Construcción del Estado Nacional

Por Juan Andrés Cardozo.En el Paraguay el absolutismo posmonárquico, el patrimonialismo y el Estado liberal tradicional marcaron profundamente su derrotero histórico a lo largo de dos siglos de vida independiente.

Construcción del Estado Nacional

Para el autor de este artículo, es un Estado democrático moderno con justicia y libertad el que debe construirse a partir de la racionalidad. Esta conmemoración del Bicentenario es propicia para reflexionar sobre la necesidad de la constitución definitiva de un Estado responsable con su cometido histórico.

La construcción de un “Estado racional” es una prioridad política que nos impone el presente. La apropiación subjetiva del Estado por el gobierno carece de porvenir. Pues la viabilidad de un país no depende sólo de la institucionalidad monopólica del poder legítimo (M. Weber), sino radicalmente de su estructuración según las proposiciones lógicas y representativas de la modernidad.

El Estado racional supone la superación de las formas anacrónicas de organización del poder: las absolutistas providencialistas, las autoritarias patrimonialistas, y las no aún institucionalizadas y articuladas en calidad de democracia republicana.

Tres modelos nefastos

En el Paraguay impregnan todavía estas tres formas desfasadas de poder estatal. Empezamos con Francia, que continuó con el absolutismo posmonárquico, pese a la descolonización del Estado y al destierro del providencialismo. Pero siguió con la concentración del poder, arquetípicamente paternalista.

El absolutismo se prolongó con los López. Y con una regresión hacia el poder patrimonialista, que la Ilustración republicana lo estigmatizó como el “antiguo régimen”. La consecuencia no fue sólo la apropiación personalista y familiar del Estado y de los bienes del país, sino también la identificación con la “patria” misma.

El “Estado liberal” trató de organizar lo público y la burocracia administrativa, y estableció un orden jurídico constitucional centrado en la seguridad de la propiedad privada. Temporalmente, con Eligio Ayala, avanzó hacia una relativa concepción de equidad social.

Luego, tras el fracaso de la “revolución de febrero” y del pensamiento socialista de Anselmo Jover Peralta, se entronizó el período militarista. Con la imposición fascista, volvimos al patrimonialismo, que adoptó de facto las modalidades del Estado autoritario, incluso las de un régimen “sultanístico”. Ese legado sobrevive, aún con la alternancia. La institucionalidad republicana y la inclusión pluralista se postergan bajo la sombra  de un providencialismo inficionado del discurso populista.

La modernidad, partiendo del “espíritu de la ley” de Montesquieu, consagra la separación e independencia de los poderes del Estado. Supera la patológica confrontación binaria de la política, que Karl Schmitt define como amigo/ enemigo. ¿Esa oposición es ideológica en nuestro proceso? En el nivel del poder no alcanza a identificarse, pues la aparente diferencia entre conservadores y populistas carece de fundamentos ideopolíticos. El populismo, de acuerdo con Francisco Beffort, alude al pueblo sólo para ahondar la pobreza desde la discrecionalidad del poder. O para evitar que la ciudadanía devenga soberana, tal como señala Jacques Rancière. Ni la civilización ni las virtudes de la ética y la estética de la urbanidad deben iluminar los afanes.A esa función se dedica el Estado prerepublicano, precario hasta su propia enajenación.

Movimiento y transformación social

No se construye el Estado racional sin edificar la estructura dialéctica de un país en movimiento y transformación. Pero si no pensamos y reinventamos la política, no construiremos esa institucionalidad capaz de competir y prosperar en el plexo de una autonomía que se autorreferencia mediante la realización del conjunto de la sociedad con arreglo a sus propios fines.

Para el efecto, hay que pensar desde el espacio del poder acerca de su intraespecificidad, de su necesaria autoconfiguración histórica, para ser también un actor social con dominio de sí mismo, representatividad legítima y burocracia eficiente. Y, en tal virtud, intercambiar con el mundo, incorporando todo cuanto conviene a su desarrollo y contribuyendo al orden internacional. Nuestro atraso es de este modo producto de la ausencia de ese pensar.

Es que el conocimiento objetiviza la acción. La emplea para sus estrategias de verdad consensuada, de utilidad intersubjetiva, al decir de Kart-Otto Apel. Así el Estado democrático no  será concebido solamente como la organización legítima del poder, sino fundamentalmente como función socializadora de la justicia, la libertad y del derecho de todos al disfrute del bienestar.

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