Coronavirus o de cómo sembrar el pánico ante la caída del sistema capitalista

Por Carlos Verón de Astrada

Aparentemente estamos asistiendo a la crisis terminal del sistema capitalista que vino dando saltos desde el siglo XIX, en lo que se conoce en la jerga académica formal como ciclos económicos, de depresión y auge. Hasta ahora (o hasta antes del desastre presente) ese sistema capitalista tuvo la gran capacidad, valga reconocer, de salir de las depresiones recurriendo al Estado. Era la necesidad de olvidarse del discurso del famoso laissez faire o el “libre mercado” para recurrir a aquella entidad a la que normalmente desdeña: el Estado.

Entonces toda la sociedad a través del Estado, tenía que hacerse cargo de la recuperación del sistema para seguir andando. Pero esa sucesión de crisis cíclicas, no eran sino capítulos de un proceso de caída que por lo visto, iba conduciendo a una crisis que llegaría a ser insostenible.

La emblemática depresión del 29 del siglo pasado demostró fehacientemente que el automático equilibrio proclamado por la economía clásica era un mito. Entonces apareció Keynes y el capital tuvo que reconocer que la economía requería de una intervención reguladora del Estado para poder sostenerse. Después tuvimos otros bajones: en la década de los 70, de los 80, 2008 etc.

Antes de la del 2008, a la luz de Keynes, se levantó el consumo levantando la demanda efectiva a través del Estado con inversiones públicas. El mercado mundial entró en un proceso de saturación y la economía real fue ralentizándose bajando progresivamente la tasa de ganancia. El capital del ámbito de la economía real se fue desplazando de una forma cada vez más desenfrenada hacia el negocio financiero. Había una creciente masa de recursos en papeles, que cada vez tenía un menor correlato en la economía real. Los bancos concedieron créditos a deudores sin capacidad de pago y la cadena de pagos se cortó abruptamente. Y a diferencia de la crisis anteriores, los bancos centrales, llámese Reserva Federal o Banco Central Europeo, en lugar de inyectar recursos al consumo, se orientó a la banca privada. Para la Reserva Federal norteamericana, eso significó simplemente imprimir más billetes. Obviamente esa crisis del 2008 en esas condiciones, no tendría sostenibilidad por mucho tiempo. Y aquí estamos, en una crisis que parece que no tiene retorno.

Esta desmesurada financiarización probablemente sea la estación terminal de la historia del capitalismo.

Avanzó de forma desmesurada la carrera tecnológica buscando incrementar la productividad para preservar la tasa de ganancia, pero no hubo por lo visto  una correspondencia en el consumo. Entonces los Bancos Centrales echaron mano a lo que en el ámbito académico económico se da en llamar “flexibilización cuantitativa”; esto es una baja progresiva de las tasas de interés con la intención de dar liquidez al sistema e impulsar el consumo. Esto tampoco resultó, y lo que es más grave, puso a la banca privada mundial en una situación muy poco feliz.

Como decíamos al principio, el proceso de caída del sistema capitalista tuvo varios capítulos expresados en crisis cíclicas superadas. Pero probablemente estemos asistiendo a un punto tal que sea muy difícil de revertir. La grave retracción del mercado mundial nos está conduciendo a una re- feudalización del mundo. Las fronteras de los Estados se cierran, los gobiernos de esos estados ordenan a sus ciudadanos a recluirse en sus casas (cosa que en nuestro país sólo puede una minoría), siguiendo un guion de cerramiento que antes ya estaba en curso: cerramientos en

Europa para migrantes de medio oriente y el norte de África, expulsados por la miseria y la guerra. Y los altisonantes discursos del presidente norteamericano, Donald Trump, sobre la construcción de un muro inexpugnable en la frontera con México.

Desde esta perspectiva, se puede pensar que la élites mundiales ya habrían hecho proyecciones que ilustrarían este inquietante escenario. Al asumir entonces que desde hace dos años o más, este proceso recesivo venía desarrollándose, aparece el fantasma de la pandemia del coronavirus.

Quiero aclarar antes que al arribar a la hipótesis me tiren con piedras que, es sensato, tomar los recaudos sanitarios para prevenirnos de la afección que ocasiona el virus. Pero me atrevería a decir que hay una desproporción entre el clima de pánico y el riesgo sanitario per-se. Creo que me acerco mucho a coincidir con Daniel Estulín cuando dice que la pandemia es una excusa de la catastrófica caída de la economía en el mundo.

Y en eso tienen mucho que ver los medios. Como dice Alfredo Jalife, siguiendo a muchos pensadores de la historia, desde Platón con su mito de la caverna hasta el presente, una cosa es la percepción de la realidad, y otra, la realidad.

Desde esta idea de la excusa de Estulín, no cabe la menor duda de que las corporaciones mediáticas del mundo son el actor fundamental. Al abrir los medios de prensa de todo el mundo y de todos los pelajes en el tablero mundial, hay una coincidencia en atizar el fuego del pánico en el mundo.

Pero dos cosas creo habría que tener en cuenta: parece que hay consenso de que el coronavirus cuya historia se inicia ya a principios del presente milenio de varias formas: h1 f1, ébola, etc y ahora covid-19, es un producto de laboratorio. A partir de ahí se tejen muchas hipótesis: desde las Mathusianas, pasando por una conspiración de EEUU contra China y negocios de laboratorios y muchas otras. Pero más allá de cual sea la hipótesis más sólida, lo que sí cabe asumir, es que el o los que crearon el virus, deben estar en condiciones de producir el antídoto.

El otro punto es que, hasta ahora la tasa de mortalidad a nivel mundial del coronavirus es baja, y si se compara con otras pestes en la historia del mundo, el índice de afección también es baja.

Los que conocen mucho más que yo el tema sanitario, establecen una relación bastante directa entre el sistema inmunológico y la afección. Tanto que la mayor parte de fallecimientos se da en personas de avanzada edad y en otras que sin ser de avanzada edad, tienen sus organismos en situación de vulnerabilidad por afecciones anteriores.

Dicho en términos fáciles y simples, la gente se infecta, pero un porcentaje bajo de infectados fallece. Todos los años hay fallecidos por neumonía en el mundo, fallecidos vulnerables.

Esto da para mucho más, y da para gastar mucha tinta. Pero sin perjuicio de ahondar en el tema, por ahora (y bien vale decir por ahora sobre todo si uno se mueve en una lógica dialéctica), por ahora, me acercaría a decir que el desmesurado pánico es un montaje ante la caída estrepitosa de un sistema económico.

Es natural que en un país tan paupérrimo, de una economía tan endeble por dependiente, con una flaca comunidad científica y con poco ejercicio cívico, caiga en una gran confusión ante las consecuencias de este desmoronamiento sistémico en un escenario con perspectivas muy inquietantes,  para el cual no estamos preparados.

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