Uruguay, empate técnico

Por Maximiliano Manzoni

Llegamos con mi madre y mi hermana a Paraguay con 500 mil guaraníes en el 2000, un año después de la última vez que la derecha le había ganado al Frente Amplio las elecciones en Uruguay.

No vinimos con una mano atrás y otra adelante. Vinimos con ambas amputadas por un país que expulsó a tres generaciones. Primero por motivos políticos y luego por motivos económicos.

Tuvieron que pasar 12 años para volver a visitar Montevideo. Los que no se fueron vieron a sus padres perder todo entre fugas de bancos y represión. Una herida social que los tres gobiernos del Frente Amplio no pudieron curar con políticas de bienestar como las que a mi vieja, trabajadora doméstica, le permiten vivir mucho mejor que gran parte de la clase media alta asuncena.

Es el techo de vidrio del país que se ufanó de conquistas de derechos y eliminar la pobreza extrema. No basta con aumentar el consumo si nuestras clases medias escupen para arriba esperando tocar el cielo. Ese es, capaz, el fracaso de la década ganada del progresismo sudamericano. No poder cambiar la matriz, no poder conversar en los símbolos de las justas ansiedades de la generación que se acunó en sus logros.

Aplaudiría una alternancia si no estuviese llena de olvido. Si no fuese arrimada con quienes esperan volver a golpear cuarteles. Si no me doliese tanto volver a ver los apellidos que aparecían en la tele cuando tuvimos que venirnos, con 500 mil guaraníes, a Paraguay en el 2000.

Más allá de como termine este «empate técnico», que la calle (o Lacalle) nos vuelva a encontrar, con nuevas preguntas, con viejas certezas.

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