“Cérdula”

Las persianas de los negocios anunciaban estruendosamente el cierre de la jornada laboral del sábado. La plaza Uruguaya empezaba a recibir cierto caudal de personas en virtud de la siesta que se iba consolidando.

Fuente de Imagen: www.skyscrapercity.com

Por un lado, en un banco, un hombre leyendo un libro. Por el otro, tres jóvenes vestidos impecablemente se incorporaban al gentío, viéndose vigorosos y llenos de fuerza. Eran tres policías, listos para el inicio de su faena, que aparentemente iniciaban su turno. Uno de ellos se desprendió del grupo y se dirigió a nosotros. En lugar de “cérdula”, nos planteó si seríamos tan amables de por favor compartir con él nuestros documentos de identidad para un control. Su español tenía la misma corrección que el planchado de su camisa y pantalón.

“¿Ustedes tienen un número fijo de cédulas para controlar todos los días, verdad?”, le pregunté para domar la rabia típica de esos momentos, convenciéndome que fueron las contradicciones estructurales de la sociedad las que obligaron a este hijo de obrero o campesino seguir la carrera policial.

“¡40!” Nos respondió, a la vez que la central de comunicación le confirmaba nuestra presunta inocencia.

Luego de un par de comentarios sobre “nacionalidad paraguaya o extranjera” y “tiempo de radicación en el país”, agradeció el breve intercambio y se dirigió a la interpelación de otros ciudadanos que, con toda probabilidad, eran tan inocentes como nosotros.

Extraña forma de promover el turismo en la capital pensé, pero me dirigí a mi pareja intentando razonar en línea con la tolerancia que se merece el ser humano que encarna al policía explotado, sub-pagado y desprendido de derechos como cualquier otro vecino o vecina de clase. No por placer se ponen a controlar a 40 personas por día, ellos reciben órdenes que cumplir, intenté reflexionar empáticamente. Ella, más firme y menos romántica que yo en sus convicciones democráticas, me remató rápidamente recordando que controlan por portación de cara y no por motivos de vigilancia técnica, además de perpetuar una práctica que termina por formar, en el día a día, el aparato de intolerancia y sutil violencia que sostiene a los regímenes represivos. Tras el profesionalismo y la amabilidad del joven policía sonriente, sigue rugiendo el mismo volcán de sangre de la dictadura militar paraguaya. Concluyó con su mirada de “mirate al espejo” y volvió a su libro.

Yo, que andaba recorriendo por ahí con una remera con eslogan de “campesinos la revolución da tierra” y pañoleta en la cabeza, me despabilé. Volví la mirada hacia el joven lector para ver si no recuperaba algo de mi anhelo de seguir creyendo. Estaba ahí, sentado en el banco con tereré, leyendo sólo pero en voz medio alta el libro “La masacre de Curuguaty, Golpe sicario en el Paraguay”.

La simbología del episodio no podía estar más clara. Dos habitantes momentáneos de la plaza, el policía y el lector, encarnaban y enfrentaban subrepticiamente las prácticas antiguas del aparato – perfeccionadas con adornos cosméticos – con las prácticas individuales, solitarias y críticas.

Ahí estábamos en la plaza, a días del 21 de abril, fecha que podrá inclinar la balanza hacia lo que representa – bastante literalmente – el policía. Y sin embargo había en la escena algo de esperanza, a pesar de las sombras que se ciernen. Porque no sólo el policía ejercita prácticas cotidianas. Y cuando las prácticas encarnadas por el joven lector – que no actúa por órdenes – dejen de ser solitarias, también se volverá imposible reprimir nuevamente la emergencia de una libertad justa en este país.

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