Salvador Allende

11 de setiembre de 1973, noche de angustias y coraje. En el amplio patio de las Facultades de Filosofía y Derecho de la Universidad Católica los estudiantes se manifiestan contra la dictadura stronista y sus actos de barbarie. En las afueras del recinto, parapoliciales encabezados por el “garroteador” Ramón Aquino aguardan amenazantes la orden de atropellar el acto estudiantil.

De pronto, desde la tarima, un estudiante pide atención y anuncia con voz grave que ha llegado la noticia de la muerte del presidente de Chile, Salvador Allende.

Por un instante se congela el aire, se corta la respiración de los jóvenes estudiantes. Un instante que se rompe con un grito, más bien un alarido, de dolor, tristeza y rabia: “¡Mueran los asesinos militares!”, que la multitud amplifica en las voces de dos mil muchachos y chicas.

Desde entonces han pasado muchos años. Tras el bombardeo y asalto al Palacio de la Moneda, donde murió Allende sin rendirse, más de cuarenta mil chilenos fueron torturados y asesinados por la policía y el ejército de la dictadura de Pinochet. Un plan de exterminio de toda una generación y de represión de todo pensamiento libertario y justiciero, un plan concebido por Henry Kissinger, el ominoso Secretario de Estado, y ejecutado por el presidente Nixon, de los Estados Unidos de Norteamérica.

Décadas de opresión y toda clase de vejámenes para los pueblos americanos. Argentina, Uruguay, Brasil y Paraguay, se llenaron de sangre a manos de los sicarios de la derecha, al servicio del imperialismo y las oligarquías locales.

Por encima de esta historia de mierda, hoy se levanta la figura de Salvador Allende, el presidente electo por el pueblo, que no se rindió ante los militares insurrectos y que sigue afirmando, desde la historia y el mito, el valor de la libertad, la justicia y la democracia para nuestros pueblos.

El sábado 13, millares de chilenos y millones de latinoamericanos y ciudadanos del mundo ofrendaron claveles rojos en memoria de aquel hombre cabal, coherente y fiel al mandato del pueblo, que hoy marcha victorioso por las grandes alamedas de Santiago y los anchos caminos de nuestra América ¡hasta la victoria final!

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