegada de los españoles, en 1641, se estimaba en dos millones la población mapuche, y en el censo del 2002, apenas 600 fueron los identificados con su pueblo.

Se defendieron con bravura de los Incas, quienes en 1460 llegaron a Coquinbo y hasta el Maule, norte de Temuco, en 1485, antes de la invasión española, llamada impropiamente conquista. Una barrera de arcos, flechas y lanzas, los retuvo en el Río Bio-Bio, en Chile, y Colorado en Argentina.

Por el Tratado de Quillín, en 1641, la Corona Española reconoció al pueblo mapuche, su carácter de independiente y soberano, por indómito, iniciando un período de intercambios comerciales y culturales, con hijos de cacique que iban a estudiar a Chile, operando caciques como embajadores. ¡¡Una relación de nación a nación!!.

Con la independencia de lo que hoy es Argentina y Chile, la situación empeoró para los mapuches. La intervención en algunos de sus grupos, en los conflictos chilenos, justificó la guerra contra ellos, según las palabras de Benjamín Vicuña Maquena, quien portaba laureles de revolucionario, refiriéndose a los indígenas: “Son brutos indomables, enemigos de la civilización, que sólo adoran los vicios”.

Al inicio no hubo grandes enfrentamientos, sino escaramuzas, hasta que el asesinato del cacique Domingo Milen, desencadenó la declaración de guerra de los mapuches, los cuales fueron derrotados en sucesivas batallas. El diario de la época, llamado El Ferrocarril, apoyó la campaña de exterminio.

Después de la “limpieza” militar, se tomó la tierra como botín de guerra, apareciendo los inmensos latifundios y confinando a los indígenas en pequeñas propiedades de apenas seis a ocho hectáreas por familia, o confinándolas a reducciones sin título, en predios colectivos. Muchos de sus jefes fueron sobornados con tierra y poder, sembrando la división entre ellos.

De libres y soberanos, pasaron a la condición de campesinos pobres, perseguidos, tratados como animales. Contra ellos se cometió la crueldad de quemarlos vivos e infamarlos con el herraje. Tras años de la represión y los asesinatos en masa, la tiranía fue derrotada en las urnas, renaciendo las esperanzas populares, sin que las mismas florecieran en la araucaria.

Fue el Gobierno de la Unidad Popular de Salvador Allende, 1970/73, que comenzó a devolver la dignidad de la que habían sido despojados. El Ministerio de Agricultura, a cargo de Jacques Chonchol, funcionó en Temuco con una sede permanente durante dos meses. Por fin sentían que ese gobierno era el suyo y lo apoyaron orgánicamente.

La rebeldía se paga. Una semana antes del golpe del 11 de septiembre de 1973, el Diario El Mercurio destacaba en grandes caracteres: “Rancagua, territorio liberado”. No se interpretó adecuadamente el significado de ese mensaje, a pesar de que un grupo de mujeres de la región, había llegado a Santiago para denunciar la desaparición y torturas de sus compañeros, mayoría mapuches.

Otra vez sus territorios eran pisoteados por la soldadesca vengativa, anticipo del arribo de las compañías nacionales y extranjeras de explotación forestal y minera, y de ocupación masiva de las tierras.

Durante las dos décadas de gobiernos de transición democrática, continuó la misma política de Pinochet contra el pueblo mapuche, el que ha recurrido en varias ocasiones a la huelga de hambre para hacer oír sus legítimas reivindicaciones, como ocurría en varias cárceles de la región y, mientras el mundo seguía sin perderse el mínimo detalle del rescate de los 33 mineros del socavón San José de Copiapó, otros morían en el anonimato de siempre, en el más absoluto silencio, víctimas de una sordera e insensibilidad colectivas.

Su voz se escapa por los barrotes, adornada de copihues, flor de sangre mapuche.

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