Brasil: tres candidatos, dos proyectos en disputa

El domingo 5 de octubre acontecen las elecciones generales en Brasil. Además de la presidenta Dilma Rousseff  del PT (P. de los Trabajadores) que busca su reelección, también tienen chances la ex senadora Marina Silva del PSB (P. Socialista Brasilero) y el senador Aécio Neves (del PSDB (P. de la Social Democracia Brasilera).  Las previsiones apuntan a que el 26 del mismo mes el electorado tendrá que elegir, en segunda vuelta, entre Dilma y uno de esos dos contrincantes.

Las últimas encuestas dan que Dilma estaría adelante en la primera y en la segunda vuelta, es decir, sería reelecta. Algún sondeo le da victoria definitiva ya el próximo domingo. Pero este es el proceso electoral más disputado y accidentado desde 1989, cuando retornó el país a la democracia. Es decir, no es conveniente anticipar resultados.

En mayo de 2013 la reelección de Dilma parecía algo natural y fácil, porque su gobierno mostraba altos niveles de aceptación. Un mes después, en junio, gigantescas movilizaciones populares por todo el país pusieron en evidencia una crisis de la política y un rechazo en amplios sectores a los gobernantes en todos los niveles.  Dilma sufrió un repentino desgaste y pareció que estaba frágil lo suficiente para ser derrotada en las urnas.

Pero, posteriormente, con el armado de la disputa electoral todo indicaba que tendría una situación confortable. Aécio, el candidato favorito de los sectores conservadores, no conseguía constituirse en amenaza electoral real, mientras que el gobernador de Pernambuco, Eduardo Campos (PSB) rompiendo con Dilma y Lula se lanzó como “tercera vía”, pero no conseguía viabilizar su candidatura como la principal de oposición a Dilma.

Marina Silva, quien fuera del PT hasta el 2008 y pasara por el Partido Verde para ser candidata presidencial en 2010 (¡tuvo alrededor del 20% de los votos!), había fracasado al intentar legalizar su partido (“Red de Sustentabilidad”). Es así que en el 2013 se ofreció a Campos para ayudarle en su proyecto de disputa presidencial como su vice en el PSB (a pesar de ser más conocida y tener mayor potencial electoral).

Quiso el destino  que Campos falleciera en vísperas del inicio de la campaña en un accidente de aviación. Ella  afirmó que fue cosa de la “providencia divina” que no estuviera en el mismo vuelo y asumió la titularidad en la disputa.  EL PSB que la tenía como “huésped” (había anunciado que hasta 6 meses después de octubre, saldría del partido para volver al proyecto del partido propio) la aceptó como su candidata.

A 45 días de las elecciones, hubo un vuelco.  Marina ultrapasó la marca de 30% de intención de votos, Dilma continuaba patinando poco arriba de ese nivel y Aecio se precipitó hacia 15%, siendo que en las simulaciones de segunda vuelta Marina ganaba por un margen confortable.

Fue cuando a los lances electorales se agregaron los temas de contenido.  Ya le había dicho Lula a Campos, cuando se fue a avisarle que saldría candidato, que sólo conseguiría enfrentar al PT si fuera candidato de la derecha (mismo teniendo origen y curriculum progresista). La profecía le calzó a Marina.

Marina había roto lanzas con el PT por sus enfrentamientos dentro del gabinete ministerial de Lula con la entonces ministra de minas y energía Dilma, defendiendo una agenda ambientalista. Compañera de luchas del mítico Chico Mendes, mujer de origen pobre, tenía todo para ser “Lula de polleras”.

De hecho, buena parte de los jóvenes que se manifestaron en junio del 2013 la veían como su representante en la disputa, iban a votar por ella. Pero, cuando lanzó su programa mostró que – en el esfuerzo por derrotar al gobierno del PT – hizo alianzas y compromisos a la derecha que la desfiguraban frente a ese electorado.

Retrocedió del apoyo al casamiento homoafectivo. Tomó posición contraria al juicio y castigo de los militares torturadores. Anunció apoyo a la reivindicación patronal de legalizar las tercerizaciones.  Se comprometió con una gestión monetarista ortodoxa del Banco Central. Prometió ceder espacios a los bancos privados del terreno que habían ganado los bancos públicos. Fue a Washington a anunciar la retomada de negociaciones de libre comercio en los moldes del ALCA.

Lo que le quedaba que era su agenda ambientalista – motivo de su ruptura con Lula y Dilma – también se hizo trizas. Negó que fuera contra la construcción de hidroelétricas y de continuar la explotación de petróleo en alto mar.  Se aproximó al agronegocio para desmentir que fuera contraria a los transgénicos.

Solo sobró una candidatura que reuniendo votos de los descontentos de junio del 2013 y de la derecha anti-PT de los últimos años podría ganarle a Dilma. Sin embargo, a cada momento sus  contradicciones  la fueron desmoralizando frente al electorado y ahora, en la recta final, corre el riesgo de que Aecio sea el contrincante de Dilma en la segunda vuelta (las últimas encuestas los muestran técnicamente empatados).  Parece ser el fin de la promesa del ambientalismo ciudadano como una tercera vía entre izquierda y derecha tradicionales.

Mientras, para combatir a Marina y Aécio la campaña de Dilma se posicionó claramente a la izquierda. Atacó al capital financiero, defendió los derechos laborales de los trabajadores, enarboló la bandera de la soberanía energética. Anunció medidas para criminalizar la homofobia.  Y junto con los jóvenes se comprometió en ampliar la inversión en educación y para universalizar el acceso a internet.

Fue la claridad del embate entre izquierda (Dilma) y derecha (Marina) lo que le hizo crecer a la petista. Si gana Dilma en ese contexto de inédita polarización ideológica, parece ser una promesa de un gobierno también más a la izquierda que lo que pudieron ser los mandatos petistas desde 2003 hasta el presente.

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