Vicente Páez, un hombre nuevo

Por Jorge Zárate

Para el comandante “todes les humanes”, lo diría ríendose mucho, eramos iguales ante la vida.

En un punto, quizá por los rigores de la batalla que tuvo que librar contra el maldito cáncer, había logrado suprimir en su interior profundo, las jerarquías de clase, religión, raza, entendiendo que para superar todo eso se necesita una entrega humana esencial.

Lo hacía de manera natural, como un gran mago al que nunca se le ve el truco.

Sin embargo esa gran lección de vida cotidiana que nos daba a sus amigos y compañeros del camino era producto de un intenso trabajo, de una formación holística, integral, que encaraba con su particular disciplina.

El sistema es reproducido por seres humanos que tienen una comprensión biológica de la opresión.

Páez recordaba siempre que si tuviéramos la posibilidad de organizar una asamblea por semana en todas las unidades de producción del país las cosas cambiarían a favor de los trabajadores en un tiempo mucho más breve del que podemos inclusive pensar.

Compartía esa idea del Che de que era posible edificar una humanidad diferente desde la praxis.

Y lo hacía todos los días, hablando con la gente, cotejando las percepciones, enojándose con ese miedo anclado en los fondos de varias generaciones de paraguayos en los que se proyecta gris la sombra de la dictadura.

Sobre todo lo hacía trabajando, era un gran político, más allá de su aversión a toda candidatura. Recuerdo que asumió para hacer un favor una suplencia para ser concejal de Asunción, tomando como un reconocimiento algo que para el que esto escribe era una falta de respeto a su trayectoria de parte de la fuerza política que se lo propuso.

Debía ser diputado, le insistía. Jamás le importó. “”¡Estás loco vos!”, decía articulando por enésima vez su vigorosa risa irónica y vital.

Vicente

Escribiendo siempre, porque amaba el periodismo, le ponía garra y corazón a su última función de ayudar a los pequeños y medianos emprendedores desde un suplemento en el que fue al numen de las cosas, el hacer humano.

Eso si, para el lo más importante de todo era festejar.

Contagiaba siempre la alegría de la liberación, en grado mayor, hasta el exceso, siempre.

Caminando a su lado pude entender que es posible la utopía del hombre nuevo, del que es uno con la naturaleza, el tiempo y sus pares.

Vicente Páez nos lo mostró con su vida.

Hasta la victoria, siempre.

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