Comentario sobre los karia’y ho’uva hapicha ro’o


Cierto pasaje de una crónica de conquista escrita por un español que llegó con Juan de Salazar, allá por 1537, descubierta por Félix de Azara, narra la voracidad homosexual de un Karaiva (shamán) kario.  Dice la crónica que aquel jefe espiritual y guerrero guaraní disfrutaba sin pudor cristiano de sus tres jóvenes amantes. Sin miedo a los ojos ajenos, el Karaiva sometía con furor, ante los escandalizados ojos de los curas españoles, a sus tres efebos. El dato, hoy extraviado ya con seguridad en el Archivo Nacional, es revelador: había homosexuales entre nuestros ypyku’era, o sea había el “Karia’y ho’u’a hapicha ro’o”.

Otro caso, pero en el mediterráneo, es el contado en el libro Memorias de Adriano, de Marguerite Youcenar. El emperador romano Adriano era un genial político, y también un exquisito amante de hombres. Adriano amó hasta la locura a Antinoo, un bello mozalbete griego de la época. Como los karios guaraníes, los romanos de los tiempos de Adriano aún no habían sido devorados por la moral judeo-cristiana, de manera que sus ciudadanos vivían una disipada vida homosexual.

Dos culturas poderosas, la guaraní y la romana, con sus respectivas morales, toleraban en su ceno las diferencias sexuales, tal cuenta la oralidad guaraní y la escritura romana.

Casos de personas con prácticas homosexuales en la era judeo-cristiana también hay, infinitos. Sabemos que esta cultura (nuestra, en parte) inventó recursos  poderosos de represión y persecución al Otro sexual. Las otras culturas también, pero tal vez menos severas e intolerantes. Justo es reconocer que el capitalismo apocalíptico les ayudó a liberase, pero al costo de la soledad, la pobreza y la mercantilización del cuerpo. En este país colonizado llamado Paraguay, como el poder está barnizado con los valores occidentales y criollos, los homosexuales, y también las lesbianas, son rechazados/das, discriminados. En el fondo, la realidad que viven es negada por las grandes mayorías sociales, y por el Poder.

Y de que no son nada populares los homosexuales lo demuestra mi madre, Ña Mercedes. Ella, con la autenticidad de la cultura y la historia de este lugar del mundo, ha rogado a Dios que no abandone a sus cinco hijos a dos vicios: el latrocinio y la homosexualidad, pero sobre todo al gusto de coger por atrás. “Do cosante ndaipota’i oiko nde hegui che memby: puto ha mondaha”. La cultura suena en mi cabeza, como en la mayoría absoluta de los varones y mujeres de este país. Debo decir que, en mi caso por lo menos, Dios escuchó a mi madre; sin embargo confieso que mis relaciones con las mujeres son, aunque deliciosas, tan extrañas, cómicas y sufrientes, que tal vez  hubiera tenido menos problemas siendo homosexual. En fin, nadie sabe su destino.

Dentro de este ruido de “Queremos mamá y papá” y leyes de paridad matrimonial, quiero expresar cosas que sugerí en los anteriores párrafos.

El placer carnal entre varones y entre mujeres siempre estuvo en la naturaleza y la cultura de nuestra especie. Cada cultura produce mecanismos y recursos para tolerar las diferencias, al Otro diferente y escaso. Nosotros también vamos, creo yo, creando esos recursos, de a poco. Pero es bueno reconocer la potencia y la realidad de la cultura. En este asunto de tolerar al Otro se debe actuar con valentía, pero también desde la honesta contradicción y hasta de la incoherencia: pocos son los heterosexuales que no sienten algún grado de rechazo ante el Otro sexual. De  mi parte, digo que ellos existen, que tienen derecho a Poder Ser como son, y que me voy a la próxima marcha del orgullo gay.

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