Cartes, el vendedor

«En los casi tres meses en ejercicio de la Presidencia, y lo hace como empresario puro y duro, Horacio Cartes ninguna decisión ha tomado a favor de la población con mayores dificultades para sobrevivir, la cual supera los dos millones de paraguayos y, en cambio, todo su arsenal de medidas está al servicio de los más pudientes, reforzando el respaldo del Estado al parasitario sector de la agricultura transgénica de exportación, exonerada de impuestos». (Opinión)

A ritmo acelerado Horacio Cartes lleva adelante medidas impopulares. Foto: contrainjerencia.com.

La línea más gruesa del programa gubernamental de Horacio Cartes fue convertida en ley este lunes 4 de noviembre, al promulgar la ley de Alianza Público-Privada (APP), un par de días después de ser aprobada por el sumiso Parlamento que, fingiendo autismo, acumula el desprecio de la ciudadanía más movilizada que, de diferentes maneras, manifiesta el presentimiento de que se avecinan tiempos difíciles para el pueblo paraguayo.

Con acelerado ritmo, desconocido en los movimientos políticos del país, y dejando pensar a mucha gente, incluso entre sus seguidores, que ese apuro obedecería a la necesidad de anticiparse a la ira de la población frente a tantas medidas impopulares, suma decisiones que confirman su slogan de “Nuevo Rumbo para Paraguay” y, sin importarle decepcionar las mejores esperanzas de bienestar para el pueblo, favorece a la oligarquía vernácula en la que ha ido escalando posiciones, tributario de las corporaciones de la mafia política y financiera transnacional.

El texto de la APP, que en ningún párrafo estipula claramente el porcentaje de participación del Estado en esa sociedad, representa pura y simplemente una plataforma de privatización de las empresas “públicas”, las cuales nuclean a 300.000 asalariados entre una población activa de unos dos millones, aproximación que impone la falta de un censo serio y actualizado. Cartes replica a Carlos Menem y a Alberto Fujimori con veinte años de atraso.

En los casi tres meses en ejercicio de la Presidencia, y lo hace como empresario puro y duro, ninguna decisión ha tomado a favor de la población con mayores dificultades para sobrevivir, la cual supera los dos millones de paraguayos y, en cambio, todo su arsenal de medidas está al servicio de los más pudientes, reforzando el respaldo del Estado al parasitario sector de la agricultura transgénica de exportación, exonerada de impuestos.

Con mucho despliegue de cámaras de televisión, encabezó días atrás una distribución de alimentos y semillas en un poblado campesino, lanzando un plan de combate al hambre con inversión de siete millones de dólares, confundiendo sin ingenuidad limosna con solución, demagogia que pretende suplantar con caridad la entrega de tierra que reclaman los labriegos en todo el país.

Inmensas fortunas acumulan los terratenientes ganaderos, contribuyendo al aumento del Producto Interno Bruto, muy ventado por los medios comerciales de prensa que celebran por anticipado guarismos de 13 a 14 por ciento este año, sin que ello vuelque un mínimo al desarrollo social que permita paliar a los hospitales vaciados de medicamentos e instrumental, al Ministerio de Educación sin recursos, a las 200 mil familias campesinas  convertidas en parias y a la población originaria forzada a la prostitución y al alcoholismo.

Ignorando ese mapa, Cartes ofrece a Paraguay como a una mujer “linda y fácil”, tal su torpe y reciente declaración en Montevideo ante decenas de empresarios, entre quienes se habría dividido el aplauso al mal gusto y el rechazo por la mediocridad cultural.

En ese mismo momento, las fuerzas conjuntas policía-ejército arrasaban rancheríos campesinos y tras golpizas y saqueos, arreaban a las comisarías a mujeres y hombres inocentes, bajo el pretexto de darles cobijo al EPP, una sigla que, según la prensa, representa un ejército guerrillero que, en todo caso, lo han convertido en una herramienta muy útil para distraer las actividades del narcotráfico, de la ocupación ilegal de tierras indígenas y campesinas y la deforestación a gran escala autorizada por Cartes.

En todo caso, en el país la oferta del modelo femenino cayó mal en casi todos los sectores, salvo entre la clase minoritaria adiestrada desde hace décadas para lamer las botas del mandamás. El rechazo registra que “mira a su país como a un prostíbulo”, o “su misoginia y machismo hieren a la mujer y a la dignidad nacional” y, entre otros muchos, “ese lenguaje proxenetilla desnuda la ideología cavernaria y entreguista del presidente”.

Si el exitoso empresario y advenedizo político hiciera un balance de su primer trimestre, y seguramente tendrá que hacerlo, constará que se está instalando una peligrosa distancia entre su persona y gran parte de la masa que lo eligió, y esa pérdida de apoyo favorece al sector más inescrupuloso del coloradismo, encabezado por su impulsor, el senador Juan Carlos Galaverna, electo segundo presidente del partido, quien dice que “le prometí lealtad pero jamás obediencia”. De hecho, es el capo del tenebroso aparato.

En plena campaña electoral, por convicción y demagogia, Cartes prometió limpiar el partido del obtuso aparato dirigente, pero su inexperiencia política le está jugando una mala pasada que, por ahora, no es muy grave porque fuera de su partido no tiene oposición de peso, con un Partido Liberal agónico, casi inexistente y un frente popular que, sumadas todas sus carpas, no representa ninguna fuerza con capacidad de decisión, confirmando un dramático deterioro de las organizaciones progresistas.

Paraguay registra un 80 por ciento de trabajadores informales y entre los empleados  regulares es irrisorio el número que goza de la ineficiente seguridad social. La puja por los cargos públicos enfrenta a los dos viejos partidos, el Colorado y el Liberal, porque cada uno a su turno expulsa a los miles de contratados por el otro e, incluso, hay encarnizada lucha entre los colorados porque en los entes públicos solo son retenidos los incondicionales.

Forzado a mostrar un rostro nuevo que diluya de la memoria colectiva la imagen afrentosa del gobierno golpista liberal (pobre imitación de Obama por Bush), Cartes ordenó a todos los organismos del Estado que publiquen la lista de la totalidad de sus funcionarios, con el argumento de reordenar los gastos públicos, a conciencia de que es una forma de atraerse simpatía popular, desnudando la corrupción que carcome las instituciones y, de esa forma, apropiarse de un argumento más para fortalecer su poder de extorsión a los otros dos poderes.

La reacción popular inicial fue de apoyo, pero entre los máximos responsables cundió el pánico, a tal punto que no se encuentran antecedentes en el país con más insultos de los cuadros medios a su comandante en jefe, y algunos proferidos públicamente, calificado de traidor por muchos que llevan un mes buscando triquiñuelas para ocultar sus abusos, su prebendarismo y nepotismo, en particular en el Parlamento, donde los 45 senadores y los 80 diputados aparece cada uno con 15 colaboradores con altos salarios, entre esposas, hijos, hermanos, sobrinos, cuñadas, amantes, jardineros, domésticas, algunos acumulando una media docena de salarios, parte de los cuales engrosan las arcas partidarias. La Corte Suprema de Justicia y el Tribunal Superior de Justicia Electoral son canteras similares.

Los elementos de análisis se acumulan en la dirección de que Cartes ha confundido la administración del país con la gerencia de su conglomerado empresarial, sin conciencia de que el sector político más radical del estronismo se refuerza con su impericia (¿o connivencia?), en su viejo ejercicio al servicio del gran capital transnacional que Estados Unidos introdujo en Paraguay en 1940 para dominar políticamente el país hasta hoy, con fuerte presencia en las fuerzas armadas, en las finanzas y en el mundo universitario.

Más bien feliz de contar con el sostén imperial, en cuya capital residió varios años, y sin el más mínimo escrúpulo moral por contribuir a la dependencia de su patria,  el presidente habría entrado a la política por egolatría y quizás por agradecimiento a Estados Unidos que, pudiendo hacerlo, y quizás calculando utilidades ulteriores, siempre ha tolerado sus aventuras financieras que, en su país y en Brasil, han desembocado en procesos judiciales.

Un día, Cartes compró un club de fútbol de triste trayectoria y, a fuerza de dinero, lo convirtió en poco tiempo en uno de los referentes mayores del fútbol paraguayo, vendiendo a muy buen precio sus mejores jugadores, en un gran negocio en ese abyecto tráfico transnacional de músculos y algo de cerebro. Luego repitió la operación copando a golpes de chequera el implosionado Partido Colorado, y le posibilitó recuperar el gobierno perdido en el 2008 ante una alianza popular. Sin embargo, no ha conseguido someterlo.

Es posible que, en cierto momento, haya visualizado como a un futbolista a cada empresa del Estado, prisioneras del bicéfalo engendro colorado-liberal, con las cuales poder concretar grandes negociados sin importarle hipotecar la nación por medio siglo con el proyecto APP, convertido ahora en ley, confiando que entonces aparecerá algún gobierno bien intencionado que, para rescatarlas, invertirá inmensas sumas de los recursos destinados al desarrollo económico, social y cultural del país,  enriqueciendo otra vez a los privatistas y empobreciendo aún más al pueblo. Sin dudas, un eximio vendedor.

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