Crisis mundial y nacional: causas y soluciones diferentes

La crisis nacional no es consecuencia de la “crisis financiera externa”; por ende, tienen soluciones distintas.

I. Crisis en el mercado globalizado

La crisis del mundo globalizado

La crisis mundial. Imagen: Portalpandemonio.blogspot.com

En economía, la crisis se entiende como la rotura del equilibrio entre la oferta y la demanda y el sistema financiero que la respalda. Tal situación que tiene sitiadas la finanza y la economía mundial, con sus consecuencias de riesgos de cesación de pagos, alta desocupación y recesión con inflación al mismo tiempo, es denominada “estanflación”, de su equivalente inglés “Stagflation” (marcado estancamiento de la economía con alta tasa de inflación).

El ejemplo más anunciado hoy es la crisis financiera de los Estados Unidos, la primera potencia capitalista del mundo y su extensión en Europa y países Asiáticos, todos acreedores y tenedores de “bonos” del Estado norteamericano. Curiosamente, la propia China Continental es una de sus mayores acreedores. Pero no se debe creer que esta situación muy particular podrá ahondar la crisis interna de USA más allá de su juego electoral interno. Ningún país, sea del primer mundo, el mundo emergente o de países del denominado “tercer mundo”, pretende la caída del imperio del Norte. Sí debe entenderse que hoy el capitalismo es global, estando también constituido por la potencia asiática comunista, con su estilo político autoritario, que sí lo practica, pero integrando la globalización capitalista.

Una pregunta curiosa: ¿Estados Unidos realmente es la representación de una “economía de mercado” o del mercado, que como negocio superó fronteras y sistemas nacionales al denominarse “mercado global”, en el que todos venden y compran? Aún no existe un texto sobre “mercado en una economía global”. Hay que señalar este hecho para despejar confusiones irracionales, como esa dialéctica que pretende que con la caída “del imperialismo yanqui” los pueblos oprimidos por el coloniaje tendrán  redención en la justicia. Con frases no se escribe la historia y mucho menos se combate el hambre. Las mismas sólo sirven para agitaciones, confrontaciones, pero en la fantasía de lo irreal. Los pueblos se liberan con políticas nacionales serias de sus Estados.

En síntesis, de un análisis objetivo de esta crisis, como de tantas otras, sólo podemos sacar una conclusión: no es nuestra crisis; es la crisis de las grandes potencias, y a ese nivel se tratan y  resuelven manejando un esquema muy simple, donde nadie quiere perder y todos quieren ganar. Sólo que ya no podrá haber ganadores unilaterales sino compromisos globales. Para nosotros, la crisis es un perverso modelo estructurado en tradicionales privilegios, en una ineficiente burocracia que impide tener políticas de Estado y actos de buen gobierno, más el agravante de la corrupción y el agravio diario a las buenas costumbres, dicho en forma más simple, la moral.

II. La crisis mundial tradicional

Desde todos los tiempos, el duelo estuvo y está entre la paz y la guerra, la confrontación y la cooperación, la tolerancia y la intolerancia, la libertad y el absolutismo –y sus distintos estilos represivos–, entre la civilización con cultura y rostro humano y la civilización como instrumento de poder y dominación.

Las naciones enfrentan el pluralismo de tantas crisis con el único instrumento idóneo: el derecho internacional público, formado por tratados, convenios, tribunales internacionales jurisdiccionales o de simple arbitraje conciliador. Todos los enunciados persiguen la paz entre los pueblos y la justicia y la libertad para las personas, para  que la dignidad y la dignificación sea un beneficio de justicia y seguridad social para todos. Éste es el gran desafío de la civilización.

Lo destacable: las naciones y los pueblos están aprendiendo a vivir y convivir en las divergencias. Es un gran logro cultural que se debe seguir profundizando para preservar la paz en el mundo y el bienestar de los pueblos. La historia tiene sentido con el protagonismo de todos en condiciones de igualdad, no sólo virtual, sino real. Así, un mundo sin hambrientos será el mundo de la paz en cada realidad concreta. Será la gran conquista en la nueva teoría económica sin imperios dominantes.

Una diferencia a subrayar: la crisis tradicional se resuelve con el derecho; la crisis de la pobreza, con la justicia.

III. La crisis nacional

El poder externo destruyó nuestro tradicional desarrollo con soberanía, lamentablemente invocando una legalidad constitucional que se nos fue impuesta  por los ejércitos de ocupación de la Guerra de la “Triple Alianza”, con un componente interno como operador de la mutilación de nuestra geografía.

Ahí comienza, además, el drama de la tierra que, de capital de bienestar del pueblo y soporte material de nuestra soberanía, pasa a constituirse en feudos de grandes latifundistas. En esta encrucijada, sobrevivió la tradición agrícola de las huertas alimentarias y de pequeñas rentas.

Las vicisitudes políticas, la Guerra del Chaco y las guerras civiles rompen esa noble tradición nacional que nace y se desarrolla durante los gobiernos patrios a partir de 1811. Hoy, con la agricultura mecanizada de alta productividad y bajos costos, se dejó sin capacidad de competir en el mercado a nuestros pequeños emprendimientos agrícolas de subsistencias. La tierra mecanizada tiene una alta cotización en el mercado inmobiliario, sólo al alcance del capitalismo  mecanizado. Ésta es la gran deuda pendiente del Estado y los Gobiernos con el país. Y asumiendo la situación, también la responsabilidad es de toda la sociedad.

Las políticas de partidos y colores se alejan cada día más de las demandas de la realidad, constituyéndose en un factor negativo para la estabilidad nacional, tema que deberá superarse pensando que ya es tiempo de reunificarnos en una estrategia de soluciones nacionales y no en pactos electorales de parcialidades sectarias.

Necesitamos institucionalizar una democracia en el poder moral de la libertad y la justicia. Es decir: al principio de igualdad de todos ante la ley debemos completarlo estructuralmente con la realización de la igualdad ante el acceso al disfrute de la riqueza. Tal es el principio ético para legalizar una economía de equidad social, sin monopolios excluyentes. Nuestra crisis no es consecuencia de la “crisis financiera externa”. Su causa directa se materializa en la incapacidad interna, donde debe residir el único poder para tener una democracia gobernada y gobernante.

Nota: Ricardo Franco Lanceta, doctor en derecho y economía, es el presidente del Instituto de Estudios Tesis Nacional.

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