Cuatro historias de sufrimiento mental durante la pandemia

Ángel Domínguez, Alejandra Villalba, Romy Duarte y Clara Alegre testimonian que sus vidas fueron ocupadas por el pánico, la depresión, la ansiedad y la angustia en los meses de confinamiento más crudos. Testimonios en los que pueden reflejarse miles de personas que sufren mentalmente durante la pandemia.

 

Escribe Julio Benegas Vidallet                      Fotografía Alejandra Gómez

 

A medida que la madre habla la niña formula un relato paralelo. Cuenta el cuento de la gallina y luego el del gato y el del oso; los cuentos que cuenta la madre cada vez que le pide que coma, que tome la leche o que se bañe.

-Ahora te voy a contar el cuento de la niña que toma la leche y que se calla mientras su madre habla -formula Clara Alegre.

Ambas se hamacan en un lienzo multicolor. Más fuerte, cada vez más fuerte, como lo pide la niña. La voz de Clara se confunde con la de la niña, al igual que el aroma del jazmín con el de otras flores. Ahí está, con sus dientes saltones y sus rulos recogidos, la razón por la cual Clara, a sus 40 años, había dejado de tomar sus pastillas. Durante todo el embarazo y los primeros meses de maternidad.

Ángel Domíguez sostiene la foto de su madre fallecida.

El entramado de plantas proyecta una penumbra en el hall, el lugar predilecto de Clara y de la niña. Madre e hija se hamacan cada vez más fuerte.

Clara tomó pastillas para la depresión y para la ansiedad desde los 14 años, desde aquellos tiempos en los que cada reprobación o rechazo de sus compañeros en el colegio mixto (ella había hecho la primaria en una escuela de niñas) la sometía en una aguda depresión. “Sentía como un rechazo muy fuerte, estaba triste, no aceptaba mi cuerpo, me sentía gorda (no era gorda en ese entonces) y me quería morir. Tomé unas pastillas. Desde los 14 años, incontables veces, yo perdí la cuenta, quise morir”. Ese oscuro mundo de la profunda depresión tuvo un claro de luz, un ñasaindy poderoso, cuando quedó embarazada.

-Estaba muy ilusionada. No me costó nada dejar las pastillas. No fue traumático, no sentí el proceso de desintoxicación, estaba muy feliz -comenta al recordar aquel tiempo en el que, luego de tanto intentarlo, engendró a su hija.

Cuando ella, a los 40 años, sintió que la primavera por fin había llegado a su vida, a tres meses de maternidad se vio envuelta en un brote sicótico. “Era una tremenda angustia, sentía que me hablaba la tele, creía que yo era la hija de Jesús, la enviada de Jesús, de Dios, y que tenía vida eterna, que le podía curar a mi mamá de cualquier problema”.

Entonces conoció el Hospital Neurosiquiátrico. Fueron días terribles. “El neuro fue tremendo en mi vida, una jaula, gente que llora todo el día, gente que canta, gente que no está bien. Yo me decía: “Tengo que hacer algo. Me pasaba limpiando los platos y ayudando en la cocina. Tres días estuve en la jaula, adentro están todas las locas, adentro están las piezas, y en las piezas hay colchones. Es una jaula gigante, como una cárcel”.

Con acompañamiento sicológico y siquiátrico logró, de a poco, recuperar estabilidad. “El sufrimiento síquico es terrible. Cuando trato de entenderlo, me veo como una sobreviviente de mí misma, que yo tengo mi lucha y estoy en eso”

En la tarea de recuperación, con asistencia sicológica y siquiátrica, vino la pandemia, y con ella el encierro, el miedo, el terror y los cuidados especiales.

Clara ya no pudo ir con su madre a misa los domingos ni almorzar en el shoping ni acudir a la plaza con su hija ni encontrarse con su grupo de terapia Noimbái, dirigido por el siquiatra Agustín Barúa

El decreto de encierro llegó. El centro de la ciudad de Asunción, donde vive Clara, fue un territorio de policías motorizados, camionetas policiales y gentes muy pobres que se rebuscaban en la basura. Ella, para ganarse algo de dinero, empezó a hacer pizzas para venderlas por delivery. Al cuadro de angustia y miedo generales, se le sumó el estrés. Padeció su segundo brote, el que lo ubicó en ese lado claroscuro de la conciencia en que ella, puntualmente, alucinaba curar enfermedades y producir milagros.

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Sentado en la cama, Ángel Domínguez mira la mesita de luz. La mesita redonda ocupa una esquina de su habitación, una habitación bajita, en la que, en soledad, vive a hora. Todo en su vida tiene una hora: el dormir, el desayuno, el almuerzo, la merienda y los remedios. La mesita está ocupada por varias tabletas de fármacos (para cuestiones cardíacas, para la depresión, el VIH y otros males que han anidado en ese cuerpo delgado y moreno), una Virgen María, un ángel negro de cerámica con un ala rota, y una vela apagada. La barba, que la acaricia a cada rato, ya le ha llegado al pecho. Arriba, se escuchan las pisadas de alguna persona que da vueltas y vueltas. Es un altillo de ese inquilinato sobre Yegros casi Teniente Fariña. Ángel, acostumbrado a ese ruido de trámites oficinescos encima de su habitación, concentra repentinamente la mirada en la foto con la madre y con las tías. Esos ojos pequeños se transportan a Orán, Salta, Argentina, donde nació y vivió hasta que ingresó al noviciado franciscano. Creyente de que era más importante acudir al llamado de la gente que la obediencia a la orden, sufrió, con otros diez jóvenes, persecución hasta que, tras varias mediaciones, terminó, luego de una escala en Colombia, en Paraguay, en 1991. Aquí participó de una ocupación para viviendas populares en Asunción, cerca del Seminario Mayor, pero cuando el asentamiento ya estaba a punto de regularizar los papeles y convertirse en barrio sólido, él, hijo único, debió volver a Salta para cuidar de su madre y de sus dos tías mayores. Pero eso ocurría en los años 90, y de esa vasta experiencia de enterrar a su madre y a sus tías, saltaremos a ese día, en que, en Asunción, en el barrio San Antonio-Sajonia, Ángel, en junio de 2021, devastadoramente solo, las radios, la televisión y las plataformas digitales escupían números de infectados y de muertes por día en el mundo. Él, que aun con sus meditaciones y sus rezos no había curado bien esa huérfana tristeza, y ya con un ataque cardiaco anterior, decidió tirarse del balcón del edificio donde vivía, sobre Félix Paiva. “Fue un impulso, nunca tuve vocación suicida”, asume sobando las bolitas de su rosario.

Un poco antes de acercarse al borde de terraza había enviado por wasap un mensaje de despedida y de agradecimiento a un grupo de amigos. Ya a punto de saltar gritó desde abajo una amiga que vivía a unas cuadras, y subió a las corridas las escaleras, y luego llegó otra amiga. Hubo forcejeos.

-Te queremos Ángel- le dijo una de las amigas.

-Sabemos que lo estás pasando mal, pero sos muy importante para nosotras y para la gente de los bañados- exhortó otra.

Era una siesta fresca de junio del 2020. Las amigas y otras personas formaron un cordón humano que le impedía el paso a la terraza para que no vuelva a intentarlo. Pronto se dieron cita los bomberos y la Policía. Ángel, en profunda depresión, fue rescatado por sus amigas y sus amigos que lo quieren y lo asisten un montón y que hasta ahora forman parte de una red de contención.

…………

“No sé por qué cuesta tanto vivir en Paraguay”, reflexiona Alejandra Villalba, abriendo grande sus ojos color uva y extendiendo el brazo derecho, como si la realidad se revelara de un modo nuevo. “Ahora puedo decir que era feliz y que no lo sabía”, remata al recordar su niñez entre arroyos, praderas, frutas y comida de campo. De esas llanuras rurales, sus padres se habían trasladado al kilómetro 24 de la ruta 1, en ese tiempo en que avanzaba la urbanización en esas tierras del departamento Central. De chacras, huertas, ganados, pastos, bosques y vastos territorios desalambrados, con sus diez hermanos se hacinaron en una casa mínima, en un lote 12 por 30. Guaraní parlante, la primera discriminación la sintió en la escuela. “No entendía las clases”, asume, con el rostro vivaz.

-Sí, así es, no sé por qué cuesta vivir tanto en Paraguay- repite, ya como una letanía. En el recuerdo, la ciudad arde y duele en todo el cuerpo. Alejandra se estremece. Ella trabajaba en la calle, incluso había ido a trabajar varias veces en Buenos Aires. Siempre sufrió litigios territoriales con otras trabajadoras, pero acá, en Paraguay, unos años atrás, cuando tenía su parada muy cerca de las oficinas de la Ruta 1 de la Municipalidad de Capiatá, kilómetro 20, fue golpeada a manos llenas por un hombre, casual, que andaba de rondas con el trago y las drogas.

Alejandra Villalba se toma una foto con su celular en su terreno. En el fondo se ven los cimientos de su futura casa.

Ahora esos bosques, esas praderas y ese horizonte de niñez de Caaguazú se han llenado de soja. “Tengo tantas ganas de volver a mi valle (algunos familiares sobreviven en esas tierras), aunque ya nada parece lo que era antes”.

Ella ha quedado embutida en una casa de alquiler, en una calleja de Kilómetro 21 de la Ruta 1, trabajando en lo que puede, por ahora en el trabajo sexual. A ella, que ha tenido una fugaz experiencia cuidando a una persona enferma, le gustaría trabajar en otra cosa, “pero es muy difícil, para nosotras (las trans), conseguir trabajo”.

-Todo lo hago por necesidad. ¿Por qué en Paraguay hay tanta necesidad? – se pregunta.

El sol pleno de aquel lunes de noviembre de 2021 invade la habitación llenándola de trasparente claridad. Unos gatitos succionan las tetitas de la madre en el umbral, un plasma en la mesa y una cama somier pulcramente enfundada arropan su entorno. Alejandra se acaricia el rostro, fija los ojos en el anotador y repite: “¿Por qué hay tanta necesidad en Paraguay?”.

Ahí, en ese lugar, la agarró aquel decreto de cuarentena del 11 de marzo de 2020. Su mundo se oscureció por el encierro, por la imposibilidad de trabajar y por el miedo a la muerte de su padre, que ya necesita cuidados intensivos luego de un severo ACV. “El mundo no tenía sentido para mí. Me aislé. Tomaba mucho y jalaba cocaína a bulto”. La sombría depresión se había apoderado de su vida.

………..

En 1987, a pocos días de que su hermano muriera electrocutado, Romy Duarte (Kuke) empezó a padecer temblores, sudoraciones, dolor en el estómago y taquicardias. El miedo a la muerte la asaltaba en cualquier momento. Su madre la llevaba a curanderos, “brujos” e iglesias sin buenos resultados. Sonríe Kuke al recordar ese tiempo en que andaban entre manosantas y el rosario. “No sabíamos que los problemas mentales existían”, comenta.

Efectivamente, eran tiempos en que a los pobres no se les ocurría -o no podían- acudir a una consulta sicológica y menos siquiátrica. Ya cuando en los años 90 se juntó con quien sería su esposo, un médico cirujano, supo que se trataba de pánico y que había tratamiento posible. Muy concentrada en asistir a su marido como instrumentista, el pánico se fue diluyendo hasta casi desaparecer. Unos años atrás, el marido, acusado de negligencia, fue preso. Cuando salió con libertad condicional, se fue del país. Desde entonces el mundo de Kuke ha virado 90 grados. 30 años de estar con alguien, de ser su asistente, de cuidar de la casa, de las hijas y del marido, se vinieron abajo. “No sabía qué hacer, adónde ir. Entonces, me aferré a mi familia”, comenta, disculpándose por la lágrima que se desliza sobre sus pómulos. En eso de entender cómo moverse en ese nuevo mundo, en ese vacío y en la incertidumbre, la encontró el decreto de cuarentena. Aquellos sudores, los temblores, las taquicardias y los dolores de estómago volvieron como jinetes apocalípticos a ocupar su rutina, una rutina ensombrecida por el miedo a la inminente muerte. Y fue entonces que se e aferró a su frasco de alcohol rectificado, al tapabocas y al guante de látex, aun estuviera encerrada, aun no hablara con nadie más que con su hija, y aun sin salir a mirar siquiera la vereda de su casa. Un año estuvo así, yendo y viniendo a la cocina, al estar de la casa y al quincho, con la tele prendida y atenta al celular, en esa casa del barrio Mburukuya, Asunción, detrás del Centro Paraguayo Japonés.

…………

La hija de Clara ha vuelto a tomar su lugar en el regazo de la madre. Se hamacan. Carla, con una voz sosegada, intenta avanzar en la entrevista, pero la beba exige “más fuerte, mami”.

-Sí, hija, pero ahora estoy hablando. Más tarde.

-Dale, mami, más fuerte.

Clara avanza en la entrevista con una envidiable precisión de detalles. En plena pandemia, en el segundo brote sicótico, la liberaron de la clínica en dos días. Cuando pasó la crisis fue disminuyendo la medicación. En todo este tiempo, ella ha podido acceder a sesiones con el sicoanalista Genaro Riera y a terapia de cielo abierto, en Plaza Italia, con Agustín Barúa. El grupo Noimbái, todas mujeres, se suele reunir en su propia casa, la de Iturbe casi República de Colombia. “Me hace muy bien. Ahora quiero ser abuela, quiero cuidarme, bajar de peso, quiero vivir la experiencia de ser abuela”.

Antes de la llegada de su hija, Clara siempre quiso morirse porque creía que no encajaba, que no le hacían caso. “Tenía el instinto al revés, estaba obsesionada con morir. Ahora tengo miedo a morir, ahora quiero vivir, ser abuela. Con un poco de suerte, de esfuerzo, lo lograré”.

A la caída del sol por el oeste, la claridad en la sala abierta de Clara es como la producida por el ñasaindy (claro de luna). Ha llovido recién, el fresco intenta asomarse por entre el jazminero.

-El sufrimiento síquico es terrible. Es terrible. Cuando trato de entenderlo, me veo como una sobreviviente de mí misma-, reflexiona Clara acariciando a su hija y mirando como a lo lejos.

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Un poco antes de las 10.30, Ángel se levanta de la cama, ordena los medicamentos en la mesa, y se dispone para almorzar en lo de Ña Genara. Cruza la calle despacio y sin atender mucho al tráfico incesante de esa hora. El sol es una plancha de fuego sobre las cabezas y sobre las chapas. Al lado del local de Tía Chela, Ña Genara ya sabe que su infaltable cliente llega antes que todos, y que debe tener preparada comida sana, sin grasa y sin frituras. Un pollo grillé, una tarta o una carne a la plancha con verduras frescas. Pero entre tantas ocupaciones, ese día no se había acordado del pedido de Ángel: una tarta de acelga. Al ver a Ángel, doña Genara se aprieta la cabeza y pide disculpas.

-Perdón, perdón…

-¡Pero tenés algo que pueda comer yo, doña Genara?- pregunta Ángel tomando su asiento habitual, en la cabecera de una mesa de madera antigua del color del barniz.

-Sí, te preparo en un sapy’aite. Esperame un ratito.

La figura de Ángel Domínguez, aunque pequeña, con esa larguísima barba blanca, con algunos hilos morenos, emerge nítida, inconfundible, entre el murmullo general de trabajadoras que apuran vori vori, el pescado, las tortillas, las empanadas, el tallarín, el kumanda so’o, el estofado de carne con papas y el picadito de carne: el catálogo común del Mercadito Iturbe.

Un poco antes nomás de la pandemia y de aquel golpe de la depresión, Ángel Domínguez, acompañado de algún cajón, cantaba alto, cantaba fuerte, sambas, chacareras y otras músicas populares latinoamericanas. Trae esa voz de la madre, que fue una gran cantante del folklor argentino. El mundo lo ha dejado huérfano de padre, madre, tías e hijos, pero, con la ayuda de amigas y amigos que lo quieren y que le ayudan con asistencia sicológica, siquiátrica, vivienda, los remedios, ahora se prepara para su próxima intervención quirúrgica: debe ponerse baypás. Apoyándose en la mesa se levanta, se despide, se va. Con ese caminar lento y más encorvado, a sus 57 años, Ángel cruza Yegros como si no hubiera tráfico o como si su presencia pudiese congelarlo. Abre el portón y se mete en esa habitación donde, en la mesita de luz, lo esperan la Virgen María, un ángel negro de un ala rota y una vela que él pronto encenderá para comenzar sus plegarias y su meditación franciscanas.

…………

Un día de esa profunda depresión, un día de pleno sol de otoño de 2020, Alejandra se levantó de la cama resuelta a no morir. Aún envuelta en esa atmósfera soporífera de alcoholes y drogas, recordó vagamente a su padre enfermo y recordó que ya había empezado el cimiento de su próximo hogar, ahí, en Barrio Resedá, de J. Augusto Saldívar, cerca de la casa de sus padres. No estaba tan sola y su vida podría seguir teniendo algún sentido. Se levantó resuelta a pedir ayuda. “Recibí mucho apoyo de familiares”, comenta. Con acompañamiento familiar asistió al Centro de Adicciones, consiguiendo una entrevista con una sicóloga y un psiquiatra que le recetó antidepresivos y ansiolíticos. Ya en la segunda visita no hubo consulta sicológica, “tan solo las pastillas”.

En el período más sombrío de la depresión, no solo consumía más alcohol y más cocaína. “También comía muchísimo, cualquier cosa, aun sin hambre. Por eso engordé mucho. Mirá cómo estoy- dice, señalando la cadera y el abdomen un poco más ensanchados que antes. Pronto dejó el ansiolítico porque “no podía arrancar” y un poco más tarde los antidepresivos. “Es que a mí me gusta mucho tomar los fines de semana”, suelta, con un dejo socarrón. Y ya se sabe que las pastillas con el alcohol son “mortal”.

Alejandra tiene un propósito superior: quiere levantar su casa. Ya antes de la pandemia se había plantado el cimiento. Muestra una foto en la que de fondo aparece la estructura base.

A sus 37 años, sus parejas sexuales acuden a su casa, esa que habita, entre los gatitos, la tele y la cama somier, en una calleja de aquella colina del kilómetro 21, una prolongada pendiente que se levanta desde el arroyo Posta Ybycua y da forma a esos nuevos barrios de lotes 12 por 30 y a algunos asentamientos de casitas arracimadas en senderos marginales. “Hakuvo” (calor húmedo), comenta. En el campo se lo tiene como “amenazo”. Alejandra lo sabe. Las aspas del ventilador no dan abasto. Al bajar la colina hacia el arroyo, con algunos, escasos, árboles, se yergue el edificio de la Municipalidad de Capiatá. Ahí, a metros, antes de la pandemia, una madrugada, Alejandra fue golpeada por un tipo que gritaba que él era el que mandaba en ese lugar y que se debía de hacer lo que él quería que se hiciese. Alejandra ya no trabaja en la calle, aunque, “si la necesidad obliga, deberé volver”. En Paraguay, ya se sabe, “todo es mucho más difícil”. De pronto, es tomada por un hilo de tristeza. ¿Habrá superado la depresión?

-Me hace tanto bien hablar. Tan poca gene escucha hoy- dice recogiendo su pelo bronceado.

Alejandra quiere terminar aunque sea una habitación en su terreno. Y va por ello.

………….

A un año de encierro, su madre le imploró a Kuke que por favor vaya a visitarla en su cumpleaños. “Rohechanga’u eterei, che memby” (Te extraño demasiado, mi hija), le dijo por teléfono. Este ruego la sacudió y le hizo enfrentar las sudoraciones, los temblores, las taquicardias que le producían el terror a la muerte. Luego de cerrar la comunicación con su madre, lloró, suspiró largo, trató de manejar la respiración, se puso el tapabocas, el guante, agarró el alcohol en espray, roció  el auto, y despacio, muy despacio, acudió a la casa de su madre, en Palma Loma, Luque. Pero Kuke no solo estaba presa del pánico; en ese tiempo, y por un largo tiempo más, a la desaparición de su marido, también la depresión se había hecho cargo de su destino inmediato. Ese atreverse a tomar el auto para dirigirse a la casa de su madre produjo en ella un momento de inflexión. Enfrentar y asumir eran importantes. Empezó a tomar en serio las consultas sicológicas y las recomendaciones, hasta que, en un momento, aceptó que la muerte era una posibilidad real para todos. Aunque, muy encerrada en sus relaciones “burbuja”, ella asume que ya puede salir sin tanto temor y que, de a poco, a sus 57 años, va asumiendo que puede dejar de esperar un mensaje de aquel marido con el que estuvo 30 años.

Romy Duarte (Kuke) en su casa.

Es un viernes de calor distendido. En la calle de la casa de Kuke, Basualdo, resiste un almacén de barrio. Alrededor, casas sólidas y negocios con blindex. Un grupo de repartidores de mercaderías se toman su cerveza en una bodega. A un costado, el Centro Paraguayo Japonés ocupa casi una cuadra. Sobre la calle Julio Correa se extiende, como en galería, locales de pizzas, bodegas, restaurantes y pequeños supermercados. La línea 16 tarda. Es preciso caminar hacia Aviadores del Chaco para tratar de imaginarse cómo era el mundo alrededor de la casa de Kuke durante la pandemia, ese mundo que ella sintió durante un año como el escenario ineludible de la muerte.

 

Para ayudas sicológicas de urgencia, llamar al teléfono 09871 342 119 (Ágape Psicoanalítico Paraguayo)

Créditos:

Coordinación periodística: Arístides Ortiz Duarte

Comunicación e impacto en las redes: Paulina Gracia

Corrección de textos: Eduardo Arce

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