Trabajadores

Por Blas Brítez
Están en las esquinas o ambulan en las veredas. Sobreviviendo. Porque, como decía con pulso antropológico un personaje de Gabriel García Márquez, no se vive sino se sobrevive.

No son asalariados. Ocupan un gigantesco sector de la economía llamada, eufemísticamente, «informal». Se la suele denostar, pero sin esa válvula anómala el paisaje de pobreza sería peor y, tal vez, las repercusiones sociales más peligrosas para la economía «formal». Por lo que se la tolera, además de aprovecharse de ella con algo de cinismo.

Las crisis los afectan más pero, al mismo tiempo, son de los que encuentran alguna manera de seguir batallando, aunque más no sea en el último eslabón del contrabando. Lo seguirán haciendo hasta morir, sin haber tenido nunca una cuenta en el banco ni haber comprado algo online. En unas cuadras del centro, pululan entre los empleados que salen a almorzar —estos acaso con el pensamiento puesto en la soga de las deudas, en la marca indeleble de sus firmas—.

Un lustrabotas, una vendedora de frutas, uno de cartones de bingo, otro de dulces de maní, de cocido, de chipas, una de tereré y de poha ro’ysa, otros de artesanía, de películas y de videojuegos piratas. Uno de ellos me cuenta que antes vendía en las oficinas, por pedido, casetes con música regrabada. Desaparecerá el devedé y encontrará otra cosa de qué sobrevivir, lejos de cualquier tipo de seguridad social. Siempre ha sido así.

Otros y muchos, estos trabajadores pueblan Asunción. Porque la ciudad consume y, como consumidora, se arroja la elección de cómo agenciarse ese consumo. Lavan autos. Cocinan en las calles. Viven en ellas. Si uno atiende, están hablando en guaraní y, a pesar de todo lo que suceda, siempre harán chistes. Se reirán. Con estruendo antiguo. “Ma’erâ pio ñambopukuveta”, dice, enigmático y sonriente, un afilador de cuchillos, mientras hace girar las poleas con un pie sobre la calle O’Leary.

Uno no entiende a qué se refiere, pero parece poco posible que sea una alusión al suicidio, esa tentación de la ciudad. La risa de los demás en derredor, por el contrario, contagia.

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