Confrontación a campo desnudo

El desplazamineto del Partido Colorado abrió un telón que tapaba con argucias el saqueo de las tierras en nuestro país por tanto tiempo. Las elecciones de abril permiten mostrar el Estado latifundista y oligárquico. Las fuerzas organizadas del campo traen consigo su historia de resistencia y algunas deshojan margaritas con el gobierno de Fernando Lugo. La confrontación a campo desnudo es el camino correcto.

A sus 76 años, Rita Lombardo evoca con precisión cada vocablo. Algo tiene la cultura oral que no deja lugar a los rodeos. «Yma jaguereko yvy, vaka, ryguasu ha kure. Ha jañe’e guaraníme», nos cuenta sin apuros, en una conversación informal, donde le preguntamos cómo se siente, qué recuerda, qué le parece cómo estamos viviendo en estos tiempos. Este discurso del pasado, en los últimos años, es cada vez más recurrente en ella. En su memoria sus hijos corren por prados, zanjas, montes, comen sandías, mangos, cocos, maní y maíz por caminos de la escuelita y de las chacras. Rita sabe escribir su nombre y algo de números que aprendió por el oficio de vender verduras a los «patrones» de la ciudad por 20 años.

Algunos de sus hijos pudieron ir a la escuela, aunque no todos entendieron ese castellano extraño con que enseñaban las maestras. Habitaban, a 17 kilómetros de Asunción, tierras sin alambradas, irrigadas por arroyos y pozos de agua térmica.

Hoy, el mundo de Rita y su gente ha cambiado. Los lotecitos 12×30 de Inmobiliaria del Este han cubierto los barrancos y los campos abiertos. Las zanjas fueron cerradas con basura traída de la ciudad. Desaparecieron los arroyos, las tierras sin alambradas, la siembra y la cosecha de frutas, verduras y granos.

Rita aún mantiene un estrecho gallinero y ha plantado algo de mandioca y poroto manteca.
En su boca, la diferencia entre ese tiempo y el actual adquiere un sentido inapelable: «Ko’ãga katu ndajaguerekói mba’eve, ha ñanemotise la gente jañe’ero guaraníme».

En los últimos 30 años, las zonas aledañas de Asunción recibieron millones de personas que salieron desahuciadas de otros campos y se apostaron en los lotecitos de largas e interminables cuotas o se hacinaron en villas miseria.

Dos nietos de Rita ya conocieron la cárcel por delitos de pobreza. Rita siente, con justa razón, que su mundo ha cambiado, y desde su centro, su existencia, intenta una resistencia de fondo: «Mba’ére janegáta ñande idioma ha ñande reko». Es casi un soliloquio de cenizas como su pelo. Una mirada desde muy adentro que no espera respuestas.

Rita no se pierde los noticieros de televisión en estos días de graves conflictos en el campo. El 30 de octubre vio y escuchó cómo unos 850 campesinos derrumbaban las alambradas del «productor» brasilero Tranquilo Favero, a 10 kilómetros de Capiibary, departamento de San Pedro. También se enteró del centenar de detenidos en Cedrales, Capiibary, Minga Pora… de campesinos que ocupaban tierras o estaban a punto de hacerlo.

–¿Mba’e la ojehúa upepe?, pregunta o se pregunta. Y se pone en disposición de escuchar sin apuros una explicación. Era un domingo de discurrir sosegado como la mirada de Rita. Mal día para intentar respuestas.

A Rita no le presentaron al Favero latifundista, parte de la política extensión fronteriza de la «revolución verde» en los 60, una de los tantos planes de expansión del capitalismo «brasileño» con acuerdo y complicidad del gobierno dictatorial de Alfredo Stroessner. Nada le explicaron de los 24 millones de litros de venenos roundup que al año en este país se usan para matar todo y dejar crecer la soja. Ni de las criaturas que se deforman ya en el feto por causa de contaminación placentaria que produce el glifosato. De la contaminación de los arroyos y el peligro inminente de otras muertes por fumigación denunciados por la gente, lograba distinguir vagamente exiguos, inconexos y confusos paneos de televisión y enmarañadas interferencias radiales.

A Rita la invitamos a ver un documental sobre el monocultivo de la soja dirigido por la compañera Mariela González. Es un material que narra cómo se extiende la producción transgénica y cómo las organizaciones campesinas resisten. Allí escuchó a Tomás Zayas, de Asagrapa, decir: «Lo que nosotros comprendimos, sincera y fundamentalmente, es que la cuestión de la tierra no es de campesinos, sino un problema nacional. Y como tal debe encararse por el conjunto de las organizaciones rurales y urbanas. La reforma agraria es impostergable…»

Augusto Solís

Augusto Solís, 20 años, es hijo único de una trabajadora, madre soltera de las tantas «kuña paraguái». En Villa Aurelia, un popular barrio asunceno, ha cuidado de él siempre como «mi bebé». Augusto nunca supo de dónde venía la comida; la mandioca, la harina, el maíz, la batata, la carne, las verduras que su madre sí o sí ofrendaba en la mesa. Cree, como dicen los medios comerciales, que el productor es Favero, y el agresor de tierras, el campesino. Él, ahora, acude a los foros de la Fundación Libertad, dirigida por el senador Alfredo Jaeggli, latifundista, un club que cuenta –aparte de subsidio estatal– entre su plantel de intelectuales a Alberto Vargas Peña, de aquellos que dicen que los campesinos no progresan porque son haraganes. Homólogo en ese discurso de Luis G. Benítez, el que «educara» en historia a varias generaciones con sus libros obligatorios. El decía, impunemente, que somos haraganes porque provenimos de los indígenas guaraníes.

Con mucho ímpetu, y luego de ir a varios talleres de Quantum, Augusto Solís, con carrera técnica en Administración de Empresas, cree que lo que piensa del mundo es particular, una originalísima exposición de un punto de vista único. En el discurrir de su vida urbana, donde el éxito se vende como pan caliente en las vidrieras de los Shopping y en los manuales de Carnegie (entre el desamparo y la ansiedad), ha llegado a la misma conclusión de Enrique Vargas Peña y de Luis G. Benítez: «Los campesinos están en contra del progreso».

Ya ha retirado el manual de la Fundación Libertad donde se explica el «plan de infiltración ideológica» del socialismo del siglo XXI, encabezada por Hugo Chávez, una de las tantas píldoras con que la derecha en nuestro país, a través de todos sus medios, intenta encubrir sus intereses latifundistas en la disputa por la tierra.

El mensaje del poder

El mensaje del poder, sin embargo, no logra consolidar una opinión definida en Rita. No le cierra mucho eso de que los campesinos son agresores de la propiedad y que los otros, «los productores», son simples víctimas de atropello. Escucha, confusamente, hablar a algunos dirigentes campesinos en guaraní diciendo que sus tierras están en peligro y que sus vidas están en peligro. Algo no le cierra a Rita. Algo en el discurso de los campesinos le recuerda a su pasado y a su presente. No puede explicarse bien, le han enredado mucho el mensaje. Hay demasiado entramado para la confusión.

Al igual que Rita existen millones de paraguayos que ya no se sienten representados en el orden latifundista y su expresión en el Parlamento, en el Poder Judicial, en sus escuelas ni en su universidad ni en las misiones que se establecen para las fuerzas públicas en nuestro país. Y hay miles más que no pueden explicarse cómo la Fiscalía y las fuerzas policiales pronto acuden en socorro de los productores de soja, con garrotes, balines de goma y acero, en Alto Paraná, en San Pedro y Canindeyú, y tímidamente, sin embargo, «emplazan» por incumplimiento de las leyes medioambientales a los que secan la tierra, matan los árboles, los arroyos y contaminan la vida humana.

Nuestros muertos

En nuestro país, en la lucha por la tierra, ya mataron a más de 80 dirigentes campesinos desde 1989 a esta parte, según registro de «Informe Chokokue», editado por la Coordinadora de Derechos Humanos del Paraguay (Codehupy). Hay miles de imputados. Ahora mismo, se abarrotan las cárceles de luchadores presos y no existe un solo empresario imputado por contaminar la vida, el arroyo y exterminar los campos.

El desplazamiento

El desplazamiento del Partido Colorado del poder abrió un tapón gigantesco que ayuda a sacar del pozo temas realmente urgentes, entre los que se encuentran, sin remilgos, la miseria y la degradación medioambientales que genera el modelo de producción agro exportador.

El entramado jurídico político, sin embargo, está lejos de representar esas profundas realidades y de reivindicar sincera y programáticamente la transformación. El insustancial cambio que «todos» dicen querer no va en dirección de las transformaciones reales.

Con el actual orden institucional, como ya lo señaláramos antes desde este medio, es imposible plantearse cambios profundos como la reforma agraria. Esos cambios reales chocan con, entre otros, los intereses del Partido Liberal Radical Auténtico, el principal partido de la alianza de gobierno, con Fernando Lugo a la cabeza.

El PLRA es uno de los partidos que participó del pacto de gobernabilidad (1994), mecanismo por el cual se repartieron los cargos de la justicia paraguaya. Los otros caciques (colorados, oviedistas, patriaqueridistas…), desde el Parlamento no permitirán un cambio profundo en las reglas de juego, porque finalmente representan el modelo económico que somete a este país en la postración. Son muchos de ellos latifundistas, sueñan como latifundistas y se expresan como señores feudales.

En las condiciones actuales, el entramado político parlamentario solo pretende destituir a ministros de la Corte y nombrar a otros, por reparto. El presidente del PLRA, Gustavo Cardozo, lo ha dicho hace unos 15 días. Transformar la Corte, para el PLRA, es cambiar hombres a través de juicio político y quedarse con el sistema. No maneja este partido ni remotamente la posibilidad de convocar a una Asamblea Constituyente para cambiar el actual ordenamiento jurídico, entre otros temas. Mucho menos el Partido Colorado, cuya dirigencia está muy cómoda con el tejido institucional.

Orden institucional

El gobierno de Fernando Lugo es apenas una ventanita que nos permite discutir temas gruesos, sin el cerco tan asfixiante del orden stronista que ya sabía todos los trucos para jugar con nuestros tiempos y nuestras necesidades.

El orden institucional seguirá intacto por mucho tiempo. Por lo menos hasta que las fuerzas sociales que representan los intereses de esas grandes mayorías comprendan la necesidad de unir una propuesta colectiva superadora de esa realidad. En este sentido, la Federación Nacional Campesina y el Frente Patriótico Popular, plantean la convocatoria a una Asamblea Constituyente. Una asamblea nacional que ubique un nuevo mecanismo de selección de jueces y fiscales y que destrabe, principalmente, el artículo constitucional que obliga una ley especial para cada expropiación, entre otros temas.

Son los escenarios futuros, inapelables, en que la confrontación de las fuerzas organizadas campesinas con los terratenientes será a campo abierto.

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