Casabianca es una flecha lanzada al futuro

Por Julio Benegas. Su cuerpo conoció el encierro, la tortura y el amedrentamiento permanente. Conoció la fatiga, el cansancio y la desilusión como cualquiera de nosotros, pero lidió con ellos con sus ideas de valor, de esperanza y de emancipación. Y hasta unos días antes de su partida, estuvo con la gente en la calle, acompañando sus demandas y recreando esperanzas en un país atrapado por una oligarquía ruin, abyecta y vende patria.

Hombre de una generación que vivió el destierro y la persecución luego de la Guerra Civil de 1947. Parte de una dirigencia arrinconada en las cárceles, en la desaparición, en tanto un régimen se consolidaba sobre la base del miedo y el destierro. Compañero de Carmen Soler, nuestra más grande poeta, culta y popular.

Compañero de luchas en el campo y la ciudad por mejores días para este país tan lejos del mar y tan cerca de sus verdugos.

A sus 88 años, ha muerto un comunista en serio, mástil y bandera. Templado, de humor insalvable, una sonrisa amable y la verba militante.

Un día redactando un comunicado, otro día levantando el megáfono, otro distribuyendo Adelante, Luis Casabianca es de esa gente que ha entendido que, en un país como el nuestro, no hay tiempo para esperar reconocimiento.

Así murió, unos días después de solidarizarse y demandar a un mundo ido, distante, sordo, el calvario de los trabajadores de la Línea 49.

Luis es de esa gente que pone en duda la muerte para dar sentido a la vida. Luis es una flecha lanzada al futuro.

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