Desde el 20 de abril asistimos a la verbalización del cambio: una esperanza que se posa en la palabra de políticos y gente de a pie. Hasta el mismo presidente (el primero, ¿no?), Fernando Lugo, en su discurso en la asunción dijo que «el cambio en Paraguay es un cambio cultural», poniéndole fin a la isla de tierra roabastiana o inaugurando el despertar del Paraguay real de Barrett.
No sé si será verdad o no, pero Lugo ha dado en la tecla: el cambio es cultural o es nada; y para ello nos acercamos a pensar cómo sería el cambio cultural, la definición de una política cultural en un país devastado en su dignidad, en donde impera (con mayoría) la ley del menor esfuerzo, del para-qué-si-todo-es-igual y donde lo cultural es la asignatura pendiente del Estado y la sociedad paraguaya.
Pensar una política cultural paraguaya no es moco de pavo si entendemos al Paraguay como ese todo en el que conviven el mundo españolizado de la colonización y la tradición lingüística del universo guaraní, entrelazados, enemistados, cofraternos en la era de la globalización. Más que nunca quizás, tanto en enunciación como en aplicación, una política cultural para Paraguay debe corresponderse con el pluralismo cultural en todos sus pliegues y dimensiones, sobre todo aquellos postergados y/o utilizados como caballito de batalla de la identidad paraguaya.
La teoría nos dice que la política cultural es una dimensión retórica en la que conviven pluralismo, democracia, globalización, identidad y nación. Esto implica también las formas de pensar, hacer y vivir la cultura de un país. Esto de dimensión retórica es muy simple, sólo hace referencia al conjunto de palabras que dicen (y también niegan, por los mecanismo de omisión) que será entendido por cultura para una sociedad.
Sería demasiado mbore, sin un contexto vasto y previo, poner en discusión aquí la política cultural actual o su inexistencia hasta el momento. Esto es materia pendiente para una investigación exhaustiva, porque no construye nada el plagueo irresponsable de todos los días: justamente este es uno de los puntos fundamentales para un cambio cultural. Sin embargo, sí podemos afirmar, por la experiencia lejana o cercana, que cada uno comprende bien el mecanismo de inclusión-exclusión que se ha aplicado hasta el momento.
Me animo a ser ridículamente optimista al pensar que una política cultural en Paraguay se está gestando, o que al menos está la voluntad política del decirla.
No es en vano el trabajo del Foro Cultural Permanente. No es vano el trabajo detrás de la Ley de Lenguas. No es en vano la esperanza depositada en la Ley de Cultura o las acciones del Ministerio de Cultura. Seguramente todo esto no será suficiente para una política cultural paraguaya, que debe acabar una realidad demasiado postergada, resignada y de exclusión, pero como retórica, como inicio de una enunciación es válida y sólo el tiempo nos dirá si en la aplicación real será lo que esperábamos.

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No pretendo desdeñar el ingenioso comentario plasmado dentro de esta publicación. Más bien me gustaría compartir una reflexión paralela a esta ilustrante consideración.
Particularmente me gusta poner atención a las palabras que ondean en las agendas sociales, en torno a la política y la cultura.
Sin más lo recuerdo, ha deambulado casi una década que estamos hablando de cambio o cambios en nuestra querida Patria. Si me permiten decir que esto no es algo nuevo dentro de nuestras estimaciones y lenguajes culturales, tampoco lo ha empezado el 20 de abril con la promulgación de nuestro Mandatario. Ahora estamos demostrando hastío tan sólo por escucharlo a un individuo hablar de este vocablo. Según comparezco, esa palabra se está volviendo despreciable a nuestro buen sentido de audición, que repugna todo tipo de repeticiones imprecisas o que no responden con la estantería mental, regida por una ley utilitarista.
Bajo mi punto de vista, la palabra Cultura o bien política cultural, están siendo utilizadas de forma no sin inescruspulos. Están siendo involucradas en todos los estamentos estructurales. No digo que no es posible hablar de cultura política, es más, de hecho ya estamos haciendo, mi pretensión es dar una valides más meritoria a la palabra Cultura, porque hablamos de “Cultura”, dentro de un contexto tan ambigua, tan vacía, tan despectiva…Pretendemos vulgarizar nuestra propia cultura con otras foráneas, que brillan ante nuestros ojos como diamantes. Queremos desprendernos de ella y enterrarlo para siempre.
Permíteme decirles que la cultura no es una “cosa” para hacer de ella tales lo que fuera. Cultura son nuestras expresiones sentimentales, nuestros valores intrínsecos, nuestro ser, nuestra presencia ante los hermanos extranjeros, nuestra vivencias genuinas. Cultura es nuestra sombra, a donde vayamos, estará en nuestras andanzas.
No es posible cambiarla por otra más bella, más lujosa o más brillante. Sabemos que esto es un absurdo.
Por tanto, me gusta hablar de la cultura nuestra, cuando todavía existe en pleno vigor, no cuando hayamos matado o que la hayamos convertido en una cosa material delicado que podríamos romper y destruirla en un instante.
La cultura estará siempre “ahí”, aunque pareciera ser que hayamos cambiado, nosotros habremos mejorado en conocimiento, habremos cultivado nuevos valores para vivir mejor. Pero ella, nunca morirá. Pervivirá en toda nuestra historia.
Cambiemos nuestros pareceres, nuestro entorno social, busquemos otras más sofisticadas. La difusión del cambio en la “cultura Política” hacia un pluralismo imperialista a la que todos los valores añejos deben doblar la rodilla. Se habla de cambio radicales, de revoluciones violentas, no son más que expresiones de la barbarie miseria intelectual nuestra, manipulada por los dioses de nuestra era neocolonialistas.
Sin más balbuceo, no me queda otra que afirmar que sí debemos cambiar
verdaderamente, pero nuestra forma infante de pensar y empecemos a vivir sin los vasallajes de los ultramodernos ofertorios económicos de nuestro tiempo. No cambiemos nuestra auténtica cultura –de hecho, algo imposible-, sino más bien, démosle vida auténtica aceptándola como es, alimentándola con el cultivo del saber y sin la tutela ajena a nuestros intereses de superación. Ensalcemos a nuestra cultura hacia el altar.
Posted by Adalberto Antunez | noviembre 5, 2010, 12:27 pm