Crónicas de un oyente de AM

El país que se escucha en la radio y el país que vemos en la calle.

Foto: Mónica Omayra

Estaba circulando por la Autopista Artigas, y antes de entrar a la colectora que da al Jardín Zoológico de la ciudad me vino a la mente la imagen de esos pobres viejitos abandonados en Clorinda, ciudad de un país vecino que se incendia. Me distraje tanto con la suerte de esos pobres ancianos que ahora sufrirán miserias en ese país incendiado, que en vez de entrar a la colectora subí al ramal de la autopista que lleva a las zonas residenciales de Puerto Fénix en la pujante y bella Lomá Pytá.

Entre las sombras de los edificios de oficina de millares de empresas radicadas en la zona, pensé para mis adentros: “Pobres viejos, abandonados a vivir a un país del tercer mundo, mientras nosotros acá estamos disfrutando de este 15 % de crecimiento” mientras retomaba la autopista con dirección a la Avenida Palma.

Nuevamente y esta vez por el aire acondicionado de mi lujoso pero barato auto nacional, me distraje y tomé el ramal de la autopista que cruza frente a la Plaza Ikuá Bolaños, lo que me hizo entender que debía alejar mi mente de ese país incendiado y concentrarme en los hermosos caminos de nuestra desarrollada ciudad, de intrincados puentes y laberintos de cemento producto de las múltiples autopistas que se cruzan para que nos lleven a destino.

Prendí la radio de mi vehículo, un excelente artículo nacional con sonido envolvente 5.1 y escuché a Luis Bareiro y Pablo Hercken quienes nuevamente me hicieron sentir mal por esas pobre personas que viven en Argentina y Venezuela, entre los pajaritos de Maduro y las locuras populistas de Cristina.

En eso miro por el espejo retrovisor y veo que mi hijo tenía un leve catarro, también consecuencia del fuerte aire acondicionado, así que me dirigí a una estación de servicios llené el tanque con el barato combustible Ecológico, y me dirigí a uno de los tantos hospitales nacionales que pueblan nuestra ciudad. Al llegar fui atendido rápidamente; escalera mecánica mediante, subí al 2do piso donde un médico atendió a mi hijo con todo el tiempo del mundo, recetando varios medicamentos que conseguí luego en forma gratuita en la planta baja del mismo edificio.

Con tantas vueltas, extravíos, y el tiempo que me llevó acudir al Hospital, olvidé buscar a mis otros dos hijos del Colegio Estatal donde están siendo preparados para ir a la mejor Universidad del mundo, la UNA. Por suerte pude comunicarme rápidamente con la asistente pedagoga del Colegio y le pedí que les comunique que luego del almuerzo que les dan en el cole vayan en transporte público hasta mi casa ya que no podría ir a buscarlos.

Le di instrucciones para que escojan el Micro debido a que es muy seguro y viene climatizado, en cambio con el subte tendrían que caminar varias cuadras desde la estación más próxima pudiendo distraerse con los grandes centros de entretenimientos que hay por el camino (Parques infantiles, Bibliotecas, Museos, Teatros, etc) haciendo que lleguen tarde y olviden ayudarme a terminar el proyecto científico que me dio la Universidad.

Ya en mi domicilio estacioné el vehículo en la calle, un policía que cuida la cuadra me dijo que lo observaría para mi mayor tranquilidad, ingresé, prendí todos los splits sin temor de las facturas a fin de mes ya que como somos un país tan desarrollado y con la represa más grande del mundo la energía eléctrica es casi gratuita, le di una pelota a mi hijo para que vaya a jugar con los amigos a la plaza del barrio, y me dispuse a dormir, cuando nuevamente me vino a la mente la imagen de esos pobres viejitos abandonados en ese país vecino que se incendia, y la falta de democracia y desarrollo de Venezuela.

Borré mi mente, pensé en lo bien que nos va, en el 15 % y cerré mis ojitos suspirando por la suerte de haber nacido acá.

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