Ser (Puta) o no ser. Esa es la cuestión

No recuerdo cuando fue la primera vez que escuché en mi vida la palabra “puta”. Sí me acuerdo que era una palabra “prohibida”. Estaba permitido decir “pucha”, pero “hijo de pucha” o “la pucha madre” no quería decir nada, no existía y no existe. Y una no quiere expresarse con palabras inconsistentes. Una no quiere puchear, quiere putear en todo caso. Los niños y niñas también quieren putear, lo que pasa es que no los dejan.

De adolescentes ya teníamos cierta licencia para usar esa palabra en determinados circuitos. En mi caso, de todos modos no podía hacerlo frente a mis padres porque se suponía que yo era una “señorita bien educada”. Pero con mis amigas, puteábamos ya con más aire, insultábamos y también podíamos usar el concepto a modo de exclamación virtuosa. Pero no abusar, eh. Recuerdo que en aquel tiempo, durante la adolescencia, apareció en nuestro vocabulario un uso perverso de esa palabra: “fulanita es re puta”. Se trataba de ciertas chicas, generalmente bonitas, que se llevaban muy bien con  los varones y algunas quizás habían distribuido algunos besos. Hoy pienso que tal vez ninguna de esas chicas categorizadas como “putitas” había tenido relaciones sexuales, no lo sé, porque de hecho no importaba tanto esa información técnica. Recibir tal denominación implicaba simplemente ser portadora de una “reputación dudosa” por la forma en que se vestía esa muchacha o las costumbres que tenía. Convenía no ser amiga de una puta porque era algo como contagioso.

Lo que sí quedaba claro es que puta venía etimológicamente de prostituta, es decir, era quien ejercía un oficio y recibía una rentabilidad a cambio de sus virtudes amatorias. Me enteré mucho después que la cuestión era bien compleja: que había putas que no querían serlo, sino que simplemente no hallaron otras opciones económicas. Es decir, podías ser puta y trabajar de tu sexo pero eso no implicaba que lo disfrutaras y andaras sonriente con todos los muchachos como supuestamente lo hacían aquellas chicas que eran llamadas “putitas” cuando íbamos al colegio, sino que más bien eran putas tristes… y también resulta que hay  putas que reclaman ser reconocidas como trabajadoras, piden ser visibles mediante leyes y demandan derechos sociales, políticos y económicos. Pero además están esas  otras mujeres a las que les robaron la vida y las convirtieron en esclavas sexuales… las putificaron y punto.

Ya casi a los 30 me mudé a Buenos Aires. Salirme de una zona de frontera para pasar a vivir en la gran urbe trajo muchos aprendizajes, algunos de ellos muy dolorosos. Fue doloroso enterarme que ser “paraguayita” también era sinónimo de ser “putita”. El mercado sexual lo logró otra vez: colonizó el sentido común. La oferta sexual publicitada en las calles ofrece a las paraguayitas como quien dice “traviesa” o “gauchita”, mientras tanto las redes de trata se han ensañado con las mujeres paraguayas de los sectores populares.

Delia Ramírez Ferreira.

Delia Ramírez Ferreira.

Los taxistas, al escuchar nuestro acento, se preparan para disparar. Si sos mujer se aseguran de que estés sola (porque si llega a estar contigo tu novio o marido puede ser peligroso para el taxista): “¿Por qué las paraguayas son tan putas?”. Nunca se sabe si se trata de una simple inquietud o de una propuesta gemela del acoso. Un taxi no es un lugar adecuado para averiguarlo, ni debatir al respecto. Una siente mucho miedo y solo quiere huir. Ahora, si resulta que el cliente del taxista es un hombre paraguayo, la pregunta toma tintes de complicidad, como de quien quiere obtener información valiosa: “¿Es verdad que las paraguayas son re putas en la cama?”. Un compañero halló una respuesta que lo conforma: “La verdad que no lo sé, pero le voy a preguntar a mi mamá y a mi hermana para ver qué opinan”. Fin de la conversación.

No hay mucho que decir sobre el asunto de la trata de personas y la nacionalidad.  Al menos yo no tengo qué opinar al respecto de esa forma de apropiación, de esclavitud, que no  puede ser tolerable ni aceptada. Pero sí creo que tengo mucho para decir sobre  ese otro uso de la palabra “puta” como lo hacíamos en la adolescencia y como tanta gente adulta lo hace todo el tiempo, ese uso despectivo hacia las mujeres que disfrutan de sus cuerpos, que se relacionan genitalmente con varios hombres a lo largo de su vida y que se permiten el placer en el uso de su sexualidad. Ese uso peyorativo, perverso, que busca castrar el disfrute femenino para convertir a la mujer… a la “buena mujer”… en un ser relegado al ámbito doméstico y dedicada a un solo hombre para SIEMPRE (quien a su vez sí tiene licencia para estar con otras mujeres, ya que puto es el “afeminado” y no el lujurioso).

En fin, dicho todo esto ya termino…. ¡Y la puta que la vale la pena estar viva!

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