Cuatro evidencias de por qué es inviable e irreal un nuevo confinamiento para contener el coronavirus en Paraguay

Por Arístides Ortiz Duarte

Dos meses y medio de confinamiento duro de toda la sociedad paraguaya tuvo resultados sanitarios (exclusivamente sanitarios) óptimos: mantuvo al mínimo los contagios del Covid 19 en todo el territorio. Sin embargo, el confinamiento es una estrategia insostenible durante el tiempo que tendremos que esperar para tener una vacuna (1 año, cuando menos), la única solución definitiva contra el virus. Insostenible porque es irreal: el confinamiento puede minimizar el contagio y reducir las muertes, pero no puede erradicar el virus y tiene efectos económicos, sociales, de salud pública y políticos adversos y mortales para millones de paraguayos y paraguayas -la mayoría absoluta de la población- que no tienen seguridad social, servicio sanitario, vivienda digna ni trabajo formal.

El Covid 19 es tan real como que, hasta hoy, mató a 668.000 personas en el planeta. Pero la estrategia de un nuevo confinamiento, una medida sanitarista y simple, pensada sólo por epidemiólogos y médicos sanitaristas, es, en Paraguay, inviable e impracticable por las siguientes razones:

Una medida para unos pocos. El 64,3 % de la Población Económicamente Activa del país (alrededor de 2.250.000 personas) trabaja en el sector informal, desprovisto de todos los derechos y las seguridades sociales y con ingresos mensuales paupérrimos que, en el caso de los pobres extremos, alcanzan menos de la mitad (1.000.000 Gs.)  del salario mínimo. El ejemplo más crudo de esta realidad es Ciudad del Este, donde cientos de miles de personas viven del comercio fronterizo informal. Este porcentaje de la población es literalmente condenada al hambre y a la muerte durante el confinamiento al no poder salir a la calle a trabajar.

Según el Censo de Población y Vivienda 2012, casi 150.000 hogares están en condiciones de hacinamiento y sin servicios básicos de sistema sanitario y cloacal. Si calculáramos esta cantidad por un promedio de 5 miembro (familias pobres y muy pobres), estamos hablando de alrededor de 750 mil personas. 8 años después de aquel censo, estos datos están completamente desfasados: se calcula que hay hoy más de 1.200.000 personas viviendo en hacinamiento habitacional en el país. Sólo en los bañados de Asunción -una población de 150 mil habitantes- habría 70 mil personas en completo hacinamiento. ¿Podrán cuidar los bañadenses a un miembro contagiado en una sola pieza donde duerme toda la familia y sin agua potable, y además con hambre?

La cantidad de personas que pueden confinarse cómodamente en sus casas y departamentos amplios, lavándose las manos frecuentemente, con dinero en el bolsillo y con la heladera llena de comidas, es una minoría privilegiada que desconoce la realidad de la mayoría del país. ¿Serán 1 millón 500 mil de los 7 millones 100 mil habitantes del país? Quizás un poco más, pero no más. En otras palabras, el confinamiento es una medida de clase.

Un Estado débil, ineficiente, sin recursos y corrupto. El Estado paraguayo No es un Estado como el alemán, el chino, el sueco o el estadounidense. Es un Estado que cobra a los ricos y súper ricos impuestos risibles y por ello no tiene recursos suficientes; un Estado devorado por una infección generalizada: la corrupción. Un Estado, además, ineficiente y desordenado que casi todo lo hace mal. Con este cartel de terror, no puede subsidiar si asistir suficientemente a la mayoría de la población durante un confinamiento largo. Los subsidios distribuidos a una parte de la población fueron completamente insuficientes. Es una ilusión esperar que este Estado socorra a la ya hambrienta población durante un nuevo confinamiento. Si no fuera por las ollas populares, miles de personas hubieran muerto de hambre.

Deterioro de la salud mental de la población. El confinamiento es una medida de castigo para los seres humanos; una medida que trastorna su sicología, sus emociones y todo su cuerpo. Por esto los condenados son confinados a las cárceles. Es una medida extrema que enferma a las personas, principalmente a los niños, adolescentes y jóvenes, además de generar violencia entre los miembros de las familias durante el encierro. Desde el lado económico, no trabajar y no tener ingresos -aunque estos sean magros- lleva a miles de personas a la angustia, la ansiedad, la depresión y hasta al suicidio, además de comer poco y mal.

Según el documento “La carga de los trastornos mentales en la región de las américas-2018”, elaborado por la Organización Panamericana de la Salud (OPS), el 35,6% de la carga total de enfermedades (trasmisibles y no trasmisibles) que padece la sociedad paraguaya corresponde a la discapacidad por trastornos mentales, neurológicos y de autoagresión. El confinamiento agravará esta situación.

El confinamiento es una medida injusta, es una medida de sacrificio extremo, para los niños, adolescentes, jóvenes, adultos y adultos mayores sanos cuyos cuerpos pueden soportar, y hasta tolerar, la infección del Covid 19. Estos grupos etarios, sin enfermedades de base crónicas, son el 80% de la población paraguaya.

La falsa salida del endeudamiento. Hasta ahora, el Estado paraguayo contrajo deudas por un valor de 2600 millones de dólares para afrontar las consecuencias económicas de la pandemia. Un dinero que no alcanzará a todos los que lo necesitan, y que ni siquiera se distribuyó todo aún. ¿Quiénes pagarán esta deuda? ¿Los ricos y súper ricos del país? No: las 6 millones de personas que no somos parte de ese 1 millón de ciudadanos privilegiados que son funcionarios públicos asegurados, profesionales liberales exitosos, altos ejecutivos y dueños de empresas de todo tipo.

La salida de más endeudamiento para subsidiar más y mejor a la población durante un nuevo confinamiento es falsa, es una soga al cuello del pueblo que tendrá que pagar con su pobreza esa deuda. Y, además, una parte de la plata de la deuda será comida de los políticos corruptos. Seguir endeudando al pueblo es una garantía de pobreza por decenas de años más.

¿Cuál es, entonces, la estrategia para convivir con el virus el tiempo que sea necesario, hasta que llegue la vacuna?

No hay otra más que la evidente, la ya comprobada, pese al miedo que tenemos todos de morir contagiados por el virus: la estrategia de practicar obsesivamente las medidas de prevención del contagio en nuestras relaciones sociales, dentro y fuera de la casa y del trabajo: lavarse las manos, usar tapaboca, mantener una distancia social de dos metros, no aglomerarse en lugares cerrados, y alimentarse sanamente para que el cuerpo se defiende de la infección del virus. Recordando que la trasmisión del coronavirus no podrá ser erradicada, sino reducida, si es posible hasta lo mínimo, en su impacto infeccioso en los grupos vulnerables de personas con más de 1 enfermedad crónica y más de 65 años de edad. Porque el virus estará con nosotros hasta que llegue la vacuna que lo neutralice de nuestros cuerpos. Que las autoridades, las empresas, las familias y las individualidades, todo el país, apliquen, a rajatabla, las medidas preventivas bajo penas de multas y hasta detenciones para los que infringan estas medidas en la vía pública. El objetivo de la estrategia es, finalmente, proteger hasta lo imposible a los grupos vulnerables del país.

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