Sus coronas: El mandato de sus flores

Por Agustín Barúa Caffarena[1]

En este tiempo pandemizado se desplegó una intensa controversia que podríamos resumir en la siguiente secuencia: la desigualdad social, la caracterización del EPP (Ejército del Pueblo Paraguayo), el rol de las Fuerzas de Tareas Conjuntas (FTC), el asesinato de dos niñas, el ataque a la simbología del Panteón Nacional de los Héroes y las coronas depositadas a su alrededor.

Propongo detenernos en las coronas colocadas alrededor del Panteón como gesto discursivo: ¿Qué afirman y a quiénes? ¿A quiénes silencian? ¿Desde dónde nos hablan?

Las primeras coronas fúnebres

La relación arreglos florales-muerte es de un simbolismo antiquísimo. El primer vestigio documentado de la colocación de flores en tumbas data de hace 62.000 años[2]. En el año 1951 el arqueólogo Ralph Solecki y un equipo de la Universidad de Columbia (Nueva York, EUA) estaba realizando unas excavaciones en la cueva de Shanidar (Irak); desde allí enviaron a la paleo-botánica francesa Arlette Leroi-Gourham muestras del suelo: ella descubrió restos de Aquilea, Hierba de San Juan, Jacinto de la Una, Botón del Soltero, Abrepuño, Malvarrosa y Azulejo, que fueron puestos por personas.

Hace miles de años que los arreglos florales vienen siendo una forma de comunicar, de marcar, de señalar.

Nuestros velorios y sus voces coronadas

Los velorios son, como todo lo humano, experiencias heterogéneas. Sin embargo, podríamos trazar algunas tendencias locales.

El costo de una corona promedio la vuelve inaccesible a amplios sectores de la población; en la mayoría de los velatorios populares no se ve ninguna. A veces se arman vacas (colectas) para llegar a una, una de las baratas, para recordar al compañero de trabajo o a una prima querida.

Pero, en general, las coronas suelen ser prerrogativas de las instituciones o, directamente, de las élites. Un giro bancario pretende resolver lo sensible y lo incomunicable que la muerte trae. Su manual de la ostentación billeteril simula presencias.

La corona como teatralidad, su puesta en escena

La entrada de una corona al velatorio construye una centralidad: la curiosidad sobre su firma, los cálculos sobre su costo, la admiración a su belleza, son algunos de los rumores que suele disparar.

La posición de las coronas junto al ataúd habla de su medularidad: sortea llantos, dolores, historias, escalando a un lugar fijo, donde convergen miradas y luces, el sumun de la farandulización del dolor.

Las coronas no dialogan: solo son nombre y rostro, firma monologal. Solo ellas hablan desde su lacónico autógrafo, no hay refutación posible. Instituyen una presencia sorda, son lo antónimo de una conversación.

Ellas persistirán más allá del velorio. Estarán en el cortejo fúnebre rumbo al cementerio, subidas al coche, seguirán pegadas al ataúd, volverán a aparecer en el entierro, incluso las cintas donde van las firmas de sus autores serán guardadas en las casas afligidas como muestra de su imborrabilidad.

Estas coronas

Las coronas rodeando el Panteón proponen ser interpretadas, leídas desde su hondura.

Lo primero es su gesto de marquesina. Casi al modo red carpet de los festivales o de las páginas de sociales con fotos a colores de los casi extintos diarios impresos, parecen abrir un desfile de los dueños de los sí y de los no, de esos pulgares imperiales de coliseo romano tropical que suben y bajan.

Lo segundo es su lugar vigilante. En su relato floral pretenden resaltar su defensa a una Patria que, sin embargo, viene siendo horriblemente vejada con su indolente complicidad. Pero lo que ocultan, con particular esmero, es su lugar de guardianes de sus propios privilegios: Ellos son la Patria.

Lo tercero es su eco ensordecedor. Nadie más tenemos derecho a hablar. Es que no son los grafitis, no es la quema de las telas tricolores. Lo que hay que seguir callando son las voces: Hoy tres mujeres jóvenes, ayer dos niñas, anteayer la Constitución Nacional hecha y deshecha al tamaño de sus intereses.

Lo cuarto es su usurpación del dolor. Hay algo que nos viene desgarrando dentro a mucha gente cuando pensamos Paraguay. Un dolor rancio, lacerante, centenario, ese dolor de los genocidios antiguos y actuales. Muchas de las voces dolidas por el gesto trasgresor del otro día hablan desde esta aflicción.

Las élites saben de ese nudo emocional, al que suelen vestir de tricolor o de albirroja. Ese nudo es siempre su última carta: cuando se ven amenazadas por los efectos de sus propios abusos –abusos de corrupción o golpes de estado; de arrasamiento de las comunidades campesinas, bañadenses e indígenas; del saqueo del agua, de los montes o de la tierra; de rematar Itaipú o el sistema de salud público– no dudan en usarla.

El mandato de sus coronas

El paroxismo coronal que surgió como contestación a acciones en repudio a los dos últimos asesinatos, parece evocar el viejo gesto del poder: Reivindicación de sí mismo, de su condición de propietario, de su decisión eterna de a quienes nunca van a permitir ser parte, incluyendo a dos niñas de 11 y 12 años, aunque –por esta vez– lo digan con flores.

[1] Médico psiquiatra y antropólogo.

[2] Plana, J. Historia de la corona en los funerales. Flores para Funerales. Extraído de https://floresparafunerales.es/blog/historia-de-la-corona/

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