UNA no te mates

Por Agustín Barúa Caffarena*
Los suicidios suelen ser momento de silencios atorados en el cuerpo, sospechas por todos lados y una pregunta que se abre para ya nunca cerrarse.
¿Cómo acercarnos a la complejidad que gatilla lo suicida? ¿Cómo generar condiciones para no sólo construir sino afrontar la interpelación que un suicidio (otro más) nos hereda?
Hace 12 años construíamos ya preguntas sobre el modelo de educación médica imperante en la UNA (1). Volvamos sobre ello.

La moral insensible
En un taller con residentes hace 18 meses salía esto como su día a día: . Está prohibido cansarse o dudar; o como respondía una residente sobre si cuales eran las emociones permitidas: “ninguna”.
. La presión cotidiana es “las 7 o las 7”, “¡AHORA!”, [A la pregunta de si para cuando] “Para ayer” o el dedito del Whatsapp que quiere decir ahora.
. A la pregunta sobre si en qué momentos están apurados, respondieron a coro: “Todo el tiempo”.
. La respuesta habitual de sus superiores a sus planteos y necesidades: “Poetito” [Pobrecito]. Explican que significa “me chupa un huevo tu problema”.
. Su única respuesta sobre si en qué momentos vivencian libertad y alegría en su vida médica fue “Por eso está el alcohol”.
Me era frecuente oír cuando estudiante esta frase “¡Qué sensible que sos!”. Con los años se me fue haciendo pregunta: ¿Cómo llegamos a considerar lo sensible como un defecto, como algo que debería supuestamente avergonzarte?

Una lógica competitiva
Se compite por notas, por promedio de notas, por notas de parciales y de finales. Se compite por plazas de todo: para entrar, para elegir rotación.
La lógica capitalista de “tu o yo” (Martin Buber) impone su pedagogía de supervivencia, inoculando rivalidad, la idea del otro como enemigo, el sacramento de ganar, de vencer siempre.
Es un insulto para un médico promedio que una persona de otra profesión del área sanitaria sea su superior jerárquico. “No están bien preparados como nosotros”, o el omnipotente “el médico siempre debe liderar” no solo se oye sino que se educa en esa pasión por los tronos; nunca nos hablaran de la soledad del poder, del tanatismo que esconde esa maniaca pasión por la superioridad.

Aulas sin sociedad
La sociedad muchas veces era un ausente. La tecnocracia, el culto por las tecnologías de punta construyen una fascinación que captura. El mirar afuera exclusivamente deja sin herramientas para pensar acá, o las herramientas que se construyen son tan insuficientes: ajenidad, lástima, desdén, prejuicios.
Hace unos años un colega contaba este relato de una residente de Pediatría “Estoy deprimido. Siempre fui muy estudiosa y tenía buenas notas. Ahora, le indico medicamentos o pido estudios y la gente no tiene como pagar, y no sé qué hacer”.
Una educación aristocratizante nos regala ese oscuro callejón sin salida.

Una estructura militarizada
“El profe dijo”. ““El R1 no piensa (o no se baña), el R1 hace”. “Bichos“. “Cuando yo era residente era mucho peor y no nos quejábamos”: frases así por todos lados que van construyendo una lógica pedagógica sometedora, embrutecedora, filo esclavista, que irá invitando al sadismo contra quienes vendrán después.
Esta escuela naturaliza que nos maltratemos y valida el sufrimiento como forma de legitimación.
La moral de “la letra con sangre entra” invalida la escucha, el cuidado, la autocrítica, la complejidad, la fragilidad. Sólo cuando estamos frágiles podemos desmontar nuestras corazas, nuestros cinismos para poder darnos cuenta de lo que sentimos, pensamos y hacemos, facilitando lo reflexivo. No es poco lo que estamos perdiendo con tanta orden de aquí para allá.
Este autoritarismo incluye también un abuso por su condición de jóvenes (adultocentrismo); dicen “Te trata como un adolescente, piensa que está manejando a sus hijos, te trata de forma despectiva”.
Y repercute de múltiples formas: no podremos trabajar grupalmente pues solo se nos enseña a “mandar”; no podremos dialogar con un paciente pues este ”no adhiere al tratamiento”, “no colabora”.
Y el miedo, siempre el miedo: “(…) segundos después [la paciente] comienza a convulsionar. ¿Toda la culpa de lo que pasó? : R1 (…). Comenzaron a rematar por nosotros (…). En cualquier momento me voy a la cárcel: no hay protocolo. En vez de buscar una solución se generó más tensión (…). Tenemos miedo que tomen represalias contra nosotros”.

Los dioses no necesitan cuidarse
“Dioses” es el nombre que se le da al estudiante de último año de la carrera. Quien completa el grado entraría a lo “celestial”, tendría asegurado el “paraíso” (económico, de status), esa es la promesa.
Pero esta fantasía negadora se cae al constatar que tal “inmortalidad” no existe sino al contrario, cada vez más (y no solo en medicina), estudiantes, docentes y profesionales del área de salud atacan su propia salud.
Tantas glamorosa imagen de médicos de batas blancas y largas, tanto doctorhausismo, pareciera ser parida bajo el mandato de no necesitamos cuidarnos. Y quien no se cuida y a la vez tiene tareas de cuidado, muy difícilmente no maltrate.

Medicina: Ese espejo nuestro
En tiempos que discutimos (de nuevo) juicio político sí o no, las generaciones jóvenes vuelven a hablarnos como sociedad toda.
Si lo que les estamos dejando a las generaciones jóvenes es un mundo cada vez más desvitalizado -insolidario, competitivo, autoritario- ¿Por qué nos sorprendemos cuando elijen lo suicida?
Así como no se callaron tomando la universidad pública hace un par de años con una enorme muestra de sensibilidad creativa, estos los suicidios son otro no silencio. Señalan. Gritan. ¿Podremos oírlos esta vez?

*Egresado de Medicina UNA 1996. Internado 1997. Residente de psiquiatría 1998- 1999. Auxiliar de la enseñanza de Psiquiatría y Psicología Médica 2004 – 2012.

1.- Barúa, A. Educación médica en Paraguay hoy: ¿Sensibilización o trampolín? Revista Acción, pp. 23 – 25, nro. 278, octubre 2007.

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