Capitalismo, medios y cambio climático

El tratamiento mediático de la discusión en torno al calentamiento global está signado de negacionismo y adulteración. El hecho es la consecuencia de que los medios son instituciones fundamentalmente favorables a las políticas de orden neoliberal.

La estrategia se basa en asignar dudosa validez científica a la hipótesis que identifica la acentuación del deterioro ambiental como consecuencia del proceso que se inició en la Revolución Industrial y, a pesar de toda la evidencia corroborable, atribuirla incluso a un mero resentimiento de clase de inspiración marxista. Parece bastante probable que la cantidad de CO2 que existe en la tierra se deba más a la acción del sol y en escala muy inferior a las emanaciones industriales, pero ello no constituye prueba suficiente para negar que los desechos y la deforestación son aspectos muy relevantes y de alta incidencia sobre el comportamiento del clima.

Como primer punto cabe destacar que el marxismo no ha evaluado los costos ecológicos de la economía industrial para la vida a largo plazo. Desde la lectura de Juan Martínez Alier, planteada en su ensayo “El ecologismo de los pobres”, el materialismo en el sentido que lo concibió Marx es económico y no físico-energético, por lo que no existe, según sus propios términos, una historiografía ecológica marxista. Del hecho de que posteriormente ciertos autores, vinculados de alguna manera con el materialismo histórico, hayan identificado en sus trabajos que el capitalismo es ecológicamente insustentable no cabe inferir que el ecologismo en sí sea un discurso propio y exclusivo de la izquierda, aunque es cierto que todo socialismo dentro de sus planteamientos alternativos de organización productiva deberá incluir, indefectiblemente, aspectos relativos a la planificación energética.

El modelo histórico de Marx fue el Occidente industrial, que para él constituía el estadio superior del desarrollo de las fuerzas productivas. El citado autor nos muestra la imposibilidad de establecer un nexo directo entre marxismo y ecología partiendo de que Marx y Engels utilizaron el término fuerzas productivas. En cambio, y no se trata de una cuestión meramente terminológica, sino de marco conceptual, si los teóricos del socialismo clásico hubieran tenido en cuenta las fuerzas energéticas, la historia económico-social marxista, la historia energético-social marxista y la historia energético-ecológica estarían correlacionadas efectiva y explícitamente.

Industria e irracionalidad de la explotación energética

La descripción de la fuerza interna incontenible de la acción económica de tipo capitalista fue un aspecto del análisis de Marx que colaboró efectivamente con algunos de los ejes del ecosocialismo. Pero este último derivó su atención no sólo en que la mecánica que estimula el mercado será, finalmente, la que provocará su propio colapso. Lleva en cuenta, además, otros efectos externos, que el marco teórico de Marx soslayó o que simplemente no se inscribía dentro de su campo de análisis. Como por ejemplo, el hecho de que la dinámica de la economía moderna –búsqueda indefinida de ganancias– terminará por agotar en su totalidad los recursos. De la misma forma que Marx, el ecosocialismo entiende el capital como trabajo objetivado-acumulado, por lo cual su principio se basa en la libre iniciativa del hombre de desarrollar sus potencialidades a través del trabajo, superando el esquema que lo separa de los medios de producción.

El deterioro progresivo y constante de nuestro medio como producto de la industrialización desenfrenada es una realidad manifiesta. El costo ecológico de la economía industrial será convertir el planeta en un sitio inhabitable. Y no es una predicción escatológica, sino una evidencia presente y claramente observable.

La industria no es una alternativa más efectiva de adaptabilidad

La investigación antropológica nos remite a la existencia de otras formas de organización económica, cuyos resultados ponen en entredicho la supuesta mayor eficiencia de la industria frente a las demás técnicas productivas. La economía mundial no puede prescindir de la materia prima y de la energía. Y éstas, sencillamente, se están agotando. Una cultura mal-adaptante se define en los términos de que ofrece beneficios a corto plazo, pero subvalora las necesidades de generaciones posteriores, comprometiendo gravemente de esa forma la supervivencia misma de la especie. Pero incluso los efectos de la sobreproducción ya no constituyen predicciones a largo plazo ya que empiezan a manifestarse plenamente en los tiempos actuales.

El ecocidio, además de la destrucción de otros sistemas de adaptación cultural, es el rasgo distintivo de la economía moderna. Pero el sistema no sólo es mal-adaptante en su campo específico de actividad, las condiciones de producción generadas por el efecto de su proceso expansivo hacen que las demás culturas, al aplicar las mismas técnicas tradicionales, pero enfrentadas a un ecosistema alterado, también lo sean. Por ejemplo, el nomadismo es una forma de organización social que en gran medida previene contra el agotamiento de la tierra. El desplazamiento y la rotación de los cultivos son estrategias directas de conservación, pero una vez que los nativos fueron despojados compulsivamente de sus territorios ancestrales y cercados en espacios muy reducidos quedaron imposibilitados de seguir reproduciendo el tipo de adaptabilidad que proporcionaba la vida nómade, con los consecuentes desequilibrios que produjo el paso forzado a la vida sedentaria.

La Antropología como investigación de la adaptación cultural humana

En su Introducción a la Antropología Cultural, Conrad Kottak, en el capítulo dedicado a las formas de vida, examina los diversos mecanismos de regulación que utilizaron los grupos humanos a fin de disponer racionalmente de los recursos. De hecho, en los distintos apartados de la obra, el autor define las bases de la Antropología como la ciencia de la adaptabilidad cultural humana. Desde este plano desarrolla un enfoque que analiza los efectos materiales y su aporte a la adaptación de los elementos simbólicos que aporta la cultura, incluido el pensamiento religioso. Desde la tradición de la vaca sagrada de la India, los potlach, la reciprocidad y, finalmente, la industrialización.

Un examen general de los resultados que arroja tal investigación nos permite extraer la idea de que los sistemas mágico-religiosos, que a simple vista pueden resultar incongruentes, cumplían una función práctica y material que proporcionaba una ventaja adaptativa. Sin embargo, estas estrategias de regulación energética no se hallan de ningún modo presentes en la economía moderna, cuya única regla es la acumulación. Para mantener su ritmo productivo este proceso utiliza la energía a niveles depredatorios, fenómeno incontrolable por la propia lógica interna que impone las leyes del mercado: superar la oferta de la competencia. El grado de consumo y producción se eleva hasta niveles insostenibles, por la explotación intensiva de recursos no renovables o lentamente renovables.

Al respecto, Bodley menciona que “la industrialización es un proceso global que ha destruido o transformado todas las adaptaciones culturales previas y ha dado a la humanidad el poder no sólo de provocar su propia extinción como especie, sino también de acelerar la extinción de muchas otras especies y de alterar procesos biológicos y geológicos” citado por (Conrad Kottak, op. cit.; pág. 292).

La economía mundial, más allá de las complejas redes de relaciones que establece y las complicadas leyes del mercado, se basa en un principio simple: la producción de artículos para la venta con la intención de multiplicar las ganancias del capital invertido en la producción. Esta es la metafísica que mueve la maquinaria mundial y al margen de ella no existen otros parámetros.

Si todos los planes de desarrollo y el concepto mismo del término están enfocados desde las construcciones mentales del capitalismo moderno es porque toda la ciencia económica es tecnocéntrica en su esencia misma; está hecha desde y para el Occidente industrial. Sin embargo, el enfoque transcultural y comparativo de la Antropología nos proporciona importantes herramientas para comprender con mayor propiedad y desde una visión más amplia los principios económicos. Las sociedades no industriales desarrollaron sistemas de control del consumo muy eficaces, muchas veces sustentados en principios mítico-religiosos, pero cuya utilidad práctica da muestra de un de un universo cultural totalmente coherente que garantizó la adaptación de la especie. En contraste, las sociedades modernas muestran que su ritmo de producción es desproporcional en cuanto a la reproductividad del flujo energético. Esta situación se irá agravando progresivamente a medida que las soluciones propuestas para enfrentar la crisis planteen como única opción la exigencia de producir más sin barreras regulatorias, lo cual implica que este sistema acelerará el ecocidio a escalas aún mayores.

Desde la perspectiva antropológica, la economía es “la atribución racional de medios escasos (o recursos) a fines alternativos (o usos)” [Conrad Kottat, op.cit; pág 94]. Por ello, la negativa de los países más industrializados de ajustarse a medidas de regulación en la emisión de gases contaminantes, por el costo en dinero que ello demandará, nos confirma la ausencia de tal atribución racional de los medios escasos a raíz de que la maximización de los beneficios es el único estímulo del mercado. La búsqueda del lucro inmediato es adaptante sólo a corto plazo, puesto que su velocidad de consumo es asimétricamente superior al periodo regenerativo de las reservas bioenergéticas.

Vacas sagradas

Ahora bien, examinemos un caso que nos ilustra cómo las religiones tradicionales, que desde la mentalidad empírico-racionalista constituyen puras invenciones sin sentido, tuvieron efectos prácticos para la conservación del ecosistema.

El antropólogo Marvin Harris, en su obra “Vacas, cerdos, guerras y brujas”, empieza identificando un falso prejuicio de los economistas occidentales; el hecho de que la concepción sagrada y la adoración de las vacas en la India es causa de pobreza y hambre, pues es inexplicable que un tabú religioso proscribiera un alimento importante como la carne vacuna. Los analistas mercantiles también han señalado erróneamente la supuesta incapacidad de los hindúes de criar de forma adecuada el ganado, a fin de que produzca leche y carne en cantidades rentables. Desde esta visión, gran parte de los animales resultarían inútiles, pues consumen el alimento que bien podría destinarse a rebaños más productivos. Por lo tanto, el tabú religioso obstruiría el desarrollo económico racional, pues se basa en un desperdicio energético. Sin embargo, la doctrina del ahimsa –principio de no violencia contra la madre vaca– ha cumplido un rol adaptante prácticamente insustituible de acuerdo a las condiciones y posibilidades de la economía hindú.

En primer lugar subrayemos el hecho de que los métodos de tracción de la agricultura industrial, en lugar de generar un rico fertilizante, genera una cantidad enorme de veneno inutilizable. Las vacas proveen los bueyes necesarios para arar la tierra y la bosta es un fertilizante y un combustible de central importancia. Básicamente, cumplen una triple función: tracción, fertilizante y combustible. Aquellas, en cambio, al suprimir el uso de abonos naturales, recurren a variedades químicas que reducen la vida útil de la tierra y que en muchas ocasiones intoxican a poblaciones enteras, llegando a situaciones extremas de deformaciones congénitas graves. Las vacas producen alrededor de 700 toneladas de estiércol recuperable, que en una cantidad relativamente proporcional se distribuye como fertilizante y combustible doméstico. Este mismo recurso equivale a 27 millones de toneladas de querosén, 35 millones de toneladas de carbón y 68 millones de toneladas de madera. Considerando que en la India los combustibles fósiles son escasos y que el uso de carbón produciría una deforestación por encima del promedio sostenible, el estiércol vacuno es un recurso irreemplazable en concordancia a las capacidades económicas y a los efectos ecológicos que provocarían otros medios de producción de energía. Al respecto el autor manifiesta que:

“Los estudios de costos y rendimientos energéticos muestran, en contra de nuestras expectativas, que la India utiliza su ganado vacuno con mayor eficiencia que Estados Unidos (…). El despilfarro es más bien una característica de la moderna agricultura mecanizada que de las economías campesinas tradicionales” (Marvin Harris, op.cit.; pág. 36-37).

Los métodos de fertilización industriales no sólo desperdician el estiércol del ganado, sino que terminan contaminando todos los causes de agua cercanos a los cultivos. Pero el autor pone de relieve incluso que una industria cárnica terminaría forzando el ecosistema entero según las leyes de la termodinámica, puesto que los animales consumen más calorías de las que dispone su cuerpo. Por esta razón, resulta más conveniente consumir las plantas directamente que cultivar para una ganadería de orientación mercantil. Por ello, los animales gozan de gran libertad y se alimentan de especies que los humanos no consumen directamente, ya que si los cultivos se destinaran para sustentar al ganado se provocaría una elevación de los precios en los artículos alimenticios y el margen de la población con bajo nivel de vida aumentaría en proporciones considerables.

El sistema de alto consumo energético de las sociedades industriales no implica la optimización de los recursos. Para ilustrar ese postulado, presenta un cálculo según el cual la cantidad de energía quemada durante un embotellamiento es mucho mayor de la que despilfarran las vacas de la India durante todo un año. En ese mismo lapso los automóviles están agotando una cantidad de energía cuya acumulación ha llevado aproximadamente unos millones de años. Además, la cantidad de desechos industriales está rebasando la capacidad de reabsorción, procesamiento y reciclaje.

Vemos, por lo tanto, cómo un precepto religioso, aparentemente sin bases racionales que puedan explicarlo, refleja la existencia de cálculos ecológicos minuciosos. El mito ejerce una función económica no en la forma de obstrucción del desarrollo, sino de preservación contra el agotamiento de las condiciones materiales indispensables para la supervivencia de la comunidad.

Conclusión

Sin incurrir por ello en una posición determinista, lo claro es que aún no existe en la actualidad una alternativa al orden capitalista. A pesar de ello, deben efectuarse transformaciones inmediatas sobre el sistema a fin de ajustar el ritmo productivo a las posibilidades reales de disponibilidad y regeneración de los recursos. El medio natural entendido en su totalidad no es un producto reductible al régimen de propiedad privada, por lo que ninguna generación que la ocupe en un momento determinado puede atribuirse una soberanía absoluta sobre él y agotarlo en nombre del progreso.

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