“Creo que derecha e izquierda son fetiches conceptuales que muchas veces impiden articular amplias mayorías heterogéneas para el cambio”

Qué se entiende por derecha e izquierda en Paraguay. Cómo definir a la oligarquía y su expresión en nuestro país. Cómo construir un proyecto político mayor que supere el orden actual de pobreza y debilidad institucional. Estas y varias otras interrogantes son abordadas y pensadas en esta entrevista por el sociólogo y filósofo José Duarte Penayo.

Por Aristídes Ortiz Duarte

En este provocador diálogo, Duarte Penayo (35) explica que el indiscutido control de los estados sobre sus sociedades en todo el mundo para enfrentar la pandemia, “…nunca fue algo ajeno al orden liberal, sino más bien su fundamento mismo”, el que se expresa -agrega Penayo- en las diferentes figuras del estado de excepción previstas en las constituciones de los países con democracias liberales.

El sociólogo afirma que las categorías de “derecha” e “izquierda”, en sus sentidos ideológicos, no han sido ni son relevantes en el proceso político paraguayo porque “…la política real, la disputa por el poder, no se juega en torno a ellas…”. Su afirmación se sostiene en un sistema mundo capitalista que reina en el planeta y que vuelve completamente falsa aquella dicotomía, al punto  que “derecha”, “izquierda”, “comunismo” o “conservador” son, en la práctica, solo matices y formas distintos de gestionar el bienestar y la seguridad de las personas desde los estados, dentro de los límites del capitalismo. “…la cuestión no es ser de izquierda, derecha o de centro, creo que el desafío es otro: la posibilidad o no de un proyecto político que construya lo público, que defienda nuestros recursos naturales, que proteja socialmente a nuestra población en sus aspiraciones concretas…”, dice Duarte Penayo.

Nuestro entrevistado define a la Oligarquía no como una clase social, sino como “un sistema de dominación con una base social restringida” que no permite la ampliación de esa base para beneficios sociales, económicos y políticos. “…La oligarquía sería uno de los tantos nombres del ‘ellos’ frente al que hay que conformar un ‘nosotros’ de aspiraciones más universales, en el marco de una concepción agonista -de combate- de la política”, describe, a la vez que advierte del error de leer a la oligarquía como “una suerte de bloque homogéneo del mal”, porque ésta vive en su interior tensiones, contradicciones y conflictos que deben ser leídos y aprovechados con inteligencia política.

Sostiene que, en Paraguay, cualquier proyecto político mayor que pretenda superar al de la Oligarquía, no puede ignorar “no solo a las masas del Partido Colorado, sino también a las del Partido liberal Radical Auténtico (porque) son los espacios con mayor capacidad de interpelación popular, movilización y arraigo territorial” con los que se puede construir contrahegemonía. Y señala que tanto historiadores como sociólogos y politólogos, deben ponerse a investigar y estudiar más la cultura política oligárquica para que se la entienda.

José Duarte Penayo es licenciado en sociología por la Universidad de Buenos Aires; licenciado en filosofía por la Universidad Paris 4-Sorbonne; magister en filosofía contemporánea por la Universidad Paris 1-Pantheón, y actualmente se encuentra terminando el doctorado en filosofía en la Universidad Paris IV-Sorbonne.

La pandemia hizo que los estados del mundo rebasaran todos los límites de las democracias liberales y tomaran el control total de sus poblaciones, sean gobernados por izquierdas, derechas o centros. Hubo un consenso global para ese control estatal ¿Cómo explicas este acontecimiento?

Hay que decir que, en el liberalismo, como en cualquier otra tradición política, conviven diferentes perspectivas. Éstas obedecen a problemas concretos que en cada momento se tuvo que afrontar. No es lo mismo el liberalismo de John Stuart Mill, el de Thomas Hill Green, que el de Milton Friedman o el de Hayek, por poner algunos nombres, básicamente porque sus sociedades y sus épocas no son las mismas. No conviene simplificar el liberalismo, olvidando sus matices y las disputas en torno a sus significados, tal como se hace frecuentemente. Dicho esto, la posibilidad de suspender garantías y derechos individuales está prevista en la mayoría de las constituciones de la denominada democracia liberal, bajo las diferentes figuras que tiene el estado de excepción. Esto nunca fue algo ajeno al orden liberal, sino más bien su fundamento mismo.

El sociólogo y filósofo José Duarte Penayo.

Por otra parte, nuestras denominadas democracias liberales contienen, como una de las tradiciones que la componen, al republicanismo, que tensiona de manera permanente el valor absoluto del individuo, reivindicando la primacía del bien común, de la comunidad, como condición necesaria para cualquier forma de vida cívica. Esta cohabitación de tradiciones que se parecen pero que no son lo mismo, democracia, liberalismo y republicanismo, permite que en determinados momentos uno de los términos prime sobre los demás. Así, hay toda una discursividad que provee al liberalismo de argumentos para adoptar una perspectiva más republicana, donde por ejemplo la comunidad haga valer sus exigencias frente a la de sus miembros particulares. Sin embargo, que no haya contradicción doctrinaria en todo esto, no significa que no existan contradicciones sociales bajo la idea misma de una primacía de la comunidad respecto del individuo, como podemos ver en la manera fuertemente desigual, generadora de nuevos privilegios y conflictos con las que se vive la restricción de las libertades individuales.

En Paraguay, ante el aplastante control estatal, se pudo sentir el silencio de los críticos del Estado interventor en detrimento de las libertades individuales y del mercado, y, por otro lado, la satisfacción de los que defienden la fuerte presencia del Estado. Sectores políticos y sociales que siempre fueron detractores del subsidio estatal, como los empresarios y los grandes medios de comunicación, hoy lo piden casi desesperadamente ¿Que paso aquí?

Hay una idea que me parece errónea -y que ya fue criticada antes por muchos teóricos de las ciencias sociales-  que postula que el neoliberalismo significa que el Estado no interviene en el mercado. Esto es falso, el Estado es siempre un gran garante en la organización de relaciones sociales, laborales, económicas, por medio de códigos, leyes, prácticas, estrategias de inserción en el mundo. Su rol arbitral es permanente, al menos mientras sobreviva como forma institucional. Foucault, hacia el final de su vida, explicaba el neoliberalismo no como el final del gobierno, sino como el inicio de una nueva “gubernamentalidad”, o lo que hoy quizás llaman “gobernanza”.

Más allá de que sea cierto que el mundo globalizado no se organiza únicamente en base al Estado-Nación, negar su persistencia parece a estas alturas imposible. El Estado conserva, así, un rasgo trascendental, lo que en filosofía significa que es la condición de posibilidad de otras cosas. Sigue siendo el fundamento de las actividades que se dan en el seno de la sociedad civil y es la instancia a la que ésta acudirá en momentos de crisis. Detrás de la idea de que el Estado no interviene en el neoliberalismo -idea que sostiene ingenuamente cierto sentido común progresista- solo subyace la ilusión de que la sociedad civil pueda funcionar de manera espontánea, autorregulando sus conflictos, sin el sostén ni el apoyo de la ley o la fuerza de la espada. Lo que sucede ahora es que surgen nuevos problemas y nuevas demandas determinadas por la excepcionalidad de la pandemia. Así que no se trata del paso de la no intervención al de la intervención, sino que lo que se está viendo es otra cara de la intervención, todavía abierta en lo que podría cristalizar.

Yendo al punto central de la pregunta, lo que pasó fue que, justamente, el mercado demostró sus falencias para ser un asignador autosuficiente de recursos. La actividad productiva se frenó y no sabemos cuándo se reestablecerá el dinamismo que tenía en el pasado. En este contexto, el relato del emprendedurismo y la meritocracia no paran de darse golpes ante la realidad, sonando cada vez más ridículos. Hay situaciones en las que, sencillamente, no basta con la voluntad, la creatividad o el genio de agentes individuales. El esfuerzo y el sacrificio necesitan condiciones colectivas de realización y lo que se pide es que el Estado las favorezca y las garantice.

En el marco del sistema-mundo capitalista, en el que todos vivimos hoy, incluyendo los estados que se denominan “comunistas” como China o Cuba, ¿Se tiene que ser de izquierdas para, por ejemplo, reivindicar la equidad tributaria a través del aumento de impuestos a los más ricos, o ¿Se tiene que ser de derecha o conservador para defender la cantidad de funcionarios públicos que hoy tiene el Estado paraguayo?

La pandemia puso en el centro de la discusión una cuestión que en la filosofía política se viene pensando desde el siglo XX a partir de diferentes autores y que para cierta ciencia política es algo de orden simplemente “pre-político”. Me refiero a la vida, en su sentido más amplio, a su gestión y a los saberes que involucra, así como a las potencialidades que la vida misma contiene, tal como propone una biopolítica más afirmativa o emancipatoria. La vida es una instancia donde confluyen naturaleza, cultura, técnica, tradición e historia, sin gran posibilidad de delimitarlas unas respecto de otras. En ese sentido, la centralidad de la vida, o el peligro inminente de la muerte, que deja de manifiesto la pandemia, desdibuja aún más la relevancia de categorías políticas como izquierda, centro o derecha.

Creo que ese debe ser el punto de partida para no sorprendernos tanto cuando es el Financial Times y no el diario Gramma quien propone impuestos más progresivos y anuncia la necesidad de transformaciones estructurales. La alternativa a un Estado con mayor capacidad de cuidar y reproducir la vida no es tanto hoy una etiqueta política particular -derecha o izquierda- sino más bien un determinado ethos, un tipo de subjetividad emergente, el consumidor activo de teorías del complot, las diversas formas de negacionismos que circulan sobre los tiempos que vivimos, desde las antenas 5G hasta la idea simple y llana de que el coronavirus no existe. Estas ideas en absoluto son patrimonio de personas que podríamos agrupar en la extrema derecha, también gozan de buena salud en personas que provienen de una tradición de izquierda y que siempre se ha representado el poder y el capitalismo como una junta que se reúne periódicamente para ejercer de manera concertada la maldad.

Finalmente, la pregunta fundamental no es si hay que despedir funcionarios públicos, contratar más personal estatal, aumentar o disminuir los impuestos, todas estas cuestiones son problemas subordinados de la gran cuestión. Ésta es, por un lado, cómo el Estado está preparado para hacer frente a las demandas de protección de la vida que la realidad le impone. Y, de manera inseparable a esto, ¿cómo se va distribuir socialmente los costos de la crisis, teniendo en cuenta los crecientes niveles de endeudamiento que están asumiendo todos los países del mundo?

En este país vivimos una evidente cultura prebendaria, clientelar y de latrocinio de lo público, que va más allá del Partido Colorado y el PLRA y que envuelve a toda la sociedad, incluyendo a empresarios y partidos políticos no tradicionales ¿Qué implica tener posiciones políticas de izquierda, conservador o liberal dentro de esta cultura?

Yo creo que la derecha y la izquierda son fetiches (cultos, constructos mentales) conceptuales, que impiden muchas veces pensar lo propio de la política, es decir, la necesidad de articular amplias mayorías, muchas veces heterogéneas con el fin de generar el cambio, de construir bloques de poder capaces de gobernar y establecer un orden político.

No creo que el clivaje que ha caracterizado nuestros procesos políticos en los últimos años y en el pasado responda a esta dicotomía. La política real, la disputa por el poder, no se juega en torno a ellas. Es más, quienes en Paraguay están interesados por la pureza doctrinaria que los certificaría como de izquierda o de derecha, son pequeñas sectas identitarias que militan para sus nichos prestablecidos. Parece hasta un juego de epejos, entre enemigos íntimos, que polemizan para sus respectivas feligresías. En Paraguay, la preocupación por la pureza doctrinaria, la coherencia programática, es propia de quienes piensan la política sin ninguna posibilidad de incidir en ella. Se encuentran absolutamente alejados de cualquier arraigo territorial, no tienen capacidad alguna de provocar efectos electorales, ni mucho menos representar a las grandes demandas populares. Por eso, es frecuente ver en las redes sociales discusiones que luego en las contiendas electorales no tienen ninguna relevancia, porque no son verdaderas intervenciones políticas, sino simples formas de distinción social, propias de un reducido sector. Considero que, en Paraguay, la cuestión no es ser de izquierda, derecha o de centro, creo que el desafío es otro: la posibilidad o no de un proyecto político que construya lo público, que defienda nuestros recursos naturales, que proteja socialmente a nuestra población en sus aspiraciones concretas. Para pensar en la posibilidad de un proyecto como ese, no me parecen importantes las etiquetas políticas, sino mucho más relevante la movilización del imaginario y la memoria que contienen las diferentes tradiciones políticas nacionales y que conectan con amplios sectores de nuestra sociedad. En los diferentes partidos tradicionales, así como en determinadas fuerzas de izquierda, existen elementos para pensar en una nueva idea de nación, de Estado y de sociedad que supere a las actuales ideas.

También hay evidentes grupos económicos que ejercen poder político con sus empresas, sus medios de comunicación y su dinero. Bastará con citarte a los grupos Cartes, Zuccolillo y Vierci. ¿Qué relación de poder tienen estos grupos con la comúnmente denominada “clase política”? ¿En qué se entienden y en qué no se entienden?

Últimamente se ha criticado en Paraguay el uso de la categoría “clase política” en algunos espacios académicos y medios de comunicación, y uno de los argumentos que retuve, por su total inconsistencia, es que a diferencia de las clases sociales propiamente dichas, entre los políticos no existe homogeneidad ni nada que por sí mismo los unifique.

Ese argumento no tiene en cuenta que lo mismo podría regir para las clases sociales, salvo que tengamos una visión simplificada del marxismo, en la que solo hay dos bloques homogéneos que se afrontan en una lucha final por el fin de los tiempos. Las clases sociales, al igual que el sistema de partidos, o los movimientos sociales, están atravesadas por tensiones, conflictos e intereses que no siempre armonizan. La política empieza justamente cuando dejamos de creer que hay una representación inmediata de determinados intereses socioeconómicos, que los mismos se expresan sin mediación ni ambigüedad. La política empieza cuando asumimos su núcleo ineludible:  negociación, pacto, acuerdos, y sobre todo capacidad de ganar y gobernar.

Dicho eso, yo no creo en la idea de que los grandes medios de comunicación sean un bloque homogéneo en el que únicamente se exprese el interés de sus propietarios, ni mucho menos que sean únicamente instancias de manipulación. Es importante la palabra “únicamente” porque no estoy afirmando que en los medios no se expresen intereses económicos de los dueños, sino que lo que afirmo es que además hay otras cosas con las que la política puede articular diferente. También en los medios hay disputas internas, latentes o abiertas, diferencias, tensiones, que hay que saber leerlas y explotarla políticamente en un sentido u otro. Ver en los medios una simple instancia de manipulación es una postura condescendiente, que subestima la perspectiva del actor social y que tiene una idea pobre de lo que es el mensaje mismo, de la incertidumbre que hay en la recepción de un signo o una idea, de las apropiaciones incontrolables que pueden tener las líneas editoriales. Claro que hay intereses económicos fuertes en los medios de comunicación, el problema es creer que puede no haberlos, cuando lo que debemos pensar es como lidiar con ellos de manera eficaz.

En definitiva, cualquier proyecto político que busque realizar cambios estructurales no debe considerar a los grandes grupos económicos como una suerte de bloque homogéneo del mal, sino tener la suficiente capacidad para saber leer sus intereses divergentes, de tal modo a articular otro bloque más favorable a las grandes demandas sociales existentes. De eso trata, finalmente, como pensaba Gramsci, construir hegemonía.

La categoría de Oligarquía, ¿Es aplicable, o no, a Paraguay como un ejercicio de gubernamentalidad real?

Creo que la noción de oligarquía puede tener una definición descriptiva y otra más estratégica. Respecto a lo primera, me gusta lo que dice el sociólogo e historiador Waldo Analsi, que más que una clase social, la oligarquía es un sistema de dominación con rasgos estructurales precisos, uno de los cuales es el de tener una base social restringida, incapaz de ensancharse e incorporar sectores más amplios a un determinado bloque de poder.

Respecto a la segunda definición, a su uso más político, trabajada por Laclau, Mouffe y otros teóricos del populismo, la categoría de oligarquía funciona como uno de los significantes posibles de aquello que niega al proceso de construcción del sujeto popular. Acá oligarquía no es una categoría solamente conceptual, sino aquello contra lo que hay que instituir un espacio de inscripción de identidades que están fuera de la dominación oligárquica. La oligarquía sería uno de los tantos nombres del “ellos” frente al que hay que conformar un “nosotros” de aspiraciones más universales, en el marco de una concepción agonista de la política. Así, los momentos políticos emergen cuando se logra conformar un bloque contra-hegemónico capaz de romper con los modos restrictivos de la dominación, incorporando amplios sectores.

Considerando estos elementos, surgen interrogantes que la historiografía, la sociología política o la ciencia política podría comenzar a indagar con más fuerza: ¿Es nuestra historia una simple sucesión de pactos oligárquicos? Si es así, ¿Cuáles son las continuidades y rupturas entre las mismas? ¿En qué momentos de nuestra historia las bases sociales de dominación fueron más estrechas o restringidas? ¿En qué momentos se dieron amplios procesos de incorporación de sectores que antes estaban excluidos del espacio público? La categoría oligarquía exige responder estas preguntas, abandonado una historia maniquea donde más que procesos políticos complejos se narran muchas veces simples justas o duelos entre buenos y malos.

Finalmente, sobre el uso más político de la oligarquía y su expresión en Paraguay, yo creo que no puede haber construcción de un orden contrahegemónico que se oponga y supere a la oligarquía, ignorando no solo a las masas del Partido Colorado, sino también a las del Partido liberal. Creo que ahí está el punto de partida de cualquier disputa política seria, dado que son los espacios con mayor capacidad de interpelación popular, movilización y arraigo territorial. Cualquier disputa política debe tener indefectiblemente su punto de partida en los partidos tradicionales, salvo que apelemos a sujetos políticos imaginarios o reivindiquemos de manera nostálgica algún tipo de foquismo pseudo vanguardista.

Más allá de todos los partidos políticos existentes ¿Cómo se puede abordar un cambio político que supere la pobreza y la debilidad institucional del país?

En los últimos 15 años en Paraguay se dio un descenso importante de los niveles de pobreza y pobreza extrema, así como la conformación de una clase media antes inexistente, según las estadísticas oficiales. Ese proceso no debe ser desconocido, sino profundizado en sus fortalezas y superado en sus límites, de tal modo a superar los altos niveles de desigualdad que persisten. El periodo 2003/2008 llevó adelante un desendeudamiento del país sin el cual ningún gobierno siguiente hubiera podido emitir bonos soberanos ni tomar deuda para seguir ejecutando obras públicas. Sin embargo, la política de endeudamiento no puede ser el único camino para el desarrollo, no porque endeudarse sea algo malo en sí mismo, sino que nuestro sistema tributario difícilmente puede tener capacidad de pago a futuro. En los niveles de sustentabilidad de la deuda se juega una cuestión que no es meramente técnica, sino que es estrictamente política: la deuda de 2.600 millones de dólares que contrajo el Estado para afrontar las consecuencias de la pandemia, y los 350 millones que podría contraer para la reactivación económica ¿Qué sectores contribuirán más en el futuro para hacer frente a los vencimientos y pagos? Ese problema será el centro de una verdadera disputa política.

Para afrontar estos problemas, no creo en recetas mágicas, pero sí en un horizonte político provisto de determinadas ideas-fuerzas como camino para construir una sociedad con más inclusión, donde se ponga en primer lugar la vida de nuestra población, su salud, su educación, su empleo, sus aspiraciones, sus familias.

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