Crónica de una herida abierta

Sale del avión postrado en una silla de ruedas. Viste un elegante sombrero Panamá. Muestra una mirada desorbitada de perseguido. Sí, es el tenebroso ex Ministro del Interior de Stroessner que vuelve al país. Con su vuelta, Montanaro reabrió profundas heridas de nuestra memoria reciente.

Morir en el Paraguay. Aproximadamente a las 3 de la madrugada del pasado viernes 1 de mayo, arriba al Aeropuerto Silvio Petirossi un avión comercial con línea procedente de Tegucigalpa, Honduras. Uno de los pasajeros es un octogenario que, acompañado de uno de sus hijos, tiene un tapa boca, el pelo blanco, la mirada paranoica, un elegante sombrero Panamá, y unas manos que no le dejan de temblar por el Mal de Parkinson. Realiza los trámites de rigor para ingresar al país. De pronto, un funcionario del aeropuerto lo reconoce. Sí… es nada menos que Sabino Augusto Montanaro, el ex poderoso y temible Ministro del Interior del ex dictador Alfredo Strossner. Cargo desde el que planificó y dirigió, de 1966 a 1989, el asesinato de centenares de opositores al régimen. Ahora vuelva a su tierra para morir en paz, al lado de sus víctimas, luego de lavarse la conciencia como prominente pastor evangélico de una secta en Honduras.

Manifestaciones de rabia y dolor. A la mañana de ese mismo día, Fabricio Armella, de 20 años, enviste embiste contra los cascos azules en frente del sanatorio privado «Adventista», donde fue internado Montanaro. En uno de esos choques recibe un certero golpe de cachiporra sobre el ojo izquierdo, del que salta un chorro de sangre. Militante político y social desde muy joven, Arnella nacía cuando el ex dictador, en 1989, era derrocado. Hijo del proceso político post Stroessner, sólo sabe por testimonios de terceros y por los libros lo que perpetró aquel régimen represivo durante 35 años. Nada tiene que ver con la «generación de la paz» formada por el Stronismo. Y se pregunta, con un trapo tapándose la herida, ¿cómo es posible que éste país haya soportado tanto tiempo una dictadura? Al rato, otro joven entusiasta, Martín Armoa, lo anima a seguir manifestándose.

Recuerdos de asesinatos y represión. Guillermina Kanonikoff es otra manifestante que grita con ira para que los huesos del ex ministro represor vayan a parar a la cárcel de Takumbú. En un momento de la protesta, Guillermina se aparta de la gente, y recuerda a su marido fallecido: Mario Schaer Prono. Recuerda cuando la policía stronista atropelló con disparos una casa en el barrio «Herrera», allá por 1976. Ve defenderse con pistola en mano a Juan Carlos Da Costa, líder de la Organización Política Militar (OPM), quien luego cae bajo la ráfaga de balas. Ahora llora, porque memora la imagen de un cura que los entrega, ingenuamente, a la policía, y la de su marido, siendo torturado hasta morir. Y vuelve con rabia a la manifestación. Otro que manifiesta su indignación contra el temible ex ministro, ya frente al Policlínico donde fue trasladado Montanaro, es Derlis Villagra, militante del Partido Comunista, cuyo padre despareció bajo las botas del ex dictador.

«¡Que haya mil Montanaros en este país!». Clara Beatriz Alvarenga grita en medio de los manifestantes: «!Que haya mil Montanaros en este país!». Está sola. Y porta un cartel de aliento para el octogenario. En sus fueros internos tal vez piense: «Qué lo que tanto…si la mayoría del pueblo apoyo a Stroessner… cómo pio un gobierno va a mantenerse durante 35 años si no tiene apoyo». La actitud de Clara Beatriz lleva a una pregunta: además del miedo a la violencia ejercida por cualquier poder, ¿no se concede poder al que gobierna un país por conveniencias económicas, de seguridad o por profundos vínculos culturales? Finalmente, sin justificar al poder, el autoritarismo parece seguir siendo un defecto cultural de este país.

Militante stronista hasta las últimas consecuencias. Montanaro y los demás miembros del «Cuatrinomio de Oro» atracaron la Convención del Partido Colorado en agosto de 1987 e impusieron en la presidencia del partido al ex ministro del interior. Radiaron así del poder a los colorados tradicionalistas. Este es el inicio del blanqueo político de un amplio sector de la dirigencia colorada teñida hasta hoy de “demócrata” Una dirigencia blanqueada que, desde 1954 hasta 1987, legitimó los excesos del ex dictador, como lo hizo Montanaro. Sólo que éste y su sector no leyeron que la suerte del dictador estaba sellada, dentro y fuera del país. Así, los «demócratas» colorados gobernaron hasta el 20 de abril de 2008.

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