Un poderoso recuerdo de la revolución de febrero

Anoche, al recibir una inmerecida distinción del querido PRF, un torbellino de emociones me envolvió el alma. Vinieron a mi memorias aquellas noches en la vieja Casa del Pueblo de la mano de mi madre Tetela, militante permanente de aquella gesta revolucionaria que encendió la ilusión de tantas generaciones.

También recordé vivamente a mi querido Tío Pi’ito, José Cesar Sanabria Trinidad, cuya modesta sala admitía solamente dos cuadros: uno de Jesús crucificado, y otro del coronel Rafael Franco montado a caballo en el gran desfile de la Victoria. Ambos cuadros eran desde luego sagrados en esa casa del Barrio Sajonia que tanta felicidad me otorgó.

«Fe en Franco y en Febrero», vociferaba el tío cada vez que le ganaba alguna incontenible euforia causando temor en las vecinas y la risa entre nosotros sus sobrinos, que aún no comprendíamos que aquel grito no era sino el eco de unas ansias colectivas que cristalizaron durante 18 meses el sueño de un Paraguay más justo, equitativo y solidario.

«El Febrerismo es el cambio y el cambio se viene», escuchaban mis infantiles oídos en aquellas reuniones del PRF en donde uno miraba azorado a gigantes éticos como el Dr. Iramaín, Peréz Cáceres, Alarico Quiñonez, Fernando Vera, Humberto G. Granada, Ricardo Franco Lanceta y tantos otros. Y en mi ingenuidad de niño solo atinaba a preguntarle a mi madre: «Mami ¿cuándo lo qué va a llegar el cambio?», provocando la risa de sus amigas revolucionarias que me prodigaban mimos diversos a modo de premio por la ocurrencia.

En verdad nunca fui un militante febrerista como si lo fue durante más de 30 años mi hermano Adolfo Ferreiro o lo sigue siendo mi otro hermano Roberto Ferreiro Lo mio vino siempre más de la mano del recuerdo grato de aquellos años oficiando de hijo menor de mi aguerrida madre, o escuchando los relatos apasionantes sobre la Revolución del ’47 por parte de mi padre.

Por si fuera poco, terminé concretando un gran proyecto de vida con la hija de otro gran febrerista, a quién anoche recordé leyendo algunos versos de su Elegía a Febrero, el inolvidable Miguel Angel Caballero Figún.

Las casualidades no existen. La sangre tampoco es agua. La esperanza libertaria de febrero todavía corre por nuestras venas, impulsada por la presencia permanente de aquellos que partieron antes que nosotros, dejándonos un legado por el cual luchar, para siempre.

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