Stroessner, era pedófilo y lo sabía

Por Marcelo Ameri*

La orden de exhumación por parte de la Justicia brasileña de los restos del dictador Alfredo Stroessner, muerto en Brasil en 2006, en el marco de una causa por filiación, impulsada por un paraguayo que asegura ser hijo del general colorado que gobernó este país con puño de hierro durante 35 años, trajo de nuevo a la luz una de las facetas más oscuras de su régimen, el tráfico y la esclavitud sexual de niñas y adolescentes pobres, que eran en la mayoría de los casos arrancadas de sus familias y retenidas en lugares conocidos popularmente en la época como “criaderos”, para deleite y degustación del general y su pederasta corte.

Se trata de una historia cruenta, que retuerce el estómago de cualquiera con algo de humanidad. Decenas, cientos, nadie sabe exactamente cuántas niñas y adolescentes pasaron por el “criadero” de Leopoldo “Popol” Perrier, el amigo proxeneta de Stroessner, en el barrio Sajonia de Asunción; un militar que había entablado amistad con el dictador en la Guerra del Chaco con Bolivia, donde Stroessner sirvió como artillero. La casa no tiene nada de extraordinario, más que la memoria del horror atrapada adentro; el documental “Calle de silencio”, del realizador  José Elizeche, la registra para siempre y recoge el testimonio de una de las víctimas.

La película, “tiene el mérito de ponerle cuerpo a una historia que se conocía, pero que permanece difusa en la denuncia pública y sobre todo, en la persecución judicial a los responsables de tanta infamia”, escribe el periodista Jorge Zárate, en su artículo titulado “Stroessner, un gran pedófilo descubierto”, publicado en 2017 para el estreno del corto de Elizeche, viralizado esta semana a propósito de la noticia del hijo desconocido que volvió a poner a Stroessner en los noticieros.

El material es uno de los pocos abordajes del tema, pese a que la pedofilia del general y su anillo civil y militar era un dato ampliamente conocido en su momento, e incluso denunciado por importantes medios como The Washington Post en 1977, en el apogeo del régimen.

El relato de la mujer que habla en la película es desgarrador; fue entregada por su madre a Popol Perrier; cuenta que “ni pechos no tenía todavía”; era una niña que iba a la escuela cuando la llevaron a la casa de Sajonia, donde fue primero abusada por Perrier y luego ofrecida a Stroessner; la víctima describe fines de semana de pesca y sexo, y pantagruélicas escenas que involucraban a otras niñas como ella; “algunas venían sólo una vez y luego desaparecían”, dice. Es increíble que este horror haya sido silenciado y siga impune, prisionero del miedo a los verdugos y sus herederos; pero, el silencio nunca es total tampoco; de vez en cuando algo pasa y la verdad asoma con toda su irrefutable crudeza.

Como ahora, con el litigio judicial del paraguayo Enrique Alfredo Fleitas, supuesto hijo de Stroessner, que reclama el reconocimiento de la paternidad y 20 millones de dólares. Dice que su madre Michelle Fleitas habría tenido más hijos con el dictador, que estuvo formalmente casado hasta su muerte con Eligia Mora, con quien tuvo tres hijos: Gustavo Adolfo, Graciela Concepción y Hugo Alfredo, conocido como “Freddy”; más tarde se sumaría “Chelita” Stroessner, hija adoptiva; son los únicos hijos reconocidos de Stroessner, a quien las versiones le adjudican otros 34, producto de sus relaciones sexuales con las niñas y adolescentes que le proporcionaba Popol Perrier.

Su amante más conocida, María Estela Legal, “Ñata”, tenía 15 años cuando Stroessner la “cortejó”, según contó ella en una entrevista hace unos años, con románticas esquelas que le enviaba al colegio con un edecán del palacio; un cuento de hadas, La Bella y la Bestia; solo que en éste, la Bestia era realmente una bestia.

Los pechos, las murallas

Stroessner sigue siendo una puñalada en el corazón de la sociedad paraguaya; divide al extremo del negacionismo de un prominente sector político, social y empresarial que siempre ha formado parte del poder, y opera con el mismo esquema y reglas de la dictadura.

No es una casualidad que a la par del debate que suscitó la renovada memoria pedófila de Stroessner, un canal de televisión del Grupo Vierci pusiera en la pantalla la muy impertinente cuestión de si Stroessner era “¿héroe o villano?”; fue en uno de esos programas idiotizantes que abundan en la TV del continente; pero, para nada un dato menor, ni mera ocurrencia de frívolos presentadores pochocleros; los cuatro o cinco conglomerados de medios que existen en el país nacieron de la mano de la dictadura, o están hoy en poder de quienes amasaron fortunas con los negocios sucios del stronismo (contrabando, triangulación, lavado, drogas, eré erea).

La reivindicación de Stroessner y su régimen ha cobrado vigor en los últimos años, especialmente con el gobierno de Mario Abdo Benítez, hijo del eterno secretario privado del tirano y miembro del denominado “Cuatrinomio de oro”, un selecto equipo de burócratas y asesinos. Marito es considerado el “heredero natural” de la plutocracia stronista; él mismo en indisimuladas ocasiones reivindicó la figura del jefe de su papá; de hecho, acompañó el funeral en Brasilia y se anotó entre quienes cargaron el féretro del nonagenario dictador, cuyo régimen se saldó con 400 personas desaparecidas, 20.000 detenidos y miles de exiliados políticos, entre quienes se cuentan intelectuales brillantes como Juan Bautista Rivarola Matto y Augusto Roa Bastos.

El imaginario popular suele recoger un supuesto episodio donde, enterado de quienes formaban parte del gobierno paraguayo, un Stroessner anciano y exiliado exclamaba: “¡Sólo falto yo!”; cierta o falsa, la anécdota resulta por demás actual, con un Partido Colorado abrazado como nunca en toda la larga transición democrática que siguió a la dictadura, a la herencia siniestra de latrocinio, corrupción, pobreza y mano dura del abuelo pedófilo.

*Publicado originalmente en Lateral, de Misiones, Argentina.

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