Crónicas de una cerrista en tiempos de la cuarta

Siempre fui cerrista. Me imagino que es de lo más parecido a eso que dice la gente estudiosa que es parte de la construcción de identidad, casi como esa gente que es irracionalmente de un determinado partido político (de UN determinado partido político, sobre todo). Me imagino cerrista desde el inicio de los tiempos. De hecho, nacer en barrio obrero y no ser cerrista es como una cosa sin sentido.

Mi mamá es cerrista. Cuenta la leyenda que mi papá alguna vez fue de Cerro, pero su aversión al rojo-colorado, lo llevó a buscar un color que vaya más con sus ideas, así que se quedó con el azul-Sol-de-América. Y pensar que los colores del club del pueblo nacieron para tratar de unir el rojo y el azul, que en ese entonces estaban en grandes enconos (no como ahora, que están tan confabulados, que se le dice «pacto azulgrana», calificativo que indigna a una cerrista zurda que se precie, como yo).

Ser cerrista es casi como una confesión de fe, muchas veces creer sin haber visto. También creo que es un poco como ser de izquierda (en Paraguay). Sabés que no va a ganar tu candidato/a, aguantar el rosario de críticas pero seguir creyendo y seguir esperando. Alguna vez, cerro (¿como la izquierda?) nos dará grandes alegrías. De todas maneras, hay que decir, que hemos tenido grandes alegrías, pero seguimos esperando alegrías de jurisdicción ampliada.

En tiempos de la cuarta, según Melki, solo hay dos tipos de cerristas: las que dicen abiertamente que quieren que pierda olimpia y las que dicen lo «políticamente correcto», pero en su fuero interno, desean lo mismo que la primera clase de cerrista (que olimpia pierda). Yo me reservo mi propia clasificación. Sólo diré que veré el partido y sea cual sea el resultado, festejaré. Que un motivo para festejar, en estos tiempos, no es poca cosa.

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