Una vieja universidad sale a luz con sus miserias

«Sus ruines componendas, su falso bienestar, su espíritu güero, su sumisión al podercito saqueador. Sus hijos de fulano de tal y sus venas anquilosadas en la perpetuación de la desigualdad y la miseria». Por Julio Benegas.
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Hace mucho tiempo que veo nacer, morir y resucitar la esperanza en nuestro país. Hay días en que esta metamorfosis me atrapa de una todos los días. Entonces es cuando me quedo, observo, me palpo. En el cuerpo queda impregnado todo, hay demasiadas marcas de muerte y resurrección. No es fácil sobrevivir con esta dosis permanente de muerte y resurrección de la esperanza. Pero en esos caminos en que aparecen el escepticismo, la negación o el no future, inexorablemente, extrañamente, necesito asirme a la esperanza “de saber que es posible que el jardín se ilumine con las rosas y el canto” para no abandonarme completamente a la idea recurrente de que nada, finalmente, tiene sentido. Hubo mucho tiempo de mi vida en que esta posibilidad, siempre latente, era negada por una fe aparentemente indestructible en un futuro mejor. Los pobres, me digo entonces, no tenemos otra que recrearnos en la esperanza. Dejarnos vencer por la opresión, el miedo y la nada es un paso a la absoluta miseria física y moral. No en vano Nietzsche decía que los pobres no podíamos renunciar a la política. No nos queda otra que participar de lleno en la escena de opresión y embrutecimiento de nuestras vidas intentando modificar las relaciones de poder. Algo de esperanza es la única razón por la cual sobrevivimos sin salir a matar y matarnos.

Esa es una de las razones por las cuales el levantamiento estudiantil adquiere sentido vital en nuestro país. Porque recrea la esperanza a mucha gente que no ve en otras manifestaciones el mismo signo. O no le da la misma significación.

La gente que no necesita consensos mediáticos para sentir los fenómenos sociales, ha visto renacer la resistencia en este país, luego del tremendo golpe sicario del 2012,  en los pies de la extensa oposición a las fumigaciones de sojales transgénicos en el campo, en las llagas en las manos de Villalba y sus compañeros crucificados, en la manifestación contra la suba del pasaje, en las movilizaciones de los trabajadores del Aeropuerto en contra del remate de los bienes públicos, en la huelga general contra las APP y otras demandas.

Estas manifestaciones se desarrollaron aún en ese escenario de sensación inapelable de opresión y acumulación de poder que se desataría con el pacto azulgrana, a partir del golpe del 2012, en que se decidieron el remate de los todos los bienes públicos, el endeudamiento “soberano” y el uso discrecional de las fuerzas armadas por parte del Ejecutivo.

En ese escenario en que el dinero del gran patrón, Horacio Cartes, aparecía inapelable, el tremendo avance de la plutocracia en todos los partidos, las instituciones revivió en la gente la sensación de que con muchísima plata se puede comprar todo: jueces, fiscales, parlamentarios y la voluntad de la gente.

Así, cuan monstruo devastador avanzó en nuestra gente la idea recurrente de que no se puede. De que nada de lo que hagamos contra el poder servirá.

Los ciclos son ciclos. El espíritu nuestro también tiene ciclos. Ciertas formas de impunidades también tienen sus ciclos. Ciertas formas de robo también. Cuando, sin quererlo, ya sólo esperábamos una tormenta de sapos como en Magnolia o una lluvia de cenizas de los volcanes andinos, hoy nos convoca sobremanera la toma de la UNA y la posibilidad de depuración, por un lado, de la administración y, en el espíritu siempre presente de varias generaciones de estudiantes, la reforma universitaria.

Tanta gente ha luchado por esta idea siempre presente en las camadas insurrectas y volátiles de la Universidad. Para qué nos formamos. A quiénes servimos. Por qué solo los pudientes pueden ingresar a Medicina, a Ingeniería, a Veterinaria…

Todo el esquema de saqueo mayor de nuestros recursos naturales y de nuestra fuerza bruta avanza sin consideración. Algunas fichas en la antigua configuración de la universidad “pública” pueden ya no servir para este tiempo de convertir la enseñanza completamente en mercancía. En convertirnos únicamente en ficha de las corporaciones. El conocimiento como herramienta únicamente funcional al modelo de saqueo, en nuestro caso: agroexportador, reexportador y financiero.

Hoy, una vieja universidad sale a la luz con sus miserias. Sus ruines componendas, su falso bienestar, su espíritu güero, su sumisión al podercito saqueador. Sus hijos de fulano de tal y sus venas anquilosadas en la perpetuación de la desigualdad y la miseria.

Tengo 40 sobrinos y solo cuatro han podido pisar la universidad. Este número no es al azar. Lo confirman las estadísticas. De cada diez personas que ingresan a la escuela menos de una llega a la universidad. Una miseria.

Podríamos estar en estos tiempos en que algunos amigos miran como un escenario de “ascenso de las luchas”. Me encantaría que fuera así.

Es necesario siempre, siempre, un ramo de esperanzas para nuestros espíritus.  Pero es también importante arrebatarlo de la ingenuidad y de los peligrosos consensos con sectores que luego no tienen empacho en olvidar, negar y hasta reivindicar que en este país todos nuestros derechos están conculcados, incluido el acceso a la universidad pública.

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