Canciones de cuna, o crónica de los presos políticos más jóvenes de la dictadura

La historia de los bebés que crecieron en las cárceles estronistas.

Es 21 de abril 1976 y Celsa Ramírez no se siente bien. Está de nueve meses de embarazo, privada de su libertad en la Comisaría 2da de Fernando de la Mora, luego de pasar tortura y privación en el Departamento de Investigaciones. Su calvario comenzó en noviembre de 1975, cuando la policía asaltó su casa en busca de su marido Derlis Villagra.

«Me llevan al Policlínico Rigoberto Caballero –recuerda– . Yo pensaba ¿qué me espera? Iba sola en la camioneta roja. Yo tenía miedo cada vez que me trasladaban. Y me pregunto: ¿Me llevan a matar? Siempre que te llevan pensás que te van a matar. Una vez en el hospital, nace la criatura y llora y llora. Yo trataba de mirarle para que no me la cambien. Le miraba la cara, era todo tan hinchadito. Una enfermera le lleva y yo le miraba. Cuando le digo que quería ver a mi hijo más de cerca, me dice ¿Y qué lo que querés ver? Y otra enfermera le dice Y dejale que mire. Y la otra responde ¡Peero, esa criatura que va a ser igual que su padre! Y la otra le responde la criatura no tiene la culpa y le lleva. Y a mí me encierran en la celda (del hospital). Yo escuchaba que lloraba y lloraba una criatura, y yo comenzaba a pedirle por favor que le traigan a mi hijo. Cuando eso ya sabía que era varoncito. Preguntaba por qué lloraba tanto. No es tu hijo, me decían. Y yo le golpeaba otra vez la puerta y le decía Por favor, quiero verle a mi hijo.

Y me dice la enfermera No es tu hijo, y si seguís armando escándalo no le vas a ver. ¡Dios mío, qué hago! ¿Sigo llamando o no? ¡Dios mío, esos momentos de angustia en que vos creés que mataron a tu hijo…! Después vienen y le traen a Derlis (hijo) y estaba totalmente negro, morado. Y yo le miro, primero para ver si era mi hijo. Y pienso, ¡me trajeron una criatura muerta! ¿Qué le hicieron a mi hijo?, le pregunto a la enfermera. Me dice que le acerque a mi pecho. Lo acerco, huele un poquito y parecía un leoncito, ¡Una fortaleza! Y ahí me acordé de la novela de Roa Bastos, donde cuenta el nacimiento de un niño y dice que la criatura, si nace así con esas ganas de mamar, es porque se va a salvar».

Foto de Marcelito Mancuello publicada en la revista Sendero, en 1976, frente al penal de Emboscada.

A lo largo de toda la dictadura

Durante los largos años de la dictadura militar-partidaria de Alfredo Stroessner, cuando apresaban a padres y madres de familia, con éstos iban a prisión sus hijos pequeños; muchas caían presas con bebés en plena gestación. La Comisión Verdad y Justicia nos habla de 239 detenciones de niños, niñas y adolescentes desde 1954 a 1989 y de 14 nacimientos en prisión. «A Stroessner nunca le interesó si eran criaturas, si eran mujeres, si eran niñas», explica Yudith Rolón, directora de la Dirección de Verdad y Justicia, de la Defensoría del Pueblo. A medida que avanzamos en la conversación, relata detalles de algunas grandes redadas durante aquellos años, pero es cuidadosa en aclarar que «la historia de los bebés está en todos los procesos; en todos los procesos estuvieron vinculados los niños y las mujeres. Y muchos de los niños incluso fallecieron a consecuencias de la tortura».

Ella misma vivió durante un mes en el Departamento de Investigaciones cuando tenía escasos ocho meses de vida, junto con su hermano Hernán (2) y su hermana Gladys (4). Afortunadamente, coincidieron en prisión con el jesuita Ignacio Parra, quien cuidó de ellos –porque la madre de los niños cayó enferma de tanto maltrato vivido– e intercedió con la Iglesia Católica hasta lograr la libertad de los chicos.

El 4 de abril del brutal año 1976 las fuerzas represivas habían allanado la casa de la familia Rolón en Lambaré y mientras Estela Jacquet y sus tres hijos pequeños se entregaban a la policía, su esposo Martín Rolón siguió respondiendo con tiros a las fuerzas represivas. Hasta hoy no se sabe dónde está el padre de Yudith, como otros 500 desaparecidos durante la dictadura en Paraguay.

Los episodios de madres y bebés en prisión se dieron en el Departamento de Investigaciones, en la cárcel de Emboscada, en el Buen Pastor, en las comisarías de todo el país, en las delegaciones de gobierno y en destacamentos militares.

Aquel año 76

Durante el otoño de 1976 se registró probablemente la mayor represión de los años dictatoriales en Paraguay, cuando la policía da con las pistas de la Organización Política Militar (OPM). La vinculación de ésta con organizaciones campesinas es una excusa suficiente para liquidar las experiencias de las Ligas Agrarias Cristianas: el resultado de los operativos termina con alrededor de 1.500 personas en los centros de detención y muerte del stronismo. Ese fue el año en que más se vio el problema de los bebés y niñitos/as en prisión.

De esa cacería desatada, Guillermina Kannonikof, con sus siete meses de embarazo, logra escapar junto con su esposo, Mario Schaerer, de un allanamiento policial de su domicilio. Finalmente son entregados por religiosos de la parroquia San Cristóbal, hasta donde llegaron para refugiarse. Estando en Investigaciones, logra ver a su esposo cuando es trasladado luego de la primera sesión de tortura. Se acerca e intenta abrazarlo. Un guardia le mete una patada que le tira contra la pared. «Esa noche tuve un sangrado profundo que pudo haber atentado contra la vida de Manuel», comenta.

En 24 horas su esposo es asesinado por la policía en la mesa de tortura de Investigaciones y ella pasará, un mes después, de ese lugar a la Comisaría Primera Metropolitana. Allí las presas políticas ocupaban dos celdas: «en la primera celda estábamos 19 mujeres, tres de nosotras embarazadas; y en la segunda celda había 33 mujeres, bebés y niños más grandes. En mi celda estábamos embarazadas Julia, la esposa de Antenor Fernández, que le tuvo a Raquelita Fernández; Teresa Aguilera de Casco, que le tuvo a Carlos Ernesto; y yo, que le tuve a Manuel», reseña.

El 2 de julio la derivan al Policlínico Rigoberto Caballero y a fuerza de mentiras le quieren someter a una cesárea. Le dicen que su bebé está en mala posición y que deben quitarle.

«Ante esa situación, donde me encontraba completamente sola –relata–, el temor más grande que yo tenía era que me quiten la criatura o la maten. Porque sabíamos de otros casos de Argentina e incluso de acá en Paraguay, de chicos que habían sido separados de sus madres, de chicos que habían sido asesinados o entregados a otras personas. Esa noche, cuando sentía pequeñas contracciones, yo lo que hacía era tratar de apresurar el parto, pujaba abajo, sentada en el borde de la cama, de tal modo a que Manuel pudiera nacer y después yo pida auxilio a las enfermeras. Porque yo quería verle nacer a mi hijo, quería tener la certeza de que naciera vivo. Pero las contracciones no fueron tan fuertes para el alumbramiento. El 3 de julio a la mañana voy a cesárea. No me quisieron entregar la criatura enseguida, por lo cual armé un escándalo y amenazaba con arrancar los tubos y los sueros que me pusieron. Yo quería ver a mi hijo, quería ver si estaba vivo, si no me lo cambiaron, si estaba en buenas condiciones de salud. Realmente fueron momentos muy duros, muy difíciles. Y cuando me trajeron a Manuel y pude reconocer en él las facciones de su padre, entonces sí la calma me embargó. Y ese era el momento de luchar por estar bien los dos».

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