Ser Gay

Soy GAY. Con mayúsculas. Lo sospeché desde mi más temprana edad. Claro está, sin asociar mi “condición” al adjetivo pertinente.

“Tu mita’i es rarito” le espetó una señora entrada en carnes a mi madre un día cualquiera de agobiante calor veraniego frente a la puerta de mi jardín. Mi madre, cuya cortesía no le resta valentía, le contestó algo así como “menos mal que es diferente…a usted”. La frase se me quedó pegada, no de manera traumática o al menos eso creo. Es la primera manifestación de intolerancia que recuerdo, luego vinieron muchas más, tantas que me (mal) acostumbré a la segregación.

Me faltan palabras para explicar el sentimiento que me invade cuando pienso en la mamá que me tocó. Compensó al padre que no tuve, y al cual por algún motivo no extrañé jamás- Tanto a mamá como a mí nos hubiesen ahorcado o quemado en la hoguera si nacíamos en el lugar equivocado. A mí por puto, a ella por madre soltera y lenguaraz. En realidad, pensándolo bien, nacimos en el lugar equivocado. Paradójicamente, este país está recontra poblado de progenitores que se dan a la fuga y mujeres que se ponen todas las responsabilidades del hogar al hombro al mismo tiempo que impera el machismo y es mal vista una señora como mi mamá, que se abre camino en lo profesional y se atreve a disfrutar la vida sin pacatería. Y que le inculcó auto estima y amor propio a su hijo rarito.

Nunca quise jugar al fútbol. Ni a los soldados. Nunca me interesaron las armas, ni las películas de acción. Más bien me interesaban los actores fornidos que interpretaban sus papeles de héroes recios y sudorosos. Eso sí, no me animaba a decirlo.

Cursé en varios colegios, nos mudábamos mucho debido a la errante odisea laboral de mi mamá. En ninguno fui libre del hostigamiento de compañeros machitos y compañeras insidiosas, aunque mucho peor, recuerdo el regocijo de mi maestra de cuarto grado, a través de sus anteojos gruesos, mientras observaba que un brabucón repitente me señalaba con una revista robada de mi mochila al grito de ¡Mariquita! ¡Benja es putito! Para que después digan que los niños son buenos por naturaleza.

Ni que hablar de ciertos  adultos, rehenes de la crueldad y la ignorancia en partes iguales.

No me sorprende en absoluto que el señor Cartes diga sin pudor frente a las cámaras que se pegaría un tiro en las bolas para no procrear un mita’i rarito. Es el fiel reflejo de sus súbditos…amigos, la democracia también tiene su dark side.

Pero no me victimizo, crecí sin ocultarme, “sin clóset”. Me enamoré y me rompieron el corazón como a cualquier adolescente, aunque en mi caso algún curita me condenaría al fuego eterno por esa razón.

Leí tanto, me instruí…la ignorancia aisla. La masa aisla. Yo nunca estuve solo.

No paro de pensar en todas las personas que tenían una buena impresión de mí y hasta me lo reconocían en privado pero no se atrevían a saludarme en público, frente a la turba de la que forman parte.

Vuelvo a alegrarme por mi suerte. Me salvé del martirio de los gays bajo el estronismo y por muy pocos años. Me salvé del martirio actual de los gays en las sociedades islámicas. Me salvé de una familia intolerante de Smiths puritanos que guardan las ametralladoras junto a las biblias en un sótano de una casa cualquiera dentro de la  “nación de la libertad”.

Me fui, al fin, de este país novelesco. Conocí urbes de verdad, cosmopolitas, individualistas, en las cuales prima el valor de lo que uno puede aportar, sin importar color de piel ni sabor de preservativo.

Presencié la aprobación del matrimonio igualitario en Argentina, pionera junto a la ley que promulgó España en 2004. Percibí inmediatamente que no fueron resultado de la bondad de los gobernantes, sino de ciudadanos cultos y civilizados, heterosexuales en su mayoría, que apoyaron la medida. Me repugna esa dicotomía entre “homos y héteros” cuando el verdadero debate es “civilización o barbarie”.

En conclusión, el que escribe, escribe con probado conocimiento de causa.

Quiero que sepan que ser gay o heterosexual no define a una persona. Yo soy gay, pero soy mucho más que gay. Este no es un mensaje dirigido al homófobo bruto, que nunca cambiará su punto de vista. Más bien se lo quiero expresar a mis “congéneres” quienes suelen sucumbir al vicio de la auto-compasión. Y a todas aquellas personas bien intencionadas, tolerantes, que están empezando a mirarnos distinto por ser gays. En vez de miedo o desprecio, nos miran con cierto pesar y respeto, nos tratan con más delicadeza. De cierta forma y sin decirlo, tal vez inconscientemente, nos piden perdón por el oprobio ajeno.

Ahora les digo: NO ES ASÍ. Merezco o no respeto en base a mis méritos o desméritos, no por quién me llevo a la cama.

Por eso mismo celebro la legalización del matrimonio igualitario en USA, y aguardo sin mucha esperanza que se dé en Paraguay, pero también deseo con más fuerza que antes que algún día no sea necesario legitimar el amor de dos personas frente a un estado.  No ser más “gay”, simplemente SER sin rótulos.

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*Benjamín Saldarria Prieto es Ingeniero Informático (Universidad de Palermo)y un activo militante a favor de libre expresión y la privacidad en Internet. Experto en medidas de resguardo de datos personales, fue becado por la Electronic Frontier Foundation para integrar su grupo de estudio latinoamericano. Paraguayo, tiene 24 años y es un amante de la ciencia y las nuevas tecnologías.

Comentarios

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2 Comentarios
  • Avatar
    kerana
    Posted at 14:14h, 28 junio Responder

    Por favor, no pierda las esperanzas por Paraguay. Seguro tardará más que en otros países pero el reconocimiento a los derechos de todos los ciudadanos por igual llegará indefectiblemente un día. Estoy con usted. Ojalá todos algún día podamos solo SER.

  • Avatar
    Israel Rodrigues
    Posted at 03:38h, 05 julio Responder

    Me identifico mucho con lo escrito. Gran articulo!

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