Cuando el ayoreo y el tagua eran felices

Por Arístides Ortiz Duarte

Berui Picanerai nos guía por una de las incontables picadas que se adentran al espeso monte protegido de su comunidad. Berui fue uno del último grupo de totobiegosodes no contactados que salió del bosque en el 2004, asediado por los ganaderos y sus topadoras. “Por aquí nosotros nos vamos para cazar…hay muchos animales, pero no como antes”, cuenta.

Foto: Diego Rivas

Entrada a la comunidad ayoreo Chaidi. Foto: Diego Rivas

 

Berui Picanerai. Foto: Diego Rivas.

Berui Picanerai. Foto: Diego Rivas.

¿Y aquí hay todavía taguas?, preguntamos.

-Sí…Hay todavía…cruzan la picada-, responde Berui, sonriendo.

Habíamos recorrido 450 kilómetros sobre la ruta Transchaco para llegar a la próspera Filadelfia de los menonitas. El día siguiente viajamos 120 kilómetros sobre terraplén para llegar a Chaidi, el monte de 25 mil hectáreas donde vive la comunidad de Berui.

-¿Qué significa Chaidi?, pregunto a Taguide Picanerai, nuestro guía y traductor ayoreo durante el viaje.

Foto: Mónica Rojas.

Foto: Mónica Omayra.

-“Lugar de los ancestros…, nos responde en su perfecto castellano. Entramos en el predio. Oculto detrás de los árboles se encuentra el rancherío donde nos esperaban los miembros de la comunidad.

Chaidi es uno de los tantos bloques boscosos producto de la fragmentación agresiva perpetrada en los últimos 15 años por la ganadería. Bloques de montes rodeados por extensísimas pasturas y millones de vacas que prodigan millones y millones de dólares a sus dueños con la venta de la carne y la leche. Protegido por ley, por varias organizaciones mediombientalistas y, sobre todo, por los miembros de la comunidad, la fauna y la flora de Chaidi son lo más parecido al paisaje natural chaqueño de hace unos 12.500 años. Este es el tiempo en que se formó –según los geólogos- el Gran Chaco Americano que compartimos con Argentina y Bolivia. Era entonces una llanura de bosques de vegetación dura donde, en algún momento, aparecieron el totobiegosode y el tagua para ser felices por mucho tiempo. Era “el lugar donde viven muchos chanchos”, que en lengua ayoreo significa “Totobiegosode”.

Entramos en Chaidi. Es como si cayeramos en un túnel del tiempo que lleva a 12.500 años atrás. Un pasado donde el ayoreo y el tagua vivirían libres y bien alimentados, sujetos a las leyes de la naturaleza.

Vista desde el Cerro León, parte del territorio ancestral de los ayoreo totobiegosode. Foto: E'a.

Vista desde el Cerro León, en el Parque Defensores del Chaco, parte del territorio ancestral de los ayoreo totobiegosode. Foto: E.R.

 

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El datua, la fruta de una especie de cactus del Chaco, es un alimento fundamental en la cultura ayoreo. Foto: Mónica Omayra.

La abundante miel

Se inicia el verano en nuestro imaginario viaje al Chaco de miles de años atrás. Si lo miráramos desde muy arriba, lo veríamos pintado de amarillo: es que las flores del algarrobo -diseminado por el espacio- explotan en esta época. Es como una acuarela amarilla. Miles de millones de abejas se lanzan a polinizar las flores del algarrobo. Los enjambres, voraces, chupan el néctar y van, urgidos, a sus colmenas a trabajar la miel. Al cabo de un tiempo, las abejas meleras terminan su trabajo y regalan a los animales e indígenas millones de litros de miel pura. “Los indígenas del Chaco nunca tuvieron falta de proteínas, simplemente porque esta región les ha dado toda las que necesitaban”, nos comenta Jorge Escobar, hornitólogo e investigador.

Pero si nuestro monte imaginario de 246 mil kilómetros cuadrados (la extensión actual de la planicie chaqueña) es un jolgorio de algarrobos y abejas meleras, las raíces y hojas de la vegetación que entonces aprovechaba el tagua eran incalculables. Estos chanchos silvestres herbívoros de prominentes cabezas, de años prehistóricos, de pelaje duro y erizado gozaban de una abundancia infinita de alimentos. Solo debían tomar, con sus fuertes hocicos, las raíces y las hojas de los arbustos y las plantas. A veces, las manadas de taguas se encontraban fortuitamente con manadas de tapires (el imponente y temible mborevi). El conflicto se resolvía a favor del segundo, con la estampida de los chanchos silvestres en cantidad inimaginable.

Con el paso del tiempo, no solo el ayoreo se aprovechó de la nutritiva carne del tagua: los ishir o chamacocos en la zona oriental próximos a los ríos Paraguay y Negro, los guaranies Ñandéva en el extremo occidental y los guaraníes occidentales (guarayos o chiriguanos) en la zona suroccidental también cazaban al tagua para su alimentación y recogían la miel hecha de la flor de algarrobo. La bióloga Nancy López nos cuenta que el tagua “es originario del Gran Chaco Americano, un territorio donde viven desde tiempos inmemoriales”. Si hoy hay con suerte menos de 500 taguas -en serio peligro de extinción por la deforestación y la caza masiva- en nuestro tiempo imaginario del pasado chaqueño los taguas eran incontables. Reinaban en este territorio al igual que los ayoreos.

Foto: Diego Rivas.

Foto: Diego Rivas.

 

Foto: Diego Rivas.

El samu’u, una postal del Chaco. Foto: Diego Rivas.

Una masa boscosa inmensa

Aquella llanura a un mismo tiempo seca y húmeda contenía multitud de árboles que hoy sobreviven, aunque agonizantes, al asedio ganadero del hombre occidental. Entre las especies dominantes estaban el quebracho blanco, el urundey, el lapacho, el curupay, el timbó, el guayacán, el palo santo, el coronillo, el ybyra pytâ, el samu’û, el guajaibi y el caranda’y. En millones y millones, estos árboles formaban la estructura del hábitat natural chaqueño, la gran casa donde los indígenas vivían con las demás especies de plantas, insectos, aves, mamíferos y microbios. Era aquello una diversidad biológica impresionante. Describiendo aquel paraíso natural del pasado, Escobar destaca que “el Chaco fue un refugio de incontables especies de mamíferos, aves e insectos”. Era un territorio rebosante de vida, “una masa boscosa de alrededor de 120 mil kilómetros cuadrados que contenía millones y millones de toneladas de dióxido de carbono, lo que contribuía al equilibrio climático del planeta”, agrega Miguel Lovera, ingeniero agrónomo y ecólogo.

El boom de la ganadería aumentó de manera vertiginosa la deforestación en el Chaco. Foto: Mónica Omayra.

El boom de la ganadería aumentó de manera vertiginosa la deforestación. Foto: Mónica Omayra.

 

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Taguide Picanerai nos muestra un desmonte reciente realizado por ganaderos, en las cercanías de Chaidi. Foto: Diego Rivas.

Hasta hace solo 40 años

De vuelta al presente, al asedio de la ganadería del hombre occidental, en el refugio llamado Chaidi, preguntamos a Taguide Picanerai hace cuánto se perdió ese paraíso natural que acabamos de describir. “Hace apenas 40 años todavía vivíamos en ese paraíso…era todavía el lugar donde vivían muchos chanchos…”, responde con nostalgia.

“La deforestación en el Chaco antes de 1980 se acometió a una escala subordinada a las fuerzas de la naturaleza”, recuerda Miguel Lovera. Ya estaban los menonitas, quienes llegaron en 1927; hacía tiempo que la empresa Carlos Casado explotaba los quebrachales. Pero los desmontes que estos realizaban eran “gotas en un mar de bosques”, concluye Lovera.

Por aquel año 97 vendrían las grandes topadoras de 8 cilindros y 600 caballos de fuerza, para la desgracia del ayoreo y del tagua. Las frías máquinas tumban millones de hectáreas de bosques para dar pastura a millones de cabezas de ganado vacuno.

 

 

 

 

Foto: Diego Rivas.

Chaidi. Foto: Diego Rivas.

 

Foto: Mónica Omayra.

Foto: Mónica Omayra.

 

Foto: Mónica Omayra.

Foto: Mónica Omayra.

 

Foto: Mónica Omayra.

Foto: Mónica Omayra.

 

Foto: Diego Rivas.

Foto: Diego Rivas.

 

Foto: Diego Rivas.

Chaidi. Foto: Diego Rivas.

Este trabajo fue posible gracias al apoyo de:

rosa de lux

 

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