Secretaría de Cultura: del “Paraguay poderoso” al “Paraguay maravilloso”

Dos preguntas básicas son necesarias re-formular: ¿Para qué se creó la Secretaría Nacional de Cultura? y ¿Cuál es su papel distintivo?

Por Vladimir Velázquez Moreira

La Secretaría Nacional de Cultura (SNC) se creó en el 2006, hace 14 años, para garantizar el ejercicio de derechos culturales de todas las personas y las colectividades del país; promover la consideración estratégica de la cultura como factor de desarrollo; reconocer la diversidad cultural de la población paraguaya y superar las barreras de todo tipo de discriminación; promover condiciones inclusivas para la creación y el acceso a bienes y servicios culturales; y articular los esfuerzos de las diferentes instituciones públicas para transitar hacia una sinergia que permita la atención de los “deberes de Estado” en materia cultural.

Ninguna de estas finalidades es posible sin la adopción de una visión país y una visión de Estado. No es casual que el adjetivo “de cultura” se adicione al sustantivo “Secretaría Nacional”. Hay una cuestión de escala que diferencia a esta institución de una municipalidad o gobernación, de una fundación o de una ONG, de un centro cultural o de una empresa. Todos los actores son potenciales actores culturales, pero no todos tienen el mismo papel en la sociedad. El rol que tiene la Secretaría Nacional de Cultura es indelegable.

El Ministerio de Hacienda puede realizar (o no) cursos  de capacitación sobre educación financiera dirigidos a mipymes, pero no puede desatender la macroeconomía, establecer las regulaciones para el sector privado, elaborar el Plan General de Gastos de la Nación, proponer cambios en el sistema impositivo, establecer incentivos para la generación de empleo, entre otras directrices estratégicas.

La abdicación o la mera desatención de cualquiera de ellas serían reprobadas. Hay funciones que no pueden omitirse, independientemente de la orientación ideológica o el enfoque conceptual, los contenidos o los criterios.

¿Por qué la SNC, liderada por Rubén Capdevila, puede abdicar de sus funciones estratégicas? ¿Por qué esa grave omisión no cuenta con la reprobación política y ciudadana?

No tengo respuestas a estas preguntas. Me remito a señalar cinco ejemplos de la desidia Capdevila.

El plan que no es un plan

El Plan Nacional de Cultura (Resolución Nro. 375/18) no es un plan porque no cuenta con metas, plazos, responsables y financiamiento, y porque no se erigió como instrumento articulador de la docena de instituciones públicas que, en el Poder Ejecutivo, tienen funciones en materia cultural.

Este gobierno no tiene metas prioritarias estratégicas trazadas en la cuestión cultural (Cabe recordar que una meta es una nueva situación cuya consecución es medible).

Dispersión de la inversión pública en cultura

En el 2019, nueve instituciones destinaron alrededor de 185 mil millones de guaraníes a la cuestión cultural (0,004% del Presupuesto General de Gastos de ese año), bajo la orfandad de una visión compartida que promueva la sinergia. La dispersión y la fragmentación siguen pautando el modo de gestión pública cultural.

En estas circunstancias, el aumento presupuestario lo que haría es incrementar el caos y la ineficiencia.

Si a los recursos del nivel nacional destinados a la cultura, se suman los recursos de las gobernaciones y las municipalidades (desconocidos, por cierto), la problemática del des-conocimiento y la desarticulación adquieren una gravedad inconmensurable.

Se posterga la disponibilidad de una estrategia para responder a la emergencia patrimonial

Han transcurrido cuatro años desde la promulgación de la Ley Nro. 5621/6  “De Protección del Patrimonio Cultural”, y la misma no ha finalizado su reglamentación. Mientras el patrimonio cultural del país (material e inmaterial) está perdiéndose, no se es capaz de preparar los instrumentos estratégicos, normativos y programáticos para abordar – desde una escala país – el desafío de la emergencia patrimonial.

Casos escandalosos como el atentado al Centro Histórico de Quyquyhó – por parte del propio gobierno nacional – no lograron romper con la inercia de la administración de Capdevila.

Interrupción de la principal instancia de articulación y participación en temas culturales

El Consejo Nacional de Cultura (CONCULTURA), órgano consultivo del Ministro establecido por Ley, fue interrumpido y perdió todo tipo de gravitación y ascendencia, hecho preocupante porque es la instancia que articula a representantes de instituciones públicas, incluso de otros poderes y de niveles descentralizados, así como a referentes de la heterogénea sociedad civil.

El hecho de que, durante la pandemia, no se haya puesto en funcionamiento un Frente Interinstitucional Cultural, en el marco de CONCULTURA, para articular estrategias y elaborar un plan de contingencia para el modo coronavirus de vivir, es un indicador de la atrofia de la musculatura política de la institución.

La SNC no está para hacer asistencia social. En todo caso debe incorporar la perspectiva cultural en las políticas sociales y en los programas sociales, entre ellos, aquellos de asistencia social.

Contenidos que no circulan, diversidades en peligro de extinción

La presencia de contenidos en la televisión y la radio, por citar dos medios de circulación masiva, es mínima. La reconocida calidad de la creación artística en el país no encuentra canales de circulación en medios masivos, medios alternativos, plataformas virtuales ni circuitos territoriales

La creación estoica de artistas, gestores y grupos culturales se enfrenta a la carencia, segregación, inestabilidad o inseguridad de los circuitos de circulación comunicacional, digital y territorial, mercantiles o no mercantiles.

El país carece de una estrategia afirmativa que haga contrapeso a la ideología nacionalista y a la hegemonía de la industria cultural comercial.

No puede sostenerse el discurso de promoción de culturas indígenas, culturas campesinas, culturas de artesanos o culturas juveniles, por citar ejemplos, si es que las condiciones socioeconómicas continúan sometiendo a contingentes de sus poblaciones a la pobreza y la exclusión.

La Secretaría Nacional de Cultura no puede seguir viviendo en su burbuja apostando por un culturalismo y un eventismo que resultan insostenibles.

La pandemia reveladora

La pandemia está revelando los límites de este modo de abordar la cuestión cultural que, iniciada con Fernando Griffit, tiene a Rubén Capdevila como consolidador.

Si uno evangelizó el “Paraguay poderoso”, el otro se atrinchera en el “Paraguay maravilloso”.

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