Concierto en el golpe

Cuento basado en los hechos reales ocurridos en el golpe del 4 de mayo de 1954 y el concierto de Carlos Lara Bareiro en el teatro municipal de Asunción, en medio de la balacera de aquella noche que llevaría a Stroessner al poder.

Ilustración: Juan de Dios Valdez.

Ilustración: Juan de Dios Valdez.

Sentado en el sillón, sorbe pensativo su primer mate. De pronto sale de sus pensamientos y sentencia secamente: “Kóa nda hakúi”. “Koagaite mi general”, responde presuroso el suboficial que parado, casi firme, ceba la infusión amarga. Vuelve a sus cavilaciones mientras se toca suavemente con la yema del dedo pulgar ese bigote que no puede disimular los labios demasiado gruesos. Son las cinco de la mañana de un lunes en el Comando en Jefe de las Fuerzas Armadas y Alfredo Stroessner imagina cómo moverá sus piezas en el complicado tablero militar de ese día.

Ese caballero vestido en tapado negro que camina sobre la Calle Palma se llama Carlos Lara Bareiro. De tez morena, de cejas pobladas, con aire de niño, va camino al Teatro Municipal de Asunción. Tararea una melodía de un tal Claude Debussy, una melancólica, parecida a la guarania. Carlos Lara está contento: hoy dará uno de sus periódicos conciertos al frente de la Asociación de Músicos del Paraguay. Mira su reloj: las 20:15. Suspira de emoción ante la inminencia de sentir el calor del público desde las butacas y los palcos del Municipal. Lo siente como la adrenalina que le atropellaba el corazón cuando se acercaba al mar, allá en Rio de Janeiro.

La pieza que movió ayer el teniente coronel Néstor Ferreira, comandante de la Caballería, le reveló la estrategia del presidente Federico Chávez para mantenerse en el poder: él será la próxima víctima del jefe de Estado en su afán de controlar completamente a las fuerzas armadas. Luego de enterarse que Ferreira destituyó al Mayor Virgilio Candia, comandante del Tercer Regimiento de Caballería, y a un grupo de oficiales, todos leales a él, acudió al despacho del presidente a reclamar el hecho. Al salir de la entrevista en Palacio su cabeza le dibujaba, claro como el agua, las movidas precisas y la estrategia que seguiría. A este tren de conspiración que él manejaba subió  Epifanio Méndez Fleitas. “Tiene mi apoyo, general. Usted haga lo suyo. Yo haré lo mío”, le dijo con tono amable que sin embargo no dejaba de ser imperativo. Stroessner atravesó con astucia y fortuna aquel tembladeral político y militar que vivió el país entre 1947 y 1951, lapso en el que se sucedieron, con golpes y contragolpes,  seis presidentes. Fue un cuidadoso escalador de montañas: pisaba en el exacto lugar donde estaba la mano amiga de algún caudillo colorado para sostenerse y seguir ascendiendo hasta llegar a la Comandancia en Jefe. Conocía bien a los políticos. Más adelante se arreglaría con Méndez Fleitas, se dijo, y le agradeció el apoyo.

Un desvencijado tranvía lo obligó a subir a la acera. Alguien saca la cabeza de una ventanilla y le grita: “Maeestro…aháta ro hendu teatro-pe agaite”. El joven compositor y director de orquesta lo saluda con un ademán y una sonrisa. Mientras sigue tatareando -esta vez la guarania Mburikao- imagina su proyecto musical para el país. Tiene demasiados planes que por momentos lo abruman, pero los cumplirá, está seguro. Si el arte, reflexiona, fuera ante todo estética, forma, la música sería superior a las demás expresiones por las infinitas posibilidades de perfección que le dan la melodía y el ritmo de la vida.  Él quiere construir ese orden. Ese que es polifónico, donde cada sonido, cada instrumento, es tan importante como la batuta. De golpe sale de su reflexión al ver los orificios de una balacera en la pared de un edificio dejados por las ametralladoras del 47. “¿Será cierto piko ese rumor de golpe del que me habló Sila Godoy?”, se pregunta.

No leyó a ZunTzu ni a Maquiavelo, pero su instinto de poder es tan certero como la ciencia.  El teniente coronel Ferreira peca de la seguridad de estar al frente del arma con mayor poder de fuego –la caballería-. No espera que alguien contradiga ese poder. Activará entonces el factor sorpresa. También será necesario traerlo a su territorio, a Ferreira, aquí en su despacho de la Comandancia en jefe. Hará lo mismo con Chávez. El jefe militar de rasgos germánicos y de conocida parquedad conoce el miedo pero aprendió a dosificarlo, incluso a convertirlo en aliado, en los combates de la guerra del Chaco y en la Revolución del 47, cuando sofocó con severidad, por orden del presidente Morínigo, la sublevación militar en el sur del país. Quiere ese poder para imponer sus ideas, su orden, como el del cuartel, para que la sociedad funcione y progrese.

Carlos Lara Bareiro deja atrás su temor a las asonadas militares, frescas aún en la memoria colectiva por la reciente guerra fratricida, y siente el frío de mayo en la cara mientras camina con alegría debajo de la pálida luz amarilla de los alumbrados públicos. Agradece los años de formación académica en la Escuela Nacional de Música de la Universidad de Rio de Janeiro. Aquellos rigurosos ocho años le sirvieron para valorar aún más a los compositores paraguayos. Ama a Agustín Barrios. Idolatra a Emiliano R. Fernández. En un extraño acercamiento de polos aparentemente opuestos, las composiciones del guarambareño y de Mangoré se encontraron como radicales expresiones estéticas de lo erudito y lo popular. Ambos llegaron a la belleza, pero por caminos distintos. Meditaba en esto cuando, ya cerca del Teatro,  el ruido del bar Odeón lo sacó de su ensimismamiento. Ve a los burócratas colorados conversando en sus mesas con el codo empinado mientras toman un trago o un café. De ese gentío saltó un saludo a gritos. “Maestro, mis felicitaciones de siempre…agâite añembojáta upérupi”, le dice Roberto L. Pettit, entonces Jefe de Policía. Lara agradece. Adelante ve el gentío formando fila a la entrada del Teatro.

El Rubio –tal su sobre nombre en la vida militar- golpeó como el rayo. Ferreira se presentó ante él para resolver el problema de mandos. En ese instante lo mando apresar y lo depositó en un calabozo. Informado del movimiento de tropas, el presidente Chávez, temeroso por su vida,  se refugió en la Escuela Militar. “Apréselo y espere mis instrucciones”, ordenó al general Marcial Samaniego, director de la escuela. Neutralizados sus principales adversarios, Stroessner ordenó que los efectivos del Batallón 40 atacaran la sede de la Comandancia de la Policía, el otro bastión del presidente, con todas las armas y hombres disponibles. Un raudal de camiones con efectivos militares partió hacia el centro de la ciudad.

La sala del Teatro Municipal esta repleta de un público que espera ansioso se abra el telón. Cuándo las manecillas del reloj de la Catedral marcaron las 21:00, se abrió el trapo. Carlos Lara Bareiro saluda sonriente al público. Gira sobre sus talones. Mira unos segundos a la orquesta  y levanta las manos con la batuta.

Los camiones llegan a las inmediaciones de la sede de la Comandancia de la Policía, sobre las calles Palma y Chile.Descienden largas columnas de hombres armados. Las fuerzas de asalto se dirigen al edificio policial para arrestar al doctor Roberto L. Pettit.

El director de orquesta mueve la cabeza al compás de la batuta con los ojos cerrados, extasiado por la armonía genial de Mozart. El sonido lastimero del violín, que él tan bien conoce, resalta en la composición. Carlos Lara Bareiro baja la batuta y estalla el largo aplauso del público.  Pero aquella fría y silenciosa noche de mayo estaba a punto de ser acribillada por incontables balas de fusiles y ametralladoras.

Centenares de soldados y oficiales del Batallón 40 avanzan desde el Puerto con fusil y bayoneta calados sobre la avenida Paraguayo Independiente. Otras decenas bajan por la calle Nuestra Señora también hacia la Paraguayo Independiente, formando un dispositivo en tenaza en torno a la Comandancia de la Policía.

Se producen los primeros disparos y muertos cuando una columna asalta la entrada de la comandancia ubicada sobre la calle Presidente Franco, entre Chile y Nuestra Señora de la Asunción.

Levanta otra vez la batuta, ve el grave rostro de Beethoven y la orquesta comienza a ejecutar la Sinfonía número tres heroica. Un silbido que no es de ningún instrumento cruza la sala. Algunos se percatan, aterrados, de la bala que rompió aquella armonía incrustándose en la pared. La orquesta sigue el movimiento de aquel palillo que va subiendo la intensidad y el ritmo de la música. Ahora se escuchan lejanos el breve catarreo de una ametralladora y el  estruendo sofocado de una granada. La sinfonía, alegre y briosa, comienza a cobrar vigor como el cuerpo del director. Carlos Lara Bareiro dibuja en el aire esa aceleración musical que tiene como fondo el ya nítido traqueteo de las ametralladoras pesadas y las explosiones de las bombas. La batuta y todo el cuerpo del director ahora se mueven frenéticos, como sacudidos por una fuerza volcánica. El público, despavorido, comienza a meterse debajo de las butacas. Alguien le grita desde el piso: “¡Maeestro, bájese de ahí por favor…!”. Soldados con fusiles ingresan a la sala y recorren, amenazantes, los pasillos, y los miembros de la orquesta, ya desesperados, que no se permiten dejar de ejecutar sus instrumentos para avisar al director que salga de su trance y detenga la batuta, porque no pueden desobedecer la orden del arte, de Carlos Lara Bareiro, cuyo cuerpo y alma parecen haber sido definitivamente poseídos por el espíritu de Beethoven.

 

 

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